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Edición del DOMINGO 15 de Octubre del 2006 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Destino 
Valle Sagrado de Urubamba: Redescubriendo raíces americanas
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Machu Picchu, ciudad Inca cuya historia está envuelta de un halo de misterios.
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Texto y Fotos: Paula Tagle

Se ha escrito tanto de los incas y sus construcciones maravillosas: paredes megalíticas, canales de riego y terrazas de cultivo que luego de siglos continúan siendo fértiles y utilizables.

Pero siento que vale la pena compartir mi reencuentro con esta tierra que también hace parte de nuestra identidad americana, tan en urgencia de ser rescatada y recontada.

Con mochila a espaldas recorrí el valle sagrado de Urubamba diecisiete años atrás, y quedé estupefacta ante la grandiosidad de los templos, ciudades y fortificaciones incas. Hoy, en un viaje mucho más cómodo y relajado me impactaron las mismas cosas, y descubrí otras.

Me di cuenta de que a pesar de la majestuosidad de las obras, estas no contrastan con el panorama, no se imponen al paisaje, más bien se construyeron siguiendo sus líneas, acoplándose a la anatomía de las rocas, tratando de pasar desapercibidas, fusionándose con  las montañas.

Urubamba, que significa «valle mojado», queda dentro de un cañón relativamente estrecho y una de las teorías que explican esta “arquitectura orgánica” es que los Incas debían aprovechar el espacio cultivable al máximo, haciendo sus edificaciones en las empinadas laderas, cediendo la mejor tierra para el maíz, la papa, quinua y demás plantaciones.

A lo mejor es cierto, pero no le quita lo hermoso al hecho de que construyeran aprovechando las rocas que ya estuvieron allí milenios antes, cortándolas en peldaños si hacía falta una escalera, convirtiéndolas en alas de cóndor para un monumento religioso.

En Pisac se enterraba a los muertos, a los de menor rango, por supuesto, en huequitos en lo elevado de las pendientes. Se los colocaba en posición fetal momificados con las cenizas de sus órganos entre las manos. Desde ahí, de lo más alto, un cóndor se llevaría su alma hasta el cielo. Al pie de este escarpe impresionante de Pisac aún se observan y utilizan las múltiples terrazas de cultivo, con sus respectivas capas de roca, gravilla, arena y suelo, cada una cumpliendo una función específica.

Hogares de adobe
En el valle de Urubamba los cerros son color siena. A pesar de tratarse de afloramientos de caliza, pizarra, granitos rosados, y casi cada cosa de la gama geológica de posibilidades, todo está cubierto por un suelo marrón cafesoso que luce fértil todavía. El mismo color se confunde con las casas del presente, porque los habitantes de la región edifican sus viviendas con adobe hecho de su misma tierra; entonces, las moradas de hoy también se mezclan con el paisaje, las construcciones humanas y las montañas constituyen una unidad.

Sacsahuamán, construido de calizas macizas que llegan a pesar hasta 125 toneladas cada una, tiene forma zigzagueante que imita al rayo, una de las divinidades naturales.

Sobre las escarpadas laderas de Ollantaytambo se observan varios tambos, expuestos a los vientos fríos que soplan desde los glaciales. En los tambos se almacenaba con “refrigeración” natural el maíz y demás alimentos para sustentar a la población, que si bien vivía en estratos sociales muy demarcados y jerárquicos, jamás pasó hambre. Junto a los tambos tenían sus pequeñas estaciones los chasquis, o mensajeros del Imperio, que a través de un sistema de postas podían llevar un mensaje de Quito al Cusco (2.400 kilómetros) en diez días.

En Machu Picchu el agua corre imparable por la ciudad, que tal vez albergara hasta 800 personas, así como corre el agua de los deshielos de las sierras andinas. Las habitaciones lucen pequeñas, pero afuera estaba el mundo verde y montañoso.

¿Por qué no construimos de esa manera nuestras ciudades modernas? Respetando los árboles que han crecido por decenas de años en un mismo sitio, o la belleza y utilidad de las rocas maravillosas que tenemos en nuestros territorios. ¿Por qué debemos pintar de cementos multicolores las cajas cuadradas en que habitamos, cuando pueden tener el tono de la tierra, o del mar, o los cerros?

Pequeños escalones ascienden por la escarpa de falla de Huayna Picchu, la montaña joven, para llevarme hasta su tope alucinante. Las ruinas de Machu Picchu, en la montaña vieja, comienzan a aparecer entre la neblina mañanera. Una ciudad misteriosa, maravilla del mundo, de granito puro, que como el granito perdurará por milenios. Siento orgullo de que un lugar como este quede en mi continente, es un ícono de identidad para Latinoamérica. Y a pesar de eso, sabemos tan poco de la cultura andina. Los incas no llegaron a inventar la escritura y solamente nos queda la evidencia de sus quipus o sistema de nudos, que persisten como indescifrables misterios. La historia se ha conservado en gran parte gracias a la tradición oral. Los padres han contado a sus hijos sobre el pasado de esta civilización fascinante, pero se ha contado en quechua, un idioma lleno de ambigüedades y significados varios que pocos tienen la fortuna de conocer. ¿Qué conceptos habrá en el quechua, o quichua en el Ecuador, para los que no existen palabras en español?

“Lo siento mío”
Si queremos construir un continente orgulloso de sus paisajes y sus gentes, tenemos la obligación de aprender más sobre lo que somos, ahondar en la cosmogonía de los primeros habitantes de América y conocer las palabras con que llamaban a las cosas.

Y aunque el valle sagrado de Urubamba quede en un país vecino, yo lo siento mío, porque yace entre mis mismos andes ecuatorianos que llegan desde Venezuela y se extienden hasta Chile. Porque por milenios los hombres y las mujeres han caminado por estas tierras de sur a norte, de este a oeste. Siempre hubo comercio, y hubo conquistas y derrotas, y luego llegaron los españoles que regaron sus costumbres por los mismos declives y elevaciones. Y nuestra América es el producto de estas conjunciones exquisitas.

En Cusco, «ombligo del mundo», las iglesias y casas de los conquistadores se edificaron sobre las piedras incas que encajan a perfección unas con otras y que a diferencia de las construcciones españolas   han resistido el azote de terremotos a través de la historia.

En Coricancha, que en quechua significa «explanada de oro», las paredes del Convento de Santo Domingo se han ido derrumbando con el tiempo y los sismos para dejar expuestas las bases perfectas de la época imperial y esplendorosa de los incas, que empezara con el noveno inca, Pachacútec Yupanqui, que imperó en el Tahuantinsuyo de 1438 a 1471. Aquí se adoraba al sol, la luna y las estrellas y aquí aprendo que los antiguos habitantes andinos no solamente daban nombres a las constelaciones, sino también a las «nubes negras» o Yana Phuyu, que se observan sobre la Vía Láctea. Para ellos, nuestra galaxia era el río de la vida, o Mayu, a donde venían a beber agua varios animales andinos, que con su silueta ensombrecían las estrellas. ¿Por qué no aprendemos esto en los colegios? ¿Qué nos es más cercano, la silueta de una llama bebiendo de Mayu, el río de la vida, o Pegaso, el caballo alado de la mitología griega, o tal vez ambos?

Somos en América hijos de un mestizaje absoluto. Desde que los indígenas empezaron a pintar cuadros de arte religioso ya iban dejando la huella del encuentro de ambas culturas a veces sutilmente disfrazado, a veces en formas muy obvias y provocativas. Como la Última cena de la catedral del Cusco pintada por Marcos Zapata, donde el plato principal es un cuy, o como los muchos angelitos de los cuadros, siempre con alas multicolores, como de colores son las alas de los colibríes tan de nuestra tierra; cuando en Europa los ángeles se pintan de alas blancas o azules, simbolizando pureza.

Tenemos que entendernos mejor y aprender de las culturas ancestrales que nombraron estos ríos y volcanes por primera vez, con voces auténticas, no importadas.

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