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Edición del DOMINGO 8 de Octubre del 2006 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Taiwán, patrimonio de oriente
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Templo budista en Taipei
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Texto: Tali Santos | Fotos: ICDF

Si existiese el turismo político, este sería un destino en el itinerario. Una potencia asiática que enfrenta una encrucijada socio-política.

Ahí está   la cima del mundo, el edificio más alto, el Taipei 101 (o "one o one", en inglés, como se lo da a conocer a los extranjeros), un símbolo de  modernidad, dinamismo y poder económico. Paradójicamente, también está ahí una sociedad que, pese a tener un gobierno democráticamente elegido, no es reconocido como estado-nación por la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Es Taiwán, el territorio que se conoce con este nombre desde el 603 dC., cuando aparecen en los anales de la historia de China referencias de una expedición realizada a la isla de este nombre. 

O Formosa (hermosa), como la bautizaron expedicionarios portugueses en 1590, extasiados por el paisaje de sus montañas que se encuentran con el mar, por la arena blanca de sus costas, además de otros atributos de su geografía. 

Pero más allá de los nombres surgidos de la tradición y la admiración, también posee la denominación política que se da a sí misma: República de China, un nombre que se llevó del continente cuando el partido comunista ganó la guerra civil y estableció la República Popular de China, en 1949, y para cuyo gobierno -ese sí reconocido por la ONU desde 1971, y por EE.UU. desde 1979- no es otra cosa sino una "provincia rebelde".

Según los registros históricos y periodísticos, mientras los comunistas liderados por Mao Zedong se hicieron con el poder en la China continental, las fuerzas leales al antiguo régimen de la República de China se replegaron a la isla de Taiwán, desde donde esperaban poder reorganizarse para reconquistar el continente.  Ante el poderío militar de sus opositores, el afán de reconquista se convirtió con el tiempo en una aspiración de independencia.

Pero por la fuerza económica, militar y por tanto política que ha adquirido China Popular, y la presión que ejerce -vía misiles apuntando a la isla- para evitar que esta se declare como República de Taiwán, experimenta una especie de limbo diplomático que, actualmente, tiene a su población un tanto dividida.

"Ahora en Taiwán el problema principal es la identidad política de la población, el 10% está por la reunificación, el otro 10% a favor de la independencia y el 80% ni a favor ni en contra: quiere mantenerse como está actualmente, con una independencia de facto, no de derecho", refiere Jaime Wu, representante gubernamental de la Oficina Comercial de Taiwán en Ecuador, uno de los países que no lo reconocen diplomáticamente, aunque al igual que los otros que lo desconocen, incluso China Popular, mantiene relaciones comerciales con este y acepta capital y ayuda económica proveniente de Formosa.

Hace pocos días, unos 300.000 taiwaneses se manifestaron en la ciudad sureña de Kaoshiung a favor de Taiwán y de su soberanía e independencia de China. Hay un ambiente en el que se vive un encarnizado enfrentamiento político entre la Alianza Azul que defiende el mantenimiento de la actual situación de separación de China, pero sin excluir una futura unión y la gobernante Alianza Verde que aboga por la separación definitiva.

Potencia económica
Lo que para todos sí está claro es que este territorio de 36.000 kilómetros cuadrados, que se erige en el Pacífico que baña el sudeste asiático y está poblado por 23 millones de personas, la mayoría descendientes de la China continental, de la etnia Han, es una potencia económica.

Taiwán posee la tercera reserva monetaria más alta del mundo (252 billones de dólares, en octubre del 2005), detrás de las de Japón y China; el año pasado, su economía creció al 6,07% y el producto interno por cada habitante es de 14.271 dólares.

Síntomas de estabilidad y grandeza en una isla que es 7 veces más pequeña que Ecuador, con recursos naturales más bien limitados: pequeños depósitos de carbón, gas natural, piedra caliza, mármol y una agricultura (arroz, vegetales, frutas, flores y té, principalmente) que contribuye solo al 1,74% del Producto Interno Bruto, en el que se incluye la producción ganadera de cerdo, aves de corral y lácteos.

Su secreto de desarrollo está en la industria y -aunque menos- en la manufactura. En los setenta y ochenta impulsó la industria de la acería, luego vino la electrónica, y en la década del noventa la alta tecnología: circuitos integrados electrónicos made in Taiwán, como los chips son un ejemplo. Pero debido a las ventajas que está tomando China en el mercado internacional por el bajo costo de su mano de obra, ahora  apuesta a la nanotecnología y a la biotecnología. "Cada día hay que hacer innovaciones", refiere Jaime Wu.

Dicen los taiwaneses de a pie en Taipei, la capital, o los de Tainan, la cuarta ciudad importante, que de bajar el costo de la mano de obra para ser más competitivos también disminuiría el alto nivel de vida que ha alcanzado la población, cuyo índice de analfabetismo es del 2,84%.

Aquí hay algunos barrios que lucen pobres por la estrechez de sus espacios y la sencillez de sus diseños y decorados, pero no hay miseria.  Atrás quedaron los tiempos en los que los niños vestían con ropas hechas de sacos de arroz.

De sonrisa fácil
Los taiwaneses, fieles budistas y taoístas en su mayoría, son obsesivos por el trabajo, pero no lucen estresados.  La sonrisa es un gesto espontáneo en ellos, casi un acto reflejo que evidencia su sencillez y predisposición de servicio. 

La cultura Hello Kitty, la gatita de origen japonés, y otros comics estilo Doraemon con una sonrisa a dentadura plena están presentes en buena parte de los anuncios comerciales, incluso en algunos de servicios que buscan reflejar seriedad como los bancarios. 

Taipei, en medio del paisaje de rascacielos asentados en los costados de amplias avenidas y de obreros erigiendo otros, es una ciudad que parece estar siempre de buen humor.

Los jóvenes inundan las calles con sus motocicletas tipo Vespa, porque les resultan un cómodo y económico medio de transporte propio, cuestan entre 300 y 400 dólares las usadas y alguno ha pagado hasta 150.

Andar por las calles de las ciudades de Taiwán puede asustar un poco a un occidental que desconozca el significado de la grafía del mandarín o de las otras lenguas nativas que ahí se hablan, y que tema perderse por no entender estos signos, pero todo se supera con una sonrisa, un poco de inglés y un joven a la mano que lo entienda.

Los taxistas, en su mayoría personas mayores de 40 años, no entienden inglés, por lo que para ir de un lado a otro hay que pedir que alguien en el hotel le escriba a uno, en mandarín, la dirección exacta. No es buena idea intentar entenderse con ellos (solo atinan a responder ok, ok, ok), pero sí sirve sonreír y aprender a decir xie xie (gracias).

Si hay algún problema con la dirección resulta buena ayuda detener el auto cuando uno vea a alguien que luzca menor a 30 años, quien de seguro habla inglés, para que dé luz a la comunicación.

El sistema de transporte se basa en una red de metro, inaugurado en 1996, que luce como nuevo, y buses con aire acondicionado y, claro, música relajante, como se escucha en casi todo espacio cerrado de Taiwán.

Por eso, tal vez, es difícil estresarse.  También ayuda la cultura por los masajes de pies o espalda que abundan en los locales de las calles principales y en otros con servicios más completos como los spa.

Son gente muy espiritual que renueva su fe con visitas, muchas veces diarias, a los templos que, con su arquitectura de tejados curvos, tonos rojo y verde, y decorados alusivos a la cultura asiática, se abren espacio entre los edificios con una estética moderna e industrial en la que el vidrio y el acero se imponen.

No lucen estresados pero sí muy activos y que disfrutan del consumo. Los centros comerciales en Taipei y ciudades como Kaohsiung y Tainan incluyen tiendas de diseñadores como Gucci, Christian Dior o Prada, como corresponde a cualquier ciudad que concentre riquezas. 

Los problemas de identidad política que afectan el desarrollo de una vida enfocada en el progreso en Taiwán se debaten en los medios de comunicación, que tienen una visión respecto al equilibrio informativo: hay unos medios a favor de una postura y otro tanto a favor de la otra, dice Lindy Yeh, reportera en jefe del Taipei Times, uno de los principales  diarios que hay en Taiwán (2.477).

Lo de la obsesión por el trabajo se refleja en los llamados "night markets", en los que, a partir de las nueve de la noche, se vende "de todo", al referirse con ese término a ropa barata, ciertas artesanías, algo de electrónica, adornos para el hogar de bajo costo y, por supuesto, comida, mucha comida, a base de aves, cerdo y mariscos. 

Son comunes los quioscos con pollos, con cabeza y patas incluidas, colgados o enchuzados para invitar al público a su consumo, preparados con salsas de sabores y olores intensos: una mezcla de grasa y del acento que deja en el aire el vapor que expiden los cocidos de las carnes. 

Hay una frase con la que se promociona Taiwán que dice que en cada cuadra de las calles de las ciudades de este país hay, por lo menos, un restaurante.  Y es cierto, los hay por todos lados, pero no tienen nada que ver con los chifas ecuatorianos en los que la gastronomía china ha experimentado una adaptación al paladar occidental, con un poco más de condi mento.  Aquí en Taiwán el arroz es más bien simple. 

Taiwán se apresta a celebrar el 10 de octubre su día nacional, el 95º aniversario de la fundación de la República de China, en medio de fiestas en las que estarán presentes los bailes tradiciones, los trajes de seda y los dragones de la mitología china. 

Pero también en un ambiente de contradicciones por la identidad política de sus habitantes, por las denuncias de corrupción que amenazan la estabilidad del primer gobierno elegido democráticamente en este país no y por las presiones de su poderoso vecino, que lo mira desde el otro lado del estrecho de Formosa, que se reprime en los ataques, porque Estados Unidos le ha advertido que él está del lado de Taiwán.


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