El domingo, día de descanso familiar, en la comisaría de la Mujer y la Familia de turno se relatan repetidas historias de agresiones físicas y verbales, cuyos protagonistas son parientes o parejas que alguna vez se amaron y se respetaron.
Las mujeres llegaban golpeadas, desesperadas, llorosas y en compañía de algún familiar a la Comisaría 2ª de la Mujer y la Familia, que estaba de turno el segundo domingo de este mes. “Violencia hay todos los días, aunque más los fines de semana”, dice José Macías, abogado que trabaja en esa dependencia desde hace nueve años.
Entre las 23 denuncias que se recibieron ese día estaba la de Toty J., guayaquileña de 41 años y madre de tres hijos (de 15, 13 y 6 años). Después de 16 años de agresiones psicológicas y físicas, decidió separarse definitivamente del marido, portador de sida desde hace siete años.
Ha sido agredida por negarse a tener relaciones sexuales. Ahora, con apoyo de su familia desea iniciar una nueva vida y luchar por recuperar a sus hijos que están bajo el cuidado de parientes del padre.
También llegó la guayaquileña Jennifer M., de 22 años, casada hace tres y madre de dos hijas (2 años y 2 meses). Demandó a su esposo por serle infiel y golpearla cuando estuvo embarazada.
Días atrás abandonó la casa de sus suegros y ante las amenazas que recibe de su ex pareja solicita una boleta de auxilio. Es menudita, frágil, pero con firmeza y dolor expresa: “Yo no quiero saber nada de él, ha sido verdad que el amor se muere”.
Ese domingo hay otros casos que se denunciaron y que permiten constatar cómo en algunas familias no se cumple aquello de “hogar dulce hogar”.
Uno de ellos ocurrió el sábado 11 de noviembre, en el suburbio oeste. A las 18:00, el esposo de Jéssica, de 29 años, llega borracho. Exige que le lave unas medias, ella se niega a hacerlo en ese momento. Él la insulta y le pega. Un puñetazo rompe su ceja, otros impactan en el resto de su cara, la amenaza de muerte.
“En otras ocasiones he sido golpeada, siempre que está borracho, y al día siguiente se levanta como si nada, dice que no se acuerda y pide que lo perdone: ‘Si Dios perdona, ¿por qué tú no lo vas a hacer?’”. Jéssica está harta y pide a la Comisaria: “Que se vaya de la casa y me deje vivir tranquila, que haga de cuenta que nunca me conoció”.
Otro caso que se denunció aquel día sucedió en la Alborada, el sábado. A las 21:00 llega el hermano de Manuela a casa de los padres de ambos, la acusa de rayar su carro. Ella tiene 28 años y es madre soltera de un niño de 2 años. Su hermano la insulta por ser “la vergüenza de la familia”. La golpea, intenta ahorcarla y la amenaza con meterla presa para que la violen. Cuando su otro hermano (abogado) va en busca de la Policía, el agresor a pedido de su madre huye de la casa.
“No es la primera vez, todo comenzó porque cometí el error de salir embarazada estando soltera; por mis padres no lo he denunciado antes, pero ya no soporto más”, dice Manuela.
También Carla, de 19 años, acudió a la comisaría y relató su historia. A las 03:00 del domingo, en la cdla. Martha de Roldós, luego de una reunión familiar, la joven acuesta a su hija de 2 años. Al rato la niña se despierta y su conviviente ordena que la atienda, ella pide que lo haga él. Eso lo molesta, la insulta, se lanza encima y la muele a golpes. “Siempre he sido maltratada física y psicológicamente delante de mi hijita y de su familia, porque vivimos en la casa de sus padres”, anota.
Además cuenta que él siempre ha sido irresponsable. “Solo me dejaba dinero para medio comer”. Hace ocho meses lo denunció por maltrato, él prometió cambiar, pero eso duró poco.
Ahora Carla, que acudió al mediodía a la Comisaría con una manta que medio oculta su cara, solicita a la funcionaria que le ayude a alejarlo de ella. “Que me deje vivir tranquila con mi hija”, dice, mientras a ratos se descubre el rostro que parece haber sido aporreado por un boxeador.
El abogado Francisco Mármol, secretario de la Comisaría, refiere que en la agresión intrafamiliar no hay distinción social, de edad, de credo o grado cultural. Recuerda que en una ocasión un ciego de la tercera edad fue denunciado por su esposa y se defendía diciendo: “Yo no veo, cómo voy a agredirla”, pero la esposa explicaba: “Él no ve, pero sí oye, así que cuando escucha que paso me ataca con el bastón”.