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Hay que apurarse si quiere ver el final de las rarezas

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Diane Falk es una tragaespadas en el Mundo de las Maravillas, el último espectáculo de fenómenos.
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Noviembre 19, 2006

Por CHARLIE LeDUFF | YORK, Pennsylvania

Ward Hall ha realizado lo que bien pudiera ser su máximo truco.

Se levantó de los muertos. Empacó su carpa, localizó al enano, desempolvó los fetos de hule y volvió a la carretera.

Una vez más, es el maestro de ceremonias geriátrico del último espectáculo ambulante de fenómenos en Estados Unidos.

Simplemente no le sentó bien la jubilación. "Vivo en Florida, pero nunca había pasado el verano ahí, y descubrí que es demasiado caluroso", afirma Hall.

Se encuentra de pie, dentro de su casa rodante en un estacionamiento trasero de la Feria de York, en Pennsylvania.

Viste un traje blanco, manchado en los codos y el trasero. La solapa ha perdido algunas lentejuelas.

Su espectáculo de fenómenos, el Mundo de las Maravillas, fue relegado por los organizadores al rincón trasero de los terrenos de la feria, junto a las caballerizas.

"Extrañaba la vida en la carretera de todos modos", comenta. "Extrañaba a mis amigos y extrañaba el dinero. Esto es lo que soy".

Y, al regresar al circuito de ferias estatales de la nación después de toda una temporada fuera, Hall descubrió algo que ya sabía.

Cuando realmente se jubile, una forma de arte estadounidense de antaño llegará a su fin.

Allá en los buenos tiempos, en los 40, 50 y 60, un buen número de personas con deformidades se sentían felices de permitirle a la gente verlos por un precio. Los espectáculos de fenómenos no sólo eran la atracción del carnaval; eran el carnaval.

Pero el espectáculo de fenómenos fue derrotado por el juego mecánico: el Martillo, el Ciclón, el Pulpo. Antes, el carnaval era estrictamente monos bailarines, enanos bailarines y mujeres gordas bailarinas.

"Hoy en día aparece en los contratos: fenómenos no", señala Hall, quien cree que lo políticamente correcto deja a las personas sin empleo. "Los bien intencionados dirigen las cosas. Le digo, esta vida era muy buena para los fenómenos. Esta clase de personas ganaba dinero".

Hall se fugó de su hogar, en Denver, en 1946. Se unió al circo a los quince años, se convirtió en payaso, se dio cuenta que no era chistoso, y se comprometió a una trayectoria en la que le arrojaban cuchillos.

Nunca se casó, nunca tuvo hijos: "Ha sido una bendición. Nunca he tenido esa carga, mi querido señor".

En cambio, ha pasado su vida en la carretera, la mayoría de ella con Chris Christ, de 58 años, su desaliñado socio de negocios que fuma como chimenea, y con Poobah, de 76 años, enano de 1,10 metros de estatura, quien, después de comer 100 antorchas de fuego al día, doce horas diarias, siete días a la semana durante cinco décadas, no tiene ya cejas ni pestañas.

Los tres hombres han recorrido México, Canadá y todo Estados Unidos. Hoy en día viajan juntos en la misma casa rodante, lugar que huele a ancianos y cenizas. "La tecnología también ha matado esta forma de arte", dice Hall.

¿Separar a siameses? "¿No pueden dejar las cosas en paz? Es una lástima. Ya no sé dónde conseguir fenómenos".


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