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Aquella célebre frase de que a los grandes hombres se los conoce en las derrotas, más que en las victorias, se ha consolidado a lo largo de la historia.
Ya en nuestra historia republicana, hemos podido apreciar la confirmación de cómo los grandes hombres sobresalen precisamente en aquellos momentos en que la suerte y el destino les es adverso.
Yo le agregaría que los grandes hombres no solo brillan en las derrotas, sino que además se fortalecen y engrandecen cuando les ha tocado “morder el polvo”.
A Eloy Alfaro Delgado lo llamaban sarcásticamente sus adversarios “el General de las derrotas”. Y en realidad el despectivo sobrenombre no era tirado de los cabellos, si consideramos la cantidad de ocasiones en que regresó derrotado del campo de batalla.
Pero ese “perdedor” lideraría la más grande revolución de nuestra historia, y en aquellos tiempos, del continente americano. Su legado, aún lo acariciamos, en cuanto a libertades y progresos que nuestra entonces joven nación experimentó. Lamentablemente los mismos de siempre, o sus ancestros, en todo caso, se encargaron de liquidar al ser humano, olvidando que su pensamiento ya era inmortal y que vive cada día con más fuerza en nuestras mentes y corazones.
He querido hacer este preámbulo para que usted, amigo lector, luego de los resultados electorales del pasado domingo, note la altura del derrotado que, con el riesgo de incendiar la patria, hasta el día de hoy cuestiona los resultados. Digo con el riesgo de incendiar la patria, porque, afortunadamente, la amplísima ventaja del Presidente electo no ha dejado tela de duda de la voluntad popular. Porque de haberse producido un resultado apretado, hubiese podido ocurrir cualquier cosa, peor aún si consideramos que la gran mayoría de las trincas políticas enquistadas en los órganos electorales lo respaldaron hasta el final. Al fin y al cabo, lo único decisivo era ganar, no importa cómo ni a qué costo.
Y al otro lado de la orilla, en la de los grandes hombres, en la de quienes luego de la victoria desaparecen, se escabullen de las tarimas y vuelven a la paz de su hogar, a la sencillez de su vida, al deleite inconmensurable de leer un buen libro, o de compartir una tertulia con gente querida, se encuentra este incansable defensor de la democracia, de la libertad de prensa, de la libertad de expresión.
Este profundo caballero que jamás ha sucumbido ante la amenaza de las chequeras corruptas, ni de los dueños circunstanciales del poder político, y que por el contrario, rejuvenece aceleradamente a medida que las presiones son mayores, a pesar de encontrarse en la tarde de su vida, asumió un reto muy alto; se “mojó el poncho” por la patria.
En lugar de mirar los toros desde lejos, arriesgó su prestigio, la credibilidad de su medio, su fortuna personal e incluso su integridad física y la de su familia, para que los televidentes ecuatorianos pudieran conocer de verdad a los dos candidatos; para que conozcan el pasado de cada uno de ellos, las virtudes y defectos y en tal conocimiento, decidan a quién darle el voto.
Gracias Xavier, por recordarnos que la inteligencia y la solvencia moral prevalecen por sobre los acaudalados recursos de imperios mediáticos o bananeros. A usted, mi respeto y admiración. |