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Noviembre comienza con un día ritual, día de los muertos. El dolor en el mundo es tan grande que una no sabe si llorar por los muertos o por los vivos. Basta dar un paseo por internet u hojear los periódicos para comprobar que el mundo está muy enfermo, sangre, guerras, miserias, la emigración que parte en dos a las familias, el desempleo que es patrimonio nacional, la desesperanza, la voraz rapacidad con que los países grandes devoran a los chicos, la corrupción en las esferas de poder. A una se le figura entonces que los vivos, los vivos pobres de este país me refiero, son como sobrevivientes de la devastación nacional, del cuento de todos los días, de la demagogia oportunista con que se los confunde y se los atrapa porque el hambre carece de principios y de dignidad. Y la ignorancia, ocasionada por la falta de educación, pone a la gente de rodillas. Y todo el caos, todo el tráfago de la vida cotidiana, todas las innumerables agujas con que el hombre común se encuentra todos los días, la lucha permanente por un pedazo de pan, adónde va, adónde desemboca: a esa fantasmal paz de los ausentes, a ese vacío, a esa nada, a esa infinita soledad que hizo exclamar a Bécquer: “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”, e interrogarse: “¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno?”.
Conocí a un señor que trabajaba 16 horas al día, se levantaba a las seis para vender colas por las calles, por las tardes ayudaba en una tienda y muy entrada la noche cuidaba carros. Tenía como único amigo un radio pequeño que lo acompañaba a todas partes, una chompa verde ajada y descosida en las axilas y un racimo de hijos que le daban razón y sentido al despropósito con que mataba su cuerpo. ¿Cuál era su sueño, el ideal secreto que manoseaba en los intersticios libres de sus trabajos? Conocer Quito. Él no soñaba con viajar a Miami, cruzar el charco rumbo a Europa, él solo quería conocer la capital de su país. Y todo por una razón muy sencilla, su madre, “que en paz descanse”, me decía, había sido serrana y siempre le hablaba de montañas y de frío con la nostalgia con que se evoca a un ser amado. Pero nunca le alcanzaba el tiempo, era un correr por aquí y por allá, el aplazamiento constante de un sueño, y la sonrisa dulce, casi resignada, con que obsequiaba a sus “patrones” como llamaba a los clientes a los que cuidaba el carro. Un día, don Pancho no estuvo, se lo habían llevado al hospital por un cáncer. Y no lo volví a ver más. ¿Esa es la vida? Me pregunté. Un afanarse, complicarse, precipitarse en las miles de incertidumbres para después, la nada, la ausencia. Confieso que cada vez que me acuerdo de este hombre algo se me estrangula en la garganta, porque es una metáfora chiquita de lo que nos pasa a todos. Saltamos de una cosa a otra, nos deprimimos, nos alegramos, nos hacemos la vida cuadritos, para después, la nada. ¿Vale la pena una vida sin vivirla? ¿Vale la pena tanta soledad descuadriculada?
Desde la época del neolítico empezó el culto a los muertos, la creencia en una vida en el más allá, el culto mediante túmulos y piedras mágicas que los simbolizaba, la gran fantasía que nos impulsa a aplazar los sueños, las metas, la felicidad en busca de un más allá improbable y remoto. Quizá el homenaje más grande y hermoso a la muerte sea tener el coraje de vivir la vida. Intensa, profundamente y a plenitud.
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