Estas fiestas copaban la atención de los guayaquileños en la década del cincuenta.
Cuando el Benemérito Cuerpo de Bomberos de Guayaquil no entraba en la modernización que lo caracteriza actualmente en su organigrama y en los recursos para combatir al tradicional enemigo de la ciudad: el fuego, allá por las décadas del cincuenta al ochenta del siglo XX fue muy común entre los jóvenes de los distintos barrios porteños el deseo de convertirse en miembros de la institución ‘a como diera lugar’ durante los meses de agosto y septiembre de cada año.
Esto último no lo hacían únicamente para cumplir la ancestral costumbre de que algún miembro de la familia debía ser parte de la oficialidad o tropa de la entidad, sino que también llevaba el sano interés de participar del baile anual del 10 de octubre que daban las numerosas compañías de entonces, cuyos jefes ponían esmero en la organización de los programas con la colaboración espontánea del vecindario.
Con apenas dos o tres meses de militancia, los noveles legionarios de la casaca roja tenían la oportunidad de conocer a experimentados comandantes que transmitían conocimientos, a tal punto que muchísimos de los que ingresaron solo con el interés de disfrutar de los actos, se quedaron en sus respectivos depósitos e hicieron largas y brillantes carreras dignas del aplauso ciudadano.
Por la celebración mayor del bombero, las compañías hacían desfiles, iban con sus mejores hombres a los ejercicios de agua, daban fiestas a los hijos menores de la tropa y ponían esmero en los almuerzos y el baile del 10 de octubre, que acogía a los primeros jefes, amigos y favorecedores permanentes, familiares de sus militantes y los infaltables ‘pavos’ que se las ingeniaban para ingresar a los locales y así danzar con buenas orquestas.
Al paso de las décadas desaparecieron algunas compañías que fueron referentes, tanto en su labor primordial de combatir los incendios que asolaron la metrópoli como en el cuidado que pusieron para elevar el nivel profesional, cultural y fraternal de sus miembros.
Actualmente el baile y otros festejos presentan cambios; sin embargo, los de antes siguen vivos en el recuerdo de incontables vecinos.