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Pescadores que laboran en el fondo del océano |
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| Byron Moreira se apresta a lanzarse al mar, mientras Jimmy Carvajal está adentrándose a él para iniciar una jornada de pesca en las profundidades. Henry Carvajal dirige la panga. | | |
| Octubre 08, 2006
Texto: Marcia Barzola Castro | Fotos: Jorge Peñafiel
Entre los trabajadores del mar del perfil costero ecuatoriano se encuentran los buzos. Una jornada con un grupo que parte en una frágil panga desde Machalilla, Manabí. Usan desgastados trajes y van en busca de mariscos como spondylus, pulpos y peces.
Raya la aurora y en las casas de caña de la familia Ciriales, en Machalilla, Manabí, comienzan a encenderse las luces. Son algo más de las seis de la mañana y a esa hora niños, jóvenes y adultos, que viven de la pesca, alistan sus equipos de trabajo antes de adentrarse en el mar y, bajo, la superficie, recoger sus frutos y después venderlos en los mercados o en restaurantes.
Es 19 de septiembre y el mar "está bravo", coinciden la mayoría de los más de treinta buzos artesanales del lugar. Por eso, dicen, esperarán a que pase un poco el mal tiempo para ir mar adentro con más tranquilidad. Otros, en cambio, desisten de salir y siguen durmiendo con la intención de recuperarse de la resaca originada por los tragos de aguardiente que bebieron la noche anterior. Pero para tres de los hermanos Carvajal, Jimmy, de 21, Henry, de 16; y Jonathan, de 12 años, no existe mal tiempo.
Unos minutos después de las siete de la mañana deciden partir. Por el angosto camino de tierra, que los conduce hacia el mar, se unen a ellos Byron Moreira y Carlos Pincay, otros jóvenes buzos que también pescan en la panga o fibra (como llaman a la embarcación) de los Carvajal. Viven de esa actividad y se iniciaron antes de los 10 años.
Una poma con casi cuatro galones de diésel, un compresor de aire, más de 120 metros de finas mangueras que sirven para inhalar oxígeno desde el fondo del mar, viejos trajes de buzos, patas de rana, cinturones de plomo, visores, arpones y ganchos forman la indumentaria de trabajo.
Con esa carga a cuestas, los jóvenes se encaminan al mar con la ilusión de volver a pescar unas cincuenta libras de mariscos que les dejen al menos 20 dólares a cada uno o un pescado grande, como aquel pargo de 90 kilos que un día antes pescó el hermano mayor de los Carvajal, Manuel, quien se ganó más de 100 dólares con la venta.
Al llegar a la orilla Henry se embarca en una frágil canoa para ir a recoger la panga que está a unos veinte metros de la playa. Las olas van y vienen con furia, pero no asustan a los pescadores que parecen vivir un eterno romance con el mar. Sin temor alguno van parados en la panga y disfrutan de cada movimiento.
Al vaivén de las olas los pescadores realizan su faena sin mostrar temor. El mar está bravo, repiten con insistencia, y cuentan que cuando el océano se muestra así muchos prefieren no salir porque sus frutos se esconden en las entrañas. "Con tanto movimiento el agua se vuelve turbia y no permite visualizar con facilidad los peces y moluscos", dice Carlos, quien bucea "a puro pulmón". Apenas usa visores y patas de rana. Nada en la superficie y se sumerge en el mar solo cuando ve a su "víctima".
Byron y Jimmy, en cambio, sí trabajan con oxígeno. También usan unos desgastados trajes de buzos para protegerse del frío de las profundidades, patas de rana, visores y un cinturón de plomo que los ayuda a hundirse más rápido. Pero inhalan y exhalan oxígeno a través de unas simples mangueras (como las de las cocinas de gas), las que agarran con sus dientes mientras realizan sus labores.
El esfuerzo es grande, dicen. Permanecen de quince a más de veinte minutos en las entrañas del mar. Cada vez que pescan algo lo meten en un bolso de malla que tienen agarrado en sus cinturones y cuando la carga se torna pesada suben a dejarla en la panga. Aquel día la pesca no era tan buena. En el sector de El Horno (a 15 minutos de Machalilla) no hay especies y tienen que moverse a lugares cercanos hasta que hallan pulpos, spondylus (especie de concha) y un pargo que dicen pesa unas 5 libras.
Suben con su carga a la panga. Se despojan de sus viejos guantes y de la sucia manguera, porque les duelen las mandíbulas y también los brazos y las piernas. De inmediato, Jimmy muerde la cabeza de los pulpos para matarlos y así no intenten escapar.
Byron no quiere perder tiempo y le pide a Henry, quien dirige la panga, que se adentre un poco más al mar. Al rato regresa con una langosta, más pulpos y también spondylus.
Carlos solo encuentra un churo (especie más grande que el caracol) y una estrella de mar, cuya belleza muestra a sus amigos y enseguida la libera en el mar, de donde esa mañana pescaron menos de 20 dólares en productos, pero suficiente para "parar la olla" de ese día.
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| CAPACITACIÓN. |
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El Colegio de Médicos del Guayas, a través de su coordinación científica, invita a los médicos de la provincia a las charlas sobre el avance en el tratamiento de los lípidos. La capacitación se realizará el 12 de octubre, a las 20h00, en el auditorio de la entidad (Azuay 709 y L. de Garaycoa). Información a los teléfonos: 233-8229 / 233-7582.
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