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Parecería que fuimos construidos para la desunión. Para el disenso. Parecería que lo nuestro es la discusión. Es la confrontación. Es la pelea.
El otro está ahí y, por solo ese hecho, merece ser descalificado. Y, si es posible, hasta el oprobio.
Siempre el puño en alto. Siempre la palabra latigueante a flor de lengua. El hombre de la esquina mira mal a su vecino. Y luego, lo zahiere.
El de una región desacredita al de otra. Y luego, lo estigmatiza. Si se conversa es para escucharse a sí mismo. Lo que el otro dice carece de importancia. La refutación cae en el agravio, en el insulto. En la pedrea.
Parecería que la idea está relacionada con el tesón con que se la defiende, aun cuando las bases en que esté sustentada no se enraícen ni en la lógica ni en la realidad.
Reconocer un error suena tan absurdo como realzar una verdad dicha por nuestro interlocutor.
Y así, con la confrontación como bandera, hemos deambulado por la historia en medio de luchas fratricidas, de pugnas regionales, de zancadillas que los más grandes ponen a los más chicos, de escupitajos con que los más chicos se desquitan de los grandes.
Y así nos hemos ido destruyendo: basta que el otro haya hecho algo positivo para que luego vengamos nosotros y digamos que aquello no sirve, por la única razón de que solo nosotros tenemos la razón. Por eso, lo que ha hecho esta nueva generación de diplomáticos escapa de toda lógica conocida en el país: ha practicado el consenso.
Ellos, tan formales, tan atildados, tan encorbatados, desde hace un año se han arremangado la camisa y han comenzado a convocar no a sus adláteres, no a aquellos que son como ellos, sino a otros, esos que ejercen diversas actividades, esos que tienen una ideología diferente, esos que se nutren de otras raíces, para escucharlos y, escuchándolos, reflexionar sobre el país. Y su futuro.
Un país que no comienza con ellos y no se acaba, tampoco, en ellos. Un país que necesariamente tiene que proyectarse, que transformarse, que imbricarse con otros, que convivir con los dos que le rodean y con los muchos que están lejos de sus fronteras. Un país que trasciende a sus gobiernos y que trasciende, también, a las acciones de sus mandatarios.
Un país que necesita repensarse.
El resultado está: es el Plan Nacional de Política Exterior 2006-2020. Es un plan extraído de acuerdos. Un plan esculpido con cinceles variados, pero que modela una obra común, que la pule, que la bruñe. No hay un autor. Son muchos. No hay un grupo. Son muchos. No hay una dirección. Son muchas.
Pero hay un objetivo: el Ecuador. Y un tiempo: el venidero.
Que lean ese plan los dos candidatos finalistas y que hablen sobre él. Y que, entre sillas de ruedas regaladas, invocaciones a Dios, oraciones y promesas, comiencen a decir cómo miran ellos al país a largo plazo.
Y así empiecen a enrumbar su acción con un horizonte anchuroso, con unas miras elevadas, con un llamado para que todos, todos, participemos en el sueño de este país en que soñamos. |