Estos locales impulsaron la sana diversión de los porteños y fomentaron el arte musical.
Un establecimiento pionero de este tipo de negocios, donde amigos, figuras del quehacer cultural, amantes del arte musical y hasta familias enteras solían acudir para conversar, cantar y divertirse -especialmente los fines de semanas o por cumpleaños u onomásticos- fue la Peña Rincón Folclórico que abrió sus puertas el 19 de noviembre de 1976 en Malecón 208 y Juan Montalvo, al norte de la ciudad y cerca del barrio Las Peñas.
Allí, los asiduos concurrentes, entre los que también constaron estudiantes universitarios, oficinistas, profesores, entre otros, disfrutaron de shows con artistas ecuatorianos y extranjeros. Tal fue la acogida del público a las novedades de este local que su propietario y administrador establecieron con buen acierto los llamados Miércoles Culturales, Jueves de Regalos y Viernes y Sábados Latinoamericanos, que transcurrieron de las 22:00 a 04:00.
Incluso en más de una ocasión los niños gozaron del espacio Peña Infantil, programado los sábados de 15:00 a 18:00. En este lapso los pequeños escucharon música adecuada para su edad y siguieron las actuaciones de cantantes y grupos folclóricos; aún más, ellos mismos participaron con números de bailes y cantos en un medio sano y cordial al que se sumaron sus padres y mayores acompañantes.
Otros lugares
Gracias al éxito que alcanzó la Peña Rincón Folclórico surgieron otros de similar servicio en distintos sectores de la ciudad. Así, Martín Fierro (cdla. Bolivariana), La Casa del Cantor (Juan Montalvo y Escobedo), Hanga Roa (Tulcán y Primero de Mayo), Peña del Deseo (Eloy Alfaro y Portete), El Balcón (Policentro), Albohemio (cdla. Alborada), Trovador (Malecón y Colón) y El Zorzal (Pedro Pablo Gómez y Seis de Marzo).
También fueron parte del auge de las peñas en las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado La Vasija de Barro (av. de las Américas), Che Carioca (Urdesa), El Corsario (Los Ríos y Piedrahíta), A mis amigos (centro comercial Olímpico), Solar de Sancho Panza (Urdesa), Scape (cdla. La Garzota) y Amparo Guillén Club (av. de las Américas), entre otras como Carlín, Bali-Hai y La Ratonera.
Hubo peñas que atendieron por varios años, pero desaparecieron definitivamente por la novedad de las discotecas. Para no quedarse sin clientes algunas cambiaron y se anunciaron como salsa-discoteca, disco-peña, boite-peña y peña-piano-barra. Las pocas que todavía existen no olvidan los shows de medianoche y las promociones por el día del amor, de la madre y más fechas especiales.
No puede hacerse un recuento de las peñas si no se mencionan a los artistas que actuaron en ellas. Por lo tanto, bien vale poner en la memoria las decenas de solistas, dúos, grupos de música popular y folclórica, cómicos y showman que regocijaron a los concurrentes de aquellos centros, que en la actualidad son pocos.
Recordemos a los cantantes Otto Ferrer, Tito del Salto, Mariel Córdoba, Johnny Vargas, Fernando Gómez, Enrique Vargas, Teresa Franco, Germaín Chiriboga, Luis del Mar, Ketty Pazmiño, Marcia Casanova, Hugo Henríquez, Rones, Rosalinda Cisneros, Edhison, Michael, Héctor Jaramillo, Marco Vinicio, Gino Danilo, Amado Terán, Hugo Bury, Wilson Omar, Kenny Joel, Ronnes, Milciades, Francisco Cantilo, Peggy, Maribel Ríos y Maité, a quienes la audiencia aplaudió e hizo coro cuando interpretaron pasillos, baladas, boleros y más temas.
Artistas de especiales actuaciones en las peñas porteñas fueron, igualmente, Gonzalo Castro, Terry Álvarez, William Sánchez, Héctor Jaramillo, Irma Aráuz, César Augusto, Jorge Haramuniz, Honorio Santistevan, Marielisa, dúo Dinastía y por supuesto Otto Ferrer, que popularizó el vals Mercedita. Qué decir de los conjuntos Wankara, Los Cuatro del Altiplano, Tancahuán, Chumichasqui, Los Caminantes Latinos, junto con los cómicos y showman Poncho Soto, Fernando Magoo, Los Morisquetos, Mimo Cava, Julio Beymer, entre otros que escapan de la lista.
Esto es un breve recuento de esa romántica etapa en que los guayaquileños acudieron en pos de arte y esparcimiento a las populares peñas, que hoy avivan la añoranza cuando en reuniones familiares e institucionales aparece alguien que deseoso de atenuar la fatiga del baile o la conversación aburrida atina a decir: ¡Hagamos peña!, en franca alusión al rato de diversión que caracterizó a los establecimientos que rememoramos esta vez.