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Con Alberto en Cleveland |
Octubre 10, 2006
Otòn Chavez Pazmiño | Allá estás ahora Alberto, aquejado de una dolencia cardiaca. Por lo mismo yo estuve por allí hace once años. Puedes estar tranquilo. The Cleveland Clinic Foundation es famosa en el mundo entero por su especialidad cardiológica.
Posiblemente estés en el mismo hotel donde me alojaron y se llega a la clínica por un paso peatonal recubierto de vidrios plásticos. Es tanta la atención al cliente (léase pacientes) que nos recibió (a mi señora y hermano) la damita guayaquileña Sabrina Benítez y nos puso delante del médico con todas las inscripciones registradas.
Ojalá siga por esa clínica un famoso cardiólogo chileno que me atendió con un apellido más difícil que pronóstico electoral: Conrad Simpfendorfer, para quien guardo imperecedera gratitud tanto como a mis amigos que me pagaron todos los gastos de esa clínica.
Las palabras anteriores tienen la intención para que estés tranquilo y sereno tanto como yo estuve. Cuando el cardiólogo guayaco Gustavo Soria pegó el grito en el cielo porque me diagnosticó el infarto, yo entré a una fase de casi levitación. Dejé que todos hicieran todo mientras mi alma serena y calma se mantuvo en el limbo por casi 60 días.
Nunca en mi vida me he sentido así, excepto cuando las enfermeras en Cleveland entraron a mi cuarto para atenderme (yo me creía en el cielo) o cuando le pregunté al doctor chileno cuándo podría volver a practicar deportes. Todo lo demás era etéreo.
Alberto, ¿quién no te quiere en el Ecuador, tu patria lejana? Todo el mundo hasta los emelecistas porque fuiste entrenador azul. En Uruguay es explicable que no le caigas bien a los del Nacional porque los hiciste sufrir en su momento aunque Gualberto Rodríguez, hincha tricolor, siempre habla bien de ti.
Es decir, Alberto Spencer, es querido porque el deporte se presta para los sanos amores y pasiones. Que un ecuatoriano todavía sea el máximo goleador de la Libertadores es un honor. Que por gratitud, todos los gobiernos sin excepción, te ratifican uno tras otro en el cargo diplomático es una forma de decirte gracias permanentemente.
Alberto, tenemos fe en que saldrás bien de este trance, es el deseo enorme de todos nosotros que nos regalaste grandes alegrías.
Todavía me parece verte en la acera roja del Everest guayaco como juvenil y cuando pasaste al primer equipo para jugar con tu hermano Marcos que le decíamos Colectivo, por lo rápido y descocado, corriendo por la banda derecha.
O como cuando lo hiciste en la selección de 1959 para seguir festejando la inauguración del estadio Modelo y Juanito López te recomendó a los Mirasoles del Peñarol.
Y no se diga cuando te vimos goleador en esa delantera famosa de Cubilla, Rocha, Spencer, Sasia y Joya, en una de las tantas y espectaculares alineaciones de las que Alberto Spencer fue el que más tiempo duró.
Bueno Alberto, tranquilo, por acá, todos expectantes como cuando jugabas. Un abrazo.
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