Música norteña retumbaba en el bar Sol y Sombra, el 6 de septiembre, cuando varios hombres con vestimenta militar pusieron fin a la fiesta nocturna. Armados con potentes ametralladoras, gritaron a la multitud que no se moviera y luego vaciaron el contenido de una gruesa bolsa de plástico en la pista de baile.
Cinco cabezas humanas rodaron en charcos de sangre.
"No es algo que uno vea todos los días", señaló un cantinero, que pidió no ser identificado por temor a perder su propia cabeza. "Muy feo".
Una guerra del bajo mundo entre bandas del narcotráfico se libra en México, con una barbarie medieval, en la que sus elementos operan con poco temor a la interferencia policiaca, y con un alcance y brutalidad sin precedentes, incluso en un país acostumbrado a altos niveles de violencia relacionada con las drogas.
En meses recientes, la violencia ha incluido un total de dos docenas de decapitaciones, un asalto a una estación local de policía por parte de hombres con granadas y una bazuca, y secuestros a la luz del día de funcionarios policíacos de alto nivel. Por lo menos 123 funcionarios de procuración de justicia, entre ellos dos jueces y tres fiscales, han sido asesinados a tiros o bajo tortura. Cinco policías se encontraban entre los decapitados.
Las autoridades mexicanas de procuración de justicia sostienen que la violencia es una señal de que han logrado avances en el desmantelamiento de importantes familias del crimen organizado en México.
Los arrestos de varios líderes de cárteles de las drogas y sus principales lugartenientes han desatado una lucha violenta entre mafiosos de segundo rango por las rutas para el comercio de drogas, aseguran los fiscales federales.
El Procurador General Daniel Cabeza de Vaca declaró que una creciente ola de drogadicción dentro de México ha propiciado algunos de los asesinatos, al tiempo que los distribuidores peleaban por mercados locales.
Igualmente, policías cada vez más honestos intentan hacer cumplir la ley en vez de hace la vista gorda ante los narcotraficantes, lo que a menudo les cuesta la vida, afirman los fiscales.
Otras autoridades aseguran que esas evaluaciones son demasiado optimistas. Algunos expertos señalan que las fuerzas policíacas mexicanas, debilitadas por la corrupción e intimidadas por los asesinatos, simplemente no están a la altura para combatir las guerras del crimen organizado.
Las decapitaciones, de hecho, se han convertido en una forma característica de intimidación dirigida tanto a rivales criminales como a autoridades locales y federales.
En el turístico Acapulco, unos sicarios de una banda de narcotraficantes decapitaron en abril al comandante de una fuerza especial, Mario Núñez Magaña, junto con uno de sus agentes, Jesús Alberto Ibarra Velázquez. Encajaron las cabezas en una cerca frente a la estación de Policía municipal.
"Para que aprendan a respetar", decía una nota escrita en rojo junto a ellas. Sólo se han producido arrestos en unos cuantos de los asesinatos de policías este año. La abrumadora mayoría sigue sin resolverse porque los testigos temen declarar contra los narcos. Incluso investigadores bien curtidos tienen miedo de ahondar demasiado en los asesinatos.
"Hay una atmósfera de desconfianza y de terror que nos afecta, dentro de la policía", expresó Jesús Alemán del Carmen, jefe de la Policía estatal de Guerrero, donde 22 funcionarios de procuración de justicia han sido brutalmente asesinados este año.
Uno de los oficiales asesinados fue Gonzalo Domínguez Díaz, comandante de la policía estatal en Pátzcuaro, Michoacán. En febrero recibió una amenaza de muerte de un empresario local que, a decir de las autoridades judiciales, tiene vínculos con los Valencia, familia del crimen organizado. Hasta la fecha, los fiscales no han hecho avances para resolver su asesinato. Domínguez tenía 47 años y tres hijos.
"Creo que los comandantes que no han matado están involucrados en el juego, y los que han sido asesinados es porque atacaron al crimen", dijo Fanny Carranza Domínguez, su viuda.
En las ciudades más golpeadas por la guerra del narco, el miedo es palpable. Desde hace dos años, Nuevo Laredo ha sido el principal campo de batalla en una lucha entre dos bandas del narcotráfico.
"No sería humana si dijera que no tengo miedo", reconoció Elizabeth Hernández Arredondo, delegada de la procuraduría estatal en Nuevo Laredo.