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Uno de los dictadores que más ha marcado la historia de América Latina en el siglo XX falleció, irónicamente, el día que se conmemora, universalmente, la vigencia de los derechos humanos, mientras que otro, emblemático también por el irrespeto a esos derechos, sigue vivo, aunque en su lecho de enfermo pelea duramente con la muerte.
Pinochet y Castro son temas polémicos, sus figuras generan controversias, pero nadie que se respete como ser humano puede justificar los abusos del régimen pinochetista en Chile ni los del gobierno castrista en Cuba, con su secuela de hombres y mujeres fusilados o eliminados, desaparecidos, torturados, expatriados, exiliados y algunas cosas más.
Ya habrá tiempo para opinar con más extensión sobre la dictadura cubana, pero el deceso de Pinochet obliga a decir que América Latina no debe permitir jamás que se repitan gobiernos de esa calaña aunque su predecesor, en este caso Allende, hubiera estado llevando a su país a un desastre económico y al desmoronamiento de varias de sus instituciones representativas. Nada justifica el asesinato de una persona, menos todavía si las causas que mueven al dedo que acciona el gatillo del fusil o la pistola son exclusivamente políticas.
Siempre se dice que el bienestar actual de una parte importante de la sociedad chilena –aunque sin duda sigue existiendo pobreza y enormes diferencias entre los ingresos de la población– se debe al gobierno de la dictadura que sentó las bases para el despegue de su economía que hoy se pone de ejemplo en Latinoamérica, pero qué duda cabe de que los logros en ese rubro quedan opacados y disminuidos por el irrespeto a los derechos humanos que caracterizó a ese régimen, causando traumas y heridas, algunas de las cuales no podrán cicatrizar jamás.
Pinochet no aceptaba –y así lo dijo en una de sus últimas entrevistas– que en su régimen desapareció la democracia –como Castro tampoco lo acepta– porque la peculiar visión de los dictadores les impide percibir la realidad, pero aquella afirmación suya tan conocida de que en Chile no se movía una hoja sin que él lo supiera, da la tónica de lo que fue su gobierno, más totalitario que autoritario con instituciones funcionando bajo el control omnipresente de la dictadura.
Lo nuevo en esta historia es la confirmación documental –según papeles recién desclasificados– de que Estados Unidos apoyó el golpe de Estado de Pinochet, y que Nixon puso a disposición de su equipo en la CIA varios millones de dólares para terminar con el mandato de Allende, a fin de tener otro gobierno latinoamericano bajo su control, observando una conducta similar a la que ejercieron con muchos dictadores, como cuando un altísimo funcionario estadounidense, en su momento, dijo de Somoza, presidente de Nicaragua, “es un h. de p. pero es nuestro h. de p.”. Así se mira a América Latina desde el Norte, y todo lo dicho debe hacernos meditar acerca de la necesidad imperiosa de preservar siempre la democracia, con independencia pero sin aventuras. |