Un desafío para diseñadores pensantes, como Miuccia Prada, es cómo acoger el multiculturalismo sin parecer frívolos, cómo encontrar la belleza en lo banal sin ser condescendiente y cómo operar en un mundo donde la relevancia de todos estos términos está en constante cambio.
Un muy buen desfile de Prada recientemente reconoció una verdad en la moda: el gusto sofisticado podría, de hecho, llevar a la creación de estilos más anticuados que nuevos.
Algunos de los diseñadores más sofisticados casi no han usado influencias étnicas de África y Asia, aunque han revivido faldas del siglo XVIII y bastillas cortas al estilo de los años 60. En cualquier ciudad importante se ven estas influencias -ya sea un color fuerte, un estampado o una forma distintiva- pero en el mundo de la alta moda son percibidas como banalidades que son una afrenta al buen gusto.
Miuccia Prada tomó un paso serio hacia incorporar influencias étnicas, sin enfatizar un estilo en particular. En lugar de eso, los combinó para una apariencia que sobresaldrá la próxima primavera. Su colección fue realmente una síntesis de los ideales femeninos de la belleza: el susurro de satín rojo (ahora como un minivestido recto con cinturón); el uso sutil de motivos y collares tribales (que, comentó Prada, encontró en culturas asiáticas así como en africanas) sobre gamuza y chifón; y el uso de turbantes, que tienen raíces tanto en África como en estilos de vestidos occidentales de los años 40.
Los desfiles de Milán han resaltado el vestido fácil de llevar para primavera, con una maravillosa colección de Consuelo Castiglioni, de Marni, quien prescindió de las excéntricas capas de tela y estampados a favor de un corte elegante. Los vestidos estilo austríaco y vestidos Imperio largos de Tomas Maier, para Bottega Veneta, lucían muy contemporáneos y muy europeos, una combinación rara en un mercado global.
La colección de Castiglioni poseía una fantástica calidad básica que ningún diseñador estadounidense de ropa deportiva ha llegado cerca de igualar esta temporada.
Y éste es el tipo de ropa que uno esperaría ver de diseñadores estadounidenses: vestidos estilo túnica de algodón con espalda holgada ligeramente ceñidos con simples cinturones de piel; un blusón deportivo en nylon beige pálido con mangas cortas en algodón blanco; holgados vestidos rectos y chaquetas gris oscuro o azul marino sobre poleras sin mangas con mallas y zapatos de tacón grueso con correas elásticas.
La ropa de Giorgio Armani se ha vuelto sentimental y con demasiados detalles, con un interés pronunciado en efectos impactantes como sombreros y bastillas ondulantes. Solía haber un fundamento serio detrás de su ropa, que les daba a sus trajes sastre tipo masculino una sensación de contenido. Sin embargo, al ver los muchos vestidos con cuentas, en blanco o negro, uno percibe el triunfo del estilo sobre el contenido.
Los aristócratas y la realeza británicos han sido un tema de Christopher Bailey, de Burberry, durante cierto tiempo, y el diseñador le ha aportado un espíritu moderno y libre de clichés.
Aún así, al mirar los vestidos con falda abombada en jacquard metálico y simples vestidos holgados sin cintura adornados con piedras cortadas, uno tiene que preguntarse si esto realmente es el mejor estilo de Bailey.
Hubo muchos looks buenos y honestos, entre ellos vestidos de algodón con cinturón en borrosos estampados florales, y lo que parecía ser un tejido con agujeros, y lino prelavado con remate tejido a gancho.
La mezcla monocromática de café grisáceo y verde pálido, con botas hasta el tobillo en charol beige, también lucía fresca.
Sin embargo, me pregunto cuánta satisfacción puede obtener Bailey modificando los viejos vestidos de la Princesa Margarita.