En el Triad, en el norte de Manhattan, el Presidente George W. Bush pasa el tiempo como un chimpancé, ya que "monito" rima con "tontito". En el Red Room, en East Village, niega rotundamente ser un chimpancé, pero mientras habla se come un plátano.
En el Actor's Playhouse, en Greenwich Village, aunque hay un simio en el reparto, el Presidente, de hecho, no hace nada que lo haga verse como un mono. Él hace un número de baile con Jesucristo.
Sí, en tiempos electorales, las obras teatrales con temas políticos están en todas partes en Nueva York. Algunas son burdas y partidistas, a juzgar por estas escenas de "Bush is Bad", "Dumbya's Rapture" y "Bush Wars", respectivamente. Otras son más sutiles, centradas en problemáticas, en lugar de personalidades. Algunas incluso aspiran a ser obras que uno tal vez soportaría ver dentro de algunos años, cuando el actual gobierno y sus problemas sean parte de los libros de historia.
Asista a suficientes funciones de éstas y verá la facilidad con la que la política -o al menos el teatro político- encaja en alguna de estas categorías:
PRÁCTICA DE PORRISTAS Estas funciones aspiran sólo a atraer a los ya conversos e inducirlos a abuchear o reírse de blancos familiares. Las más típicas en este grupo son las revistas musicales "Bush is Bad", en la que, al final de la función, el elenco sostiene pancartas con sitios en Internet que promueven la destitución del Presidente, y "Bush Wars", que vende en el lobby llaveros de cuenta regresiva, para calcular cuántos días le restan al actual período presidencial. Tales escenificaciones son, quizá, la forma de teatro político más fácil de crear, al reemplazar la ardua labor artística con simple manipulación emocional.
Pero es difícil mantenerlas frescas, ya que los conductores de programas de entrevistas nocturnos explotan el mismo material todas las noches.
CIRUGÍA DENTAL Estas obras tienen una opinión que desean transmitir, y la van a repetir hasta el cansancio, le guste o no a la gente. Por ejemplo, Eric Diamond y su Rough Theater, con "Dumbya's Rapture", quieren hacerle saber que ellos creen que el Presidente y sus asesores son unos incompetentes corruptos.
El problema es que están tan resueltos a transmitirlo con su grosera caricaturización de Bush y otros, que olvidan ser divertidos e ingeniosos. El resultado es una sátira sin sentido del humor, si es que eso es posible.
LA CARNADA FALSA Algunas obras están bien disfrazadas: uno entra a lo que piensa es territorio neutral y de pronto aparecen los tintes políticos. "The Cartells", obra montada por Douglas Carter Beane, aparenta no tener nada más en mente que frivolidades, aunque uno pronto se da cuenta de que hay una subtrama política subversiva, sobre las grandes compañías petroleras, metida entre la historia absurda.
LA BUENA De vez en cuando, se topará con una obra teatral sobre política que vale la pena. La prueba está en el Lucille Lortel Theater, en donde una reposición de "Nixon's Nixon", de Russell Lees, demuestra que esa obra, un diálogo entre Henry Kissinger y Richard Nixon, se mantiene vigente.
Para crear obras que perduren y no den la sensación de ser didácticas, el dramaturgo chileno Ariel Dorfman dijo que la clave, contrario a lo que uno esperaría, es no tratar de decirle al público qué pensar.
"Hay dos especies de este tipo de teatro", explicó. "En la primera, uno conoce la respuesta y quiere dársela a los espectadores y hacer que actúen de una cierta forma. En la segunda, uno de hecho no sabe la respuesta y anda en busca de ella.
"No estoy en contra de movilizar a la gente", agregó, "pero me interesa más movilizar sus dudas, inteligencia e incertidumbre".