Al principio, las cosas que las mujeres añoraban eran casi demasiado pequeñas para darse cuenta.
Fechas y números sencillos empezaron a eludir sus memorias. Abrazaban menos a sus hijos. Los placeres del pasado, comer y escuchar música, empezaron a no tener sentido. Les gritaban a sus esposos como si fueran comandantes del ejército.
Por pequeños que parecieran, estos jirones de vida eran los efectos de la guerra comentados por cuatro mujeres iraquíes durante una tarde nublada de sábado en un centro femenil en Bagdad.
Sus historias empezaron con un tema conocido: las vidas cada vez más disminuidas de las familias de clase media en la capital iraquí. Los clubes sociales se han vaciado. Las bodas tienen escasa asistencia. Al mismo tiempo que el círculo se ha vuelto más pequeño y que su enfoque central es tan sólo seguir con vida, dijeron, se les despoja hasta de lo más básico.
En una habitación en la Red de Mujeres Amal, las iraquíes hablaron sobre los cambios en sus vidas obligados por el miedo.
Una de esas mujeres, empleada de alto nivel en un ministerio iraquí ahora dirigido por chiitas religiosos, recordó haber entrado recientemente por la puerta de su edificio de oficinas con varias colegas, dos de las cuales llevaban vestidos ceñidos con las cabezas al descubierto y una tercera vestida en un hijab, a quien los guardias de seguridad apartaron.
"Le dijeron que les dijera a sus amigas que fueran más cautelosas", comentó la mujer, inclinándose hacia adelante en su silla de respaldo alto. La mujer pidió que no se usara su nombre porque sería reconocido. Ha recibido dos amenazas contra su vida.
Basma al-Khateeb, de 47 años y madre de tres hijos, meneó la cabeza con tristeza ante esa historia ya tan conocida. "Nunca soñamos que las cosas serían así", dijo.
Khateeb, quien dirige un programa para jóvenes en el centro, dijo que extrañaba los placeres más sencillos que le daban textura a la vida: "Caminar. Andar en bicicleta por la calle. Renunciamos a tantas cosas que solíamos hacer".
Al tiempo que la violencia rasga el tejido de la sociedad, y deshace comunidades y redes sociales, hasta el pensar de la gente se ve impedido.
El sentimiento es particularmente intenso para quienes han perdido un familiar cercano, especialmente un hijo. Haifa Hassan, maestra de inglés cuyo hijo de doce años fue secuestrado cuando caminaba de la escuela a su casa y después asesinado brutalmente, tiene un rostro que parece máscara. Le es difícil sonreír y, cuando lo hace, es más una mueca.
Tiene problemas para dormir por la noche. "Mi hijo muere todos los días", dijo, al recordar el pequeño cuerpo con marcas de soga. En octubre, Hassan abandonó Iraq con su esposo y su otro hijo.
La vida también era dura bajo el régimen de Saddam Hussein, dijeron las mujeres. Los planes eran igualmente difíciles de llevarse a cabo. Sin embargo, la estructura básica de la vida, visitar a la familia, asistir a bodas y funerales, estaba intacta, en gran parte. Ahora los iraquíes renuncian incluso a esas partes.
Hana Edwar, directora del centro para mujeres, dijo que llevó a un grupo de jóvenes a un pintoresco centro turístico junto a un lago en el Kurdistán iraquí. Cuando un grupo se reunió ahí para rezar, un joven bromeó al decir que no necesitaba rezar porque ya estaba en el paraíso. "En serio, se siente cuánto extrañamos estas cosas", dijo Edwar.
Hace un año aún había muchas esperanzas, agregó: "En cambio, ahora la luz es tan tenue".