El Presidente Hugo Chávez no se preocupa en esconder opinións obre William Brownfield, embajador de Estados Unidos en Venezuela. “Empiece a empacar, mister, si no deja de provocarnos”, dijo Chávez este año por televisión. “Porque lo voy a echar a patadas”.
En abril, manifestantes en motocicleta persiguieron el auto de Brownfield por Caracas, golpearon sus puertas y le lanzaron tomates y huevos. Cuando Brownfield visitó Nueva Esparta, en diciembre del año pasado, para donar equipo de béisbol, los manifestantes apedrearon su auto.
Su reciente visita en Lechería fue a un “rincón estadounidense”, uno de los cuatro que ha inaugurado recientemente en el país. Básicamente son bibliotecas y centros de información, manejados conjuntamente por el Departamento de Estado de Estados Unidos y un grupo local, donde se puede estudiar inglés o leer sobre la historia y cultura estadounidense.
Unos 30 residentes se reunieron para verlo en el edificio municipal de Lechería, ciudad dirigida por un alcalde anti Chávez. La recepción fue fría incluso ahí. Algunos escribían mensajes en sus Blackberrys mientras él hablaba. Todos aplaudieron cortesmente cuando terminó de hablar.
Los intentos de apertura de Brownfield, como los de los diplomáticos estadounidenses en La Habana, suelen ser vistos como agresiones imperialistas.
A primera vista, el rincón estadounidense en Lechería parece inocente. Pero activistas que apoyan a Chávez, como Eva Golinger, una abogada estadounidense que vive en Caracas, han denunciado a los rincones, más comunes en los países que pertenecían a la extinta Unión Soviética, como ejemplos de “operativos psicológicos y propagandísticos”.
José Vicente Rangel, vicepresidente de Venezuela, dijo este año: “Brownfield está sacando el pie para que alguien se lo pise”. Y agregó: “Lo que quiere es que alguien impulsivo o provocador, por su propia invitación, le lance una piedra”.
Así están las cosas en Venezuela, país que, paradójicamente, mantiene robustos lazos comerciales con Estados Unidos. El sentimiento anti- estadounidense suele dirigirse de manera personal contra Brownfield, criado en el seno de una familia de rancheros y quien en ocasiones luce una gorra de béisbol de la Universidad de Texas.
Desde que presentó sus credenciales ante Chávez, en agosto de 2004, Brownfield ha tenido que negar repetidamente las afirmaciones de que el Pentágono se prepara para enviar marines a invadir Venezuela.
A Chávez le resulta conveniente utilizar la idea de la invasión para reforzar sus lazos con Irán y cimentar sus apoyo político dentro de Venezuela.
“Hemos sido socios de Venezuela durante 200 años”, dijo Brownfield en una entrevista. “Es una alianza que sobrevivirá a los momentos de tensión”.
Los desafíos para Brownfield fueron evidentes en una visita a un deteriorado hospital en Barcelona, ciudad cercana a Lechería. Fue a publicitar un programa que lleva médicos estadounidenses para reparar paladares hendidos en niños pobres.
Las familias de más de 90 niños saludaron a Brownfield mientras éste caminaba por el hospital, acompañado de asistentes y cámaras de televisión. Oneida López, de 31 años, tía de un niño de dos años que había sido sometido a la operación, dijo que Brownfield era un “hombre muy generoso”. Pero López dijo admirar más a Chávez.
Ella había viajado ese mismo mes a Barcelona desde Anaco, para ver al Presidente venezolano cuando inauguró una unidad contra el cáncer en el mismo hospital. López dijo haber iniciado labores recientemente como barrendera en una cooperativa, uno de los muchos programas de beneficencia social creados por Chávez.