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Simón Romero | Opinión Internacional
Correa, término medio en la izquierda
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Entre afirmaciones de admiración por el sistema político estadounidense y el Partido Demócrata de Estados Unidos, Correa agregó que los inversionistas pueden confiar en que “seguirá estrictamente el imperio de la ley”.

Las paredes de la oficina de Rafael Correa, el economista que será el próximo Presidente de este país exportador de petróleo, están decoradas con fotografías de líderes de izquierda de América Latina a los que admira, incluidos Hugo Chávez, de Venezuela, y Evo Morales, de Bolivia.

Sin embargo, cuando Correa empieza a hablar de sus ideas, en sucesión rápida intercalada con digresiones en inglés, francés e incluso una frase ocasional en quichua, transmite una imagen más sofisticada que los nacionalistas que han llegado al poder en otras partes de la región, surgidos de las fuerzas armadas o de los sindicatos.

“La inversión extranjera que genera riqueza y empleos, y paga impuestos siempre será bienvenida”, dijo Correa, de 43 años, en una entrevista realizada en esta ciudad en la que habló como el poseedor de posgrados en dos universidades de Estados Unidos y Bélgica. (Universidad de Illinois y Universidad Católica, de Leuven, donde conoció a su esposa belga, Anne Malherbe).

Entre afirmaciones de admiración por el sistema político estadounidense y el Partido Demócrata de Estados Unidos, Correa agregó que los inversionistas pueden confiar en que “seguirá estrictamente el imperio de la ley”.

No obstante, los mercados no le dedicaron mucho tiempo a descifrar cómo es el verdadero Correa. Los escépticos especuladores de Nueva York y Londres iniciaron el lunes la venta de bonos ecuatorianos a medida que aumentaban las dudas de que sí cumpliría su promesa de renegociar la deuda externa de 10,4 mil millones de dólares.

Correa además parece dispuesto a impulsar propuestas populares, como limitar la influencia estadounidense al no renovar un acuerdo que expira en 2009 y que permite que el ejército estadounidense opere desde una base en la costa del Pacífico.

En cierto sentido, el ascenso de Correa señala cuán variada y persistente se ha vuelto la oleada izquierdista en América Latina. Obtuvo el 68%   de la votación del domingo en comparación con el 32% de su oponente Álvaro Noboa. (Datos al contabilizarse la mitad de los votos).

Correa, ex ministro de Finanzas, usa trajes hechos a la medida y platica sobre economistas norteamericanos como John Kenneth Galbraith que han influido en él. No obstante, ante las multitudes, habla en contra del gobierno de Bush y del Fondo Monetario Internacional.

Tales tendencias contradictorias hacen que cualquier juicio apresurado sobre Correa sea prematuro, en particular ahora que recién se abre paso en el mundo inestable de la política ecuatoriana, donde el Congreso puede desbancar presidentes impopulares con facilidad.

Correa, que compitió para ser el octavo presidente de Ecuador en 10 años, pareció dispuesto a moderar su discurso y quizá también sus ideas, luego de que quedó detrás de Noboa, un magnate del banano.

Noboa lo describió como el posible causante de un caos económico; entonces, Correa se acercó a las cámaras de Comercio y a Linda Jewell, la embajadora estadounidense. Redujo sus referencias a una propuesta que polarizó el país de convocar una asamblea que elabore una Constitución que le permita disolver el Congreso.

Luego de perder la primera ronda frente a Noboa, también se volvió más ágil en la aplicación de nuevas tecnologías electorales usadas en Estados Unidos. Por ejemplo, en el último mes, hizo que sus partidarios publiquen las metidas de pata de Noboa en el sitio YouTube en la red. Aun cuando esas imágenes llegaron a pocos ecuatorianos, generaron una cascada de comentarios, sobre todo, en el electorado joven, que permitieron que Correa pasara por encima de los medios informativos que dudaron en criticar explícitamente a Noboa, el hombre más rico de Ecuador que cuenta con una fortuna de 1,2 mil millones de dólares.

Falta ver si la flexibilidad en su campaña fue solo una maniobra táctica o el reflejo de un nuevo tipo de líder de izquierda en la región. Aun si los mercados no estuvieron dispuestos a darle a Correa el beneficio de la duda, otros sí lo hicieron. “Si su campaña es algún indicio, veremos un Correa que será más flexible y pragmático que dogmático”, dijo Hugo Barber, director de Datanálisis, una empresa que hace análisis políticos.

Barber dijo que espera que Correa surja como un izquierdista moderado, más en la línea del presidente Néstor Kirchner, de Argentina, que en la retórica socialista y militarista de Chávez.

Correa ha dicho que buscará vínculos más fuertes con Venezuela, pero a diferencia de Bolivia o Nicaragua, no necesita la ayuda de Chávez en este momento. “Correa va a ser un amigo, no un cliente de Chávez”, dijo Michael Shifter, un analista de Diálogo Interamericano, un instituto político con sede en Washington, que estuvo en Quito en las elecciones.

Correa heredará una economía que se beneficia de los precios altos del petróleo, de más impuestos a las compañías petroleras y de que el Estado haya retomado el control de la concesión que mantenía Occidental Petroleum of Los Ángeles, el mayor inversionista en el país hasta ese momento. Estos factores han hecho que los ingresos por el petróleo se incrementen en mil millones de dólares este año, según Fitch Ratings, empresa de indicadores crediticios. Claro está que esta dependencia en el petróleo expone a Ecuador a una quiebra si bajan drásticamente los precios. Ya han bajado casi 20% con relación a mediados de año.

Eso es lo que hace que algunas de las ideas de Correa, como reingresar a la OPEP, fortalecer la compañía estatal Petroecuador o renegociar la deuda externa, sean inquietantes para algunos analistas en esta ciudad. Se supone que Ecuador debería recordar las penurias, dicen, de auges petroleros anteriores. El país abandonó la OPEP a principios de los años noventa. Desde entonces, su dependencia de gasolina importada aumentó por deficiencias en la capacidad de refinar el crudo.

Correa tendrá la oposición del recalcitrante Congreso, que refleja, más o menos imperfectamente, un país cuya inestabilidad ha provocado la emigración a Estados Unidos y Europa de dos millones de ecuatorianos.

“Cualquier gobierno tendrá dificultades para conciliar las demandas de un sector que se moviliza, acostumbrado al éxito que se consigue con la presión, y que está impaciente por ver resultados”, dice Kenneth Maxwell, catedrático de Historia Latinoamericana en Harvard.

The New York Times News Service

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