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La capacidad del ser humano para asimilar conceptos y generar conocimientos es asombrosa. Las fachadas, que son nuestros rostros, esconden mundos internos desconocidos aun para los mismos dueños de esos ojos brillantes o de ese rostro pensativo. Cada uno de nosotros es portador de un mundo inmenso de recuerdos, de experiencias, de conceptos estudiados, de proyectos; mientras tenemos la posibilidad de evocar esos recuerdos y aprendizajes, de sacarlos de nuestra bodega personal para convertirlos en instrumentos para nuevas ideas y acciones, debemos sentirnos afortunados.
“Los sabios son los que buscan la sabiduría. Los necios piensan haberla encontrado”. (Napoleón Bonaparte). El saber tiene que convertirse en una actitud, no en un momento o en una época de estudio. Tener sed de saber, de conocer; levantarse por las mañanas con la decisión de encontrar respuestas a dudas, cavilaciones e interrogantes; de ahondar temas que fueron superficialmente aprendidos; de conocer un poco más del mundo en que vivimos, son hitos que nos conducen a la sabiduría.
Las actitudes superficiales y el desconocimiento, a veces fruto de pereza mental, nos conducen a aplaudir discursos inconsistentes que invitan a soñar despiertos, a creer ingenuamente en promesas mágicas y a votar por quienes ofrecen solucionar todos los problemas de un país digno de mejor suerte. Así encumbramos presidentes. Cuando pasan los meses, cuando viene la decepción por el contraste entre lo prometido y lo realizado, entonces se cree que botar presidentes es la única solución y de este modo, superficialmente, iniciamos un círculo vicioso espantoso.
Debemos perseguir la verdad, buscarla a sol y sombra, convertirla en compañera de todos los días, en asistente de toda decisión significativa; es sabio reconocernos imperfectos para buscar la perfección; sabernos inacabados y aspirar a una exigente realización personal.
Quienes disfrutamos con un texto bien escrito; quienes participamos de una conversación inteligente; quienes leemos un buen libro debemos hacer algo más que aprender un nuevo concepto, de enriquecernos con una nueva idea; solamente cuando esa nueva idea es revestida con nuestros sentimientos y se convierte en un actitud, solo entonces la idea llega a nuestras vidas y produce un cambio importante en nuestros comportamientos.
¿Qué entendemos por pobreza, por indigencia? Todos lo sabemos con seguridad, pero no todos hemos ido más allá del concepto. Cuando sufrimos con quienes sufren; cuando nuestro espíritu se estremece frente a un niño desnutrido, frente a los niños trabajadores; cuando el dolor nos interroga y el sufrimiento de los demás nos golpea, entonces además de los conceptos de dolor, pobreza o indigencia, nuestros sentimientos nos conducen a una actitud permanente de luchar para remediar los males que aquejan a los demás, haciendo aquello que desde el rol que desempeñamos en la vida podemos hacer. Si obramos de este modo, las investigaciones que realizamos concluyen en cambios de comportamientos; las estadísticas que revelan la realidad de nuestro Ecuador se convierten en instrumento de decisiones en bien de los demás. Es crucial que aspiremos a un futuro de paz, libertad, democracia y equidad para todos.
Hasta el 15 de octubre tenemos el mandato cívico de pensar, meditar y seleccionar a quienes daremos nuestros votos. |