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Las hay de todo color, pobres, ricas, delgadas, gorditas, hermosas, discapacitadas, ciegas, mudas, charlonas, tímidas. Comparten su estado civil. Se las apunta o se las mira con absoluta indiferencia. Carecen de apoyo, son ávidas de ternura, desconfiadas frente a los hombres.
A veces son empleadas domésticas. Un buen día, por soledad, tal vez por haber equivocado el rumbo, se meten en camisa de once varas. Entregan lo que tienen en reserva: cariño, cuerpo, alma. Cosechan un bebé de contrabando. Al notar que la menstruación se ha detenido, se tambalean un poco. El enamorado aboga a favor del pronto curetaje, legrado clandestino, raspado donde una comadre de estas a las que llamamos "hacedoras de ángeles". Sería prueba de amor evitar que el macho tuviese complicaciones. En muchos casos, sienten estremecerse la fibra materna, deciden hacer frente, se exponen a la paliza, la procacidad, a que las boten de casa.
Crece el bulto a escondidas; llega el momento en que no se puede ocultar. Llueven ácidos comentarios: eso les pasa por ser calzones flojos, abrir las piernas, cerrar el cerebro, evidenciar su condición de mujeres brutas, irresponsables. Ellas no contestan, dejan pasar la tempestad. Con la mirada perdida, piensan en el bebé que colmaría su soledad al devolverles el amor que el mundo les mezquinó.
Las madres solteras aman de oído, sin haber aprendido. Cambian pañales, preparan biberones, controlan fiebres, diarreas, apaciguan llantos, ponen paños tibios o helados en la frente, tienen el ojo puesto sobre su prole en incansable celo. Van gulusmeando sus amargores, andan por los mercados, auscultan su escaso peculio, domestican su vergüenza, reconstruyen el sueño desflorado mientras baila, trastornada, en un hilo su infancia. No saben nada de nada, solo que son madres, que Dios existe. Rezan con ingenuidad, siguen procesiones, muestran devoción hacia una santita en especial o el Divino Niño. Hablan solas para darse ánimo, saben que su bebé es el más bello del mundo.
Surge el romance un buen día. El enamorado pregunta: "¿Me amas?". Susurran: "¿Mande?". Hay caricias tibias, luz vacilante, música bailable, quizás el calor de alguna bebida, un juramento tomado al pie de la letra. Hinchadas de telenovelas, sueñan con el vestido blanco, los encajes, el ramo de flores. Despiertan mientras en el baño el enamorado se ducha silbando, con la satisfacción del placer cumplido. A la velocidad del rayo un pequeño espermatozoide alcanza el óvulo, brota el pecado nada original, empieza la historia de siempre. Al menos ya no se las excomulga ni se las manda a la hoguera pero el cura del pueblo les obsequia el sermón de rigor: "Tú no fornicarás". La historia de amor se convierte en sucio historial de secreciones, ofensa al Señor de los altares.
Las madres solteras, vírgenes anónimas, canjean su pequeño capital de pureza por una palabra de amor balbuceada entre espasmos, luego olvidada. Llevan en los ojos una luz especial que las disculpa de cualquier tropiezo, abren en mí rendijas de tibieza y ternura, encuentran brechas en las cuales la culpa se amortigua hasta volverse torpeza sin maldad, tristeza sin dolor, vacío sin remedio. |