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El Palacio de Cristal

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Diciembre 01, 2006

Columnista, BBC Mundo | Miguel Molina

Cuando el último de los trapecistas hizo la última pirueta bajo el cielo helado de la noche la multitud guardó silencio.

A lo lejos, en lo oscuro, uno podía adivinar los ires y los venires de la gente que llenaba una parte del parque, y salivaba con olores de cebollas y carnes asadas.

En eso estábamos cuando se oyó música de Handel y un silbido rasgó la penumbra y se convirtió en chispa, en miles de chispas que iluminaron a la multitud y al parque y lo poco que le quedaba al miércoles.

Uno ve los fuegos artificiales con el mismo asombro que el hombre primitivo sentía al ver las llamas en los primeros fogones.

Después de todo, no es común que uno alce la vista y se le llenen los ojos de luces azules, flores blancas, reflejos verdes, maravillas rojas que duran un instante para no volver a repetirse.

Y a las siete y quince de la noche, sin duda como pasó hace setenta años, el Palacio de Cristal, Crystal Palace, volvió a arder frente a los ojos de la muchedumbre.

Un palacio para un imperio

Al príncipe Alberto, esposo de la reina Victoria, se le ocurrió organizar una exhibición que maravillara al mundo con lo mejor del ingenio británico, y ordenó que se construyera un edifico digno de tal muestra.

El Palacio de Cristal era una estructura de vigas de acero con trescientas mil hojas de cristal que diseñó sir Joseph Paxton para la Gran Exhibición de 1851 y mostró al mundo la industria del Imperio Británico bajo el reinado de Victoria.

Fue un éxito.

Alguien calculó que para ver las exhibiciones de materia prima, maquinaria, manufacturas y bellas artes, quién sabe cuántas, se necesitaban más de doscientas horas, y cientos de miles de personas pagaron el chelín que costaba la entrada a ese mundo mágico.

Pero la atracción de la feria era el Palacio de Cristal, una impresionante estructura de más de seiscientos metros de largo por casi ciento cuarenta de ancho en Hyde Park, en el centro del Londres victoriano.

En octubre de 1851, cuando terminó la Feria y las cosas volvieron a ser como eran antes, Paxton propuso que el palacio se desarmara como estaba previsto y se reconstruyera en lo que entonces era Penge Place Estate, un parque de Sydenham, que es donde vivo.

La reconstrucción del edificio, que seguía siendo maravilloso, terminó en 1854. Once mil chorros de agua bailaron en sus fuentes el día que lo reinaguró la reina Victoria, y cada año asombraba a dos millones de visitantes, tres personas por minuto.

Y un lunes de 1936, cuando el Palacio de Cristal había dejado de asombrar a los londinenses, que tarde o temprano se acostumbran a las maravillas, Henry Buckland y su hija Crystal paseaban al perro en el parque.

La historia no registra quién de los tres notó primero el olor a quemado, las llamas que crecieron hasta abrasarlo todo ya en la madrugada ante los ojos de cuatro brigadas de bomberos, más de setecientos policías y el mundo moderno.

Silencio y memoria

El espacio de esta columna no alcanzaría para contar la historia de este edificio portentoso.

Puedo decir que una tarde fuimos a la Galería de Retratos de Dulwich y vimos sin decir palabra la muda película que registró el incendio.

Cuando vamos al parque vemos los restos del Palacio de Cristal. Una escalera grande, muros que se extienden de un lado del horizonte al otro, el silencio.

Aunque esa noche de miércoles el parque se llenó de estruendos y de gente y de luces que querían ser estrellas, y de olor a cebolla y pólvora y salchicha.

Eso y la multitud hicieron que uno pensara que el fin del imperio en el primer incendio y el ocaso de una potencia en el segundo son la misma cosa, marcada por el fuego y su contemplación.

Es un ritual nocturno del que no se puede apartar la vista ni se puede ya borrar de la memoria. Después nos fuimos a la casa.


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