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Para todos es conocido que Estados Unidos no es precisamente “generoso” a la hora de determinar el camino que deben seguir sus políticas internacionales, con base en sus objetivos estratégicos. El recuerdo vigente de las ingratas derivaciones intervencionistas que tuvo para Latinoamérica la “Doctrina Monroe” es un buen ejemplo de ello. Lo que actualmente está sucediendo con las Atpdea (siglas en inglés de las preferencias arancelarias andinas) puede ser catalogado como otro de esos ejemplos.
Concedidas unilateralmente, y con vigencia jurídica hasta finales de este año, esas preferencias arancelarias se enmarcan y son compensaciones comerciales al esfuerzo político y económico que hace el Ecuador en la lucha antidroga, en la que participa activamente, pero de la que no es el principal protagonista.
Alguna visión retrógrada podría pensar que el nuevo gobierno recientemente elegido tendría algún grado de responsabilidad por este potencial problema, pero esa sería una lectura incompleta y poco certera del asunto. Si bien es cierto el gobierno electo ha dicho con lógica que se rehusará a firmar el TLC, apresuradamente negociado y con serias asimetrías todavía no subsanadas (agricultura, propiedad intelectual), también es verdad que el Ecuador, con todos sus problemas, ha seguido colaborando en esta lucha y permitiendo el uso de sus facilidades como la Base de Manta, para coadyuvar al esfuerzo de los norteamericanos.
Lo que sucede es que, dada la gran diferencia de recursos y medios que existe entre ambos países, la estrategia de Estados Unidos ha sido casi siempre meter todos sus intereses en una sola canasta, y sancionarnos drásticamente si fallamos en satisfacer acaso solo uno de esos intereses. Y eso se reconoce como una intención de fomentar la dependencia nuestra hacia ese país.
Tanto el fenómeno de la globalización, como su expresión comercial concreta que son los TLC, deben ser tratados con pinzas para que la libertad y voluptuosidad consumista que esos acuerdos generan, no se transformen en una “Patente de Corso” de la que se valen estados fuertes y poderosos para ubicar sus excedentes de producción, poniendo en peligro nuestra frágil economía local.
La miopía de cierto sector republicano estadounidense consiste en no ver que podemos ser socios a largo plazo, respetuosa y dignamente. Con las respectivas distancias de tiempo y circunstancias, cometen el mismo error que cometieron cuando se produjo la revolución cubana en 1959, y arrinconaron políticamente a la Isla, mientras que tuvieron una actitud mucho más condescendiente con los líderes de la revolución mexicana de 1910, pese a que esta última fue ciertamente más antiyanqui que la anterior.
Actualmente, en América Latina, hay un escenario de izquierda interesante, pero no exento de riesgos. Las declaraciones del recientemente reelecto Hugo Chávez, con su preocupante alusión a la formación de un partido único (y las deformaciones autoritarias que eso implica) deben ser una alerta clara para Estados Unidos de que no sería apropiado presionar y dejar con pocas opciones a los países latinos como el nuestro, que simplemente aspiramos a vivir en progreso y paz, pero con dignidad.
*Abogado y profesor universitario |