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Choque de culturas en Latinoamérica genera arte

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Una pintura de la Virgen María, de 1730, hecha por Luis Niño, que se exhibe en Filadelfia.
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Octubre 08, 2006

FILADELFIA

Conocer otras culturas y países puede contrarrestar las pretensiones de superioridad moral y las violencias de pensamiento, palabra y acción que las acompañan.

Puede socavar la fijación en el área del sistema de creencias. Y nos puede recordar que todas las civilizaciones caen, a pesar de los mejores esfuerzos o el mayor intento de sus habitantes de negar la realidad.

En este momento, una gran dosis de conciencia mundial se encuentra disponible en "Tesoros/Treasures/ Tesouros: The Arts in Latin America, 1492- 1820", en el Museo de Arte de Filadelfia. Multilingüe en su título, es un ejercicio excepcional y extravagante en el eterno flujo y la mutua fertilización de las culturas.

Resultado de difíciles negociaciones diplomáticas y una gran cantidad de cooperación entre hemisferios, esta exhibición de las artes de Latinoamérica colonial reúne casi 250 objetos, muchos de los cuales nunca antes habían sido exhibidos afuera de sus países de origen.

El tema de "Tesoros/Treasures/Tesouros" es el rico choque cultural que se presagió en 1492, cuando Colón llegó a América, y que comenzó en serio después de 1519, cuando los españoles, encabezados por Hernán Cortés, desembarcaron en la costa de México y comenzaron brutalmente a sentirse como en casa. De inmediato comenzó a enviarse el botín saqueado a Europa y empezó la tarea de poner a trabajar a los habitantes locales, extraer recursos naturales y salvar almas.

Los españoles fueron recibidos por una civilización que, de muchas maneras, era del mismo nivel de la suya, particularmente en términos de su arte, arquitectura y sistemas de caminos. Sin embargo, las civilizaciones ibérica y precolombina también eran extraordinariamente compatibles en términos de su visión del mundo y sensibilidad, como indica la intrincada jerarquía social de los mayas dominada por los sacerdotes, el amor por la pompa y circunstancia, y la fe en un dios vengativo que necesitaba ser aplacado.

Los españoles, por supuesto, tenían sus propias necesidades. Como esta exhibición demuestra extensamente, para salvar almas necesitaban pinturas, esculturas y magníficos objetos y túnicas ceremoniales. Vivir al estilo al que estaban acostumbrados creó una demanda de sillas y armarios suntuosamente tallados y cajas de costura decoradas con un método local parecido a la laca asiática, así como plata, tejidos, servicios de té, retratos y muchas cosas más.

El resto es una historia que es mejor contada a través de objetos. Y "Tesoros/Treasures/Tesouros" realiza una labor destacada en muchos niveles.

El concepto de la fertilización mutua -cuando una cultura es adaptada, y también modificada y transformada por otra- infunde casi todo lo que está a la vista con una extrañeza más o menos sutil.

Sin duda, la práctica precolombina de realizar sacrificios humanos debe haber tenido influencia sobre la escultura guatemalteca, del siglo XVIII, del niño Jesús crucificado; las tres estatuas de tamaño casi natural de Cristo en la Columna, con la espalda bañada en sangre; y la escultura policromática de madera peruana, del siglo XVII, que representa al niño Jesús como un bebé robusto de cabello oscuro que ofrece, con expresión seria, un corazón humano en su mano derecha mientras sostiene medio corazón en la izquierda. De manera similar, las pinturas de la Virgen que convierten su vestimenta en un triángulo gigante podrían provenir de un deseo de mezclarla con una montaña, aunque más generalmente la hacen ver como una especie de diosa de la tierra.

En ocasiones, se evoca el arte de las colonias estadounidenses, como en el caso de "Retrato de mujer en duelo", del artista puertorriqueño José Campeche (1751-1809), que, en su rígida sofisticación, se asemeja a la obra inicial de John Singleton Copley.

Una sola exhibición no puede cubrir toda la mezcla cultural concebida por los diversos pueblos de Latinoamérica en los tres siglos entre la llegada de Cortés y el comienzo de los movimientos de independencia, a inicios del siglo XIX. Uno sólo absorbe lo que puede de cada una y espera que, con suerte, se realicen otras muestras igual de espléndidas hasta que esta sorprendente época quede esclarecida definitivamente.


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