¿Qué pasa cuando un país con ambiciones imperiales se mete a punta de pistola en los asuntos de otro país distante con el pretexto de llevarle un gobierno iluminado? Sobreviene un desastre.
Y ¿qué pasa cuando el arte responde rápida y críticamente a ese desastre? Se crean las pinturas en “Manet and the Execution of Maximilian” (Manet y la ejecución de Maximiliano), una exposición pequeña y sucinta en el Museo de Arte Moderno (MoMA).
Esta muestra lleva a uno de los grandes vanguardistas subversivos del arte, Édouard Manet, a primer plano: irónico, enfurecido, ambicioso y pintando como Lucifer.
Eso no significa que hay mucho de él en la exposición: ocho pinturas, tres (y un bosquejo en óleo) sobre un solo tema: la muerte ante el pelotón de fusilamiento del Archiduque austriaco Maximiliano en México, en 1867. Pero es suficiente. Las imágenes son electrizantes.
Uno de sus blancos fue el conservador Emperador francés Napoleón III. Napoleón persuadió a Maximiliano, idealista hermano menor del Emperador austriaco Francisco José, para que se convirtiera en Emperador de México, respaldado por el ejército francés.
El nuevo Emperador llegó en 1864 y los monarquistas mexicanos le hicieron creer que sería acogido con entusiasmo. No fue así.
El ejército francés partió. Maximiliano fue arrestado y, junto con dos de sus generales, Miguel Miramón y Tomás Mejía, fue juzgado por traición y sentenciado a muerte. Tenía 35 años. El 19 de junio de 1867, los tres fueron llevados a un claro cerca de un cementerio amurallado y fusilados por un pelotón del ejército mexicano.
Sólo reportes breves llegaron a París, pero Manet inmediatamente empezó a trabajar en la primera de las tres grandes pinturas que realizaría de la ejecución.
Manet comenzó el primer cuadro con fuertes convicciones políticas. Inicialmente imaginó el suceso como algo cercano a una alucinación infernal.
Un grupo de fusileros con sombreros mexicanos llena su centro y apuntan a dos figuras a la izquierda, ambos sin rasgos faciales y medio ocultos por el humo de las armas. La presencia de una tercera víctima es imprecisamente sugerida. Los sombreros mexicanos han sido medio repintados para parecerse a kepis al estilo francés.
¿Quiso Manet alterar el estilo de los sombreros tras enterarse de que los fusileros eran soldados mexicanos, no campesinos, como originalmente creyó? ¿O quiso hacer que el pelotón de fusilamiento pareciera más francés y así apuntar el dedo al verdadero agresor en el trance mexicano?
Finalmente, ¿por qué dejó evidencia de sus decisiones irresueltas a la vista de todos? John Elderfield, curador titular de pintura y escultura en MoMA y organizador de la muestra, sugiere que al conservar marcas de modificación, Manet declaró su interés en reinventar el género anticuado de la pintura histórica, al convertirla en un arte de realidades mutables e imprevisibles.
Después de unos meses empezó una nueva obra con las mismas figuras, aunque con los soldados vestidos con uniformes elegantes y los rasgos faciales pintados.
Tras la muerte de Manet, en 1883, su hijo cortó esa pintura en cuatro pedazos. Los fragmentos fueron unidos en un solo lienzo por la Galería Nacional en Londres, y esa versión está en MoMA.
La tercera versión, iniciada en 1868, es la última y más grande de las pinturas de tamaño natural. Manet ha conservado su inicial composición alucinante y agregó detalles: Mejía, de piel morena, recibe la primera ráfaga del fuego de los rifles, Maximiliano luce estoico y con barba rubia; Miramón tiene aspecto de ídolo de matiné.