|
Cuando éramos niños y acompañábamos a nuestros padres a vivar a los candidatos o a votar en domingo de elecciones, todo nuestro interés estaba centrado en el circo y en la fiesta. Si estábamos en campaña, nos interesaban el pito, los regalos, el gingle que coreábamos a voces sin entenderlo, el baile y el discurso fustigador del candidato, mientras más gallito, mejor. El equipo que lo acompañaba creaba la ilusión de la fiesta, tiraba papeles picados, serpentina de colores, banderines, trocaba camisetas y gorras por intenciones de voto y arengaba a la gente como manada de ovejas, reventándonos los oídos con su música manipuladora. El candidato regalaba besos, estrechaba manos, alzaba niños llorones, agitaba sus brazos como aspas de ventilador y su sonrisa de postal era el único recuerdo que tendríamos pues, una vez ganada las elecciones estaría más lejos que la estrella más remota de la vía láctea. Por ese entonces no conocíamos que un candidato se vendía como un producto cualquiera, ni habíamos escuchado de asesores de imagen, ni descubierto que las promesas incumplidas son una forma grave de traición. El día de votaciones más que un día cívico era un bacanal colectivo en el que arrastrados del brazo de nuestros padres estábamos más interesados por el algodón de azúcar, el mango con sal y el canguil de dulce que vendían los informales que por la trascendencia del acto, y la fila resguardada por un militar era un fastidio que había que soportar. Íbamos y veníamos por la vida vestidos de total inocencia, creyendo en el mundo de las apariencias, en lo que nos decían y podían apreciar nuestros sentidos. Eso era cuando éramos niños, pero ya no lo somos. Cuando no meditamos nuestro voto, cuando nos dejamos llevar por las promesas sin analizar si estas tienen sentido o no, si son realizables o pura demagogia; cuando aceptamos las ofertas y no preguntamos el cómo; cuando no revisamos la hoja de vida y el programa de trabajo del candidato (a) de nuestra simpatía; cuando no averiguamos quiénes lo rodean y a quiénes ha servido; cuando nos dejamos llevar por el impulso y la emoción y rayamos sin mirar ni sopesar, actuamos igual que cuando niños, solo que lo que en el niño era inocencia y candor, en nosotros será irresponsabilidad criminal.
Ya no hay espacio para la ingenuidad o la indiferencia; la credulidad, la emotividad, el no mirar más allá de la apariencia ha llevado al país por caminos tortuosos; ha alzado a gente de verbo perverso, a estafadores y desfalcadores al poder, ha hecho que el país nade en la bancarrota y que tres millones de ecuatorianos se encuentren dispersos por el mundo. El votar no es una acción de niños porque estamos entregando el país, el petróleo, la riqueza, el futuro, la educación y la salud de nuestros hijos a otras manos, estamos delegando un enorme poder que luego, si no elegimos bien, puede volverse en contra nuestra. Por eso, hoy, antes de votar, piensa, analiza, evalúa, reflexiona que estás tomando una decisión trascendental, que tu actitud te compromete, que lo que hagas en las urnas no es un juego de niños ni algo inútil realizado a la fuerza para obtener un documento, sino el acto de mayor poder y trascendencia nacional.
Piensa, luego vota.
|