En sus 18 años como diseñadora e ilustradora en American Greetings Corporation, en Cleveland, Ohio, el cubículo de Lynn Gaines ha pasado por varias renovaciones: durante unos cuantos años fue un jardín, hasta con un arco de hiedra falsa, rosas de seda rosas y luces centellantes.
El mes pasado optó por lo retro, al adornar el arco con un fleco de los colores del arcoiris y discos de plástico de colores que reflejan la luz.
“Es una extensión de quien eres”, manifestó Gaines sobre su espacio de trabajo. La compañía donde trabaja, explicó, fomenta la personalización del espacio de oficina entre sus 2.200 empleados (entre los que se cuentan diseñadores de tarjetas de felicitación, papel para envolver regalos y artículos para fiestas) para alentar la creatividad y productividad.
American Greetings aparentemente se cuenta entre la minoría. Un sondeo de 640 oficinistas de todo Estados Unidos, aplicado por Steelcase, fabricante de muebles para oficina, y Opinion Research, dado a conocer en agosto, mostró que sólo 40 por ciento de las compañías estadounidenses alientan a los empleados a personalizar su espacio de trabajo. Esa cifra era del 56 por ciento hace una década.
Los trabajadores de oficina captan la indirecta: sólo el 59 por ciento respondió que personaliza su espacio de trabajo, comparado con el 85 por ciento en 1996.
Los empleados contestaron que no quieren molestar a sus colegas con quienes comparten espacio de oficina, no tienen espacio suficiente o permanente o no quieren parecer poco profesionales.
A veces, el asunto está fuera de sus manos. The Hearst Corporation, coloso de los medios, propietario de Cosmopolitan, Harper’s Bazaar y Country Living, entre otras revistas, limita los objetos personales y fotos vacacionales en la nueva Hearst Tower, diseñada por Norman Foster, en la Octava Avenida, en Manhattan.
David Masello, editor de artículos en Country Living, indica que su pequeño cubículo tiene menos espacio para “cosas que me dan comodidad e inspiración”.
En Calvin Klein, la estética minimalista de la compañía prevalece sobre el estilo de los empleados. En julio de 2004, los ejecutivos decretaron que no se podía tener a la vista fotografías, recuerdos, juguetes, premios, plantas ni flores, a menos que fueran blancas.
Incluso fotos personales pueden ser un anatema. Tras el nacimiento de su segundo hijo, Kelly K. Welter, quien trabajó para una firma de contabilidad en Salem, Oregon, tuvo que deshacerse de la foto de bebé de su hijo mayor para colocar una imagen de sus hijos juntos, ya que su patrón permitía sólo una foto personal por escritorio.
“Me dijeron que la oficina tenía que ser extremadamente profesional, ya que estaba a la vista de clientes”, recordó Welter. Ella aún mantiene sencillas las cosas.
Tras trabajar durante más de una década en entornos estrictamente regulados, dijo que tiene pocos artículos personales a la vista, aunque actualmente trabaja desde una oficina en su casa de Las Vegas. “Quedó tan arraigado en mí”, dijo Welter.