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Durán, mezcla de nostalgia y presente

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Wilson Angamarca y Humberto Morocho, ex trabajadores del ferrocarril, observan la vieja locomotora que se ha convertido en un símbolo del cantón Durán, pues aunque actualmente no funciona tienen la esperanza de rehabilitarla.
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Noviembre 05, 2006

Texto y Fotos: Jorge Martillo Monserrate

Los duraneños evocan las épocas en que el ferrocarril era el centro de su economía, del turismo y de sus vidas diarias. Sin embargo, poco a poco van encontrando en otras actividades como la pesca artesanal, el comercio y el turismo nuevos ejes para el renacimiento de un cantón lleno de historia.

"Durán siempre ha sido una ciudad ferroviaria y fluvial. Pero las lanchas no funcionan desde 1992 y hace doce años tampoco el ferrocarril", dice Edwin Villota Arca. Su voz suena nostálgica y oxidada como esas lanchas y locomotoras que convertidas en chatarra pastan en la maleza a la entrada a los talleres de la Empresa de Ferrocarriles Ecuatorianos.

Cuando se llega a Durán se observa aquel cementerio de lanchas, locomotoras y vagones ubicado a orillas del río y a un costado del puente de la Unidad Nacional. Camino hacia los talleres en compañía de Villota -secretario general del comité único de trabajadores ferroviarios de la base de Durán-, Wilson Angamarca y Humberto Morocho se pasa junto a las lanchas Azuay, Chimborazo, Guayas, Pichincha y Tungurahua, que alguna vez unieron fluvialmente a Durán y Guayaquil, y ahora naufragan en el olvido como el ferrocarril.

Frente a la antigua locomotora número once que todavía funciona, ellos cuentan que actualmente en la empresa hay unos 620 trabajadores activos y unos 1.700 jubilados que  no pertenecen  al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, sino que solo reciben la jubilación patronal.

En julio del año anterior, el gobierno, mediante un convenio, trasladó la responsabilidad de rehabilitar el ferrocarril a la mancomunidad ferroviaria conformada por 31 municipios y 9 prefecturas. Angamarca se llena de tristeza porque duda de que lo logren: "Los municipios no tienen la capacidad de gobernar sus jurisdicciones, ni la capacidad económica para una inversión de esa naturaleza", tal vez la única esperanza sea la intervención de alguna empresa privada, cree.

Ahí es cuando, por ejemplo, Humberto Morocho evoca los pueblos por donde solía pasar el tren y  que ahora se han vuelto fantasmas como Rocafuerte, Primavera, Paquita, y más aún Sibambe, casi en la Nariz del Diablo que, sin carretera, "ahora es como un pueblo abandonado de esas películas del oeste".

Tal vez por tanto abandono, para ellos, la tradición y la nostalgia son un alivio. Así, recuerdan que los  antiguos obreros eran jamaiquinos que murieron construyendo las vías de la temida trocha de la Nariz del Diablo. De ellos vienen los actuales Akinson, Brown, Leivis, Quiroz o Sandiford. El resto de personal era de la Sierra y de Durán.

Angamarca, Morocho y Villota descienden de abuelos ferrocarrileros. Por ser dueño de esas raíces tan profundas, a Angamarca le duele que su empresa actualmente no funcione.

El olor del cercano río que crece, elimina ese hedor a óxido y abandono que deambula por esos rieles llenos de maleza.

Un aroma más fresco se respira en el muelle del sector del río Guayas, a un costado del puente. Desde ahí Franklin Preciado parte a sus faenas de pesca. "Con suerte algún pescadito cae en la red", dice, luego hunde el canalete y su canoa se aleja entre un montón de lechuguines.
Junto a esa orilla pasan los buses urbanos hacia el centro de Durán, llamada así porque hacia 1880 era una inmensa hacienda de Carlos Durán. En 1881, el presidente Gabriel García Moreno autorizó la creación del tren, que luego concluyó el general Eloy Alfaro. Funcionó desde 1906.

El domingo es más alegre y bullicioso en el Malecón Central en regeneración. En la acera del frente, de las humeantes pailas de las picanterías Chimborazo, El Barquito, El Rincón Español, El Chanchito de Berthita, escapa el delicioso aroma de la fritada.

Estos negocios levantan pequeñas esculturas gastronómicas y enganchan a los transeúntes con un trocito de  fritada.

"Se trata de adornar el charol para que sea agradable a la vista, porque dicen que la comida entra por los ojos", argumenta José Bravo, dueño de El Chimborazo, negocio que hace 40 años fue de su abuelo en los tiempos de las gabarras, las lanchas, el ferrocarril y las rocolas alegres.

"Para las fiestas de San Jacinto, la gente de Guayaquil venía en lancha,  comía su plato de fritada y se embarcaba en el tren a Yaguachi, esas son las añoranzas de nuestro pueblo", recuerda Amada Chica al despachar platos que cuestan  hasta tres dólares.

Desde ese malecón se observa a la lejana silueta de Guayaquil como a una vecina que habita en la orilla del frente. Sobre la fachada del actual edificio de la Empresa de Ferrocarriles Ecuatorianos se leen unos versos a ese Durán ferroviario que "Se resiste a sucumbir/ porque desea vivir/ perennizando su historia/ de una hazaña que fue gloria/".

Caminando por las calles céntricas de Durán, salen a flote las palabras de Edwin Villota cuando decía que para hacer una avenida amplia la alcaldía sacó las líneas férreas del tramo que salían de la estación hasta el colegio Durán, porque "supuestamente, los alcaldes van a rehabilitar el ferrocarril pero no han puesto ni un riel, ni un clavo de línea".

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