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La economía requiere de circunstancias de entorno para funcionar correctamente. Mentales, culturales, institucionales sin las cuales mucho de lo que se decide se queda en el ámbito vaporoso de las palabras.
Hay que acordar qué reglas del juego son aceptables y cuáles son rechazadas. Por ejemplo, ¿es la ley un instrumento que se decide en procesos sensatos y luego todos acatan, o simplemente se acatan cuando uno quiere o le conviene? (tanto en el ámbito de las grandes acciones públicas como en la vida diaria). Hay países donde las leyes (salvo inmorales) se respetan, y si a uno no le gusta, pelea para que sean modificadas (pero no hace lo nuestro: “como no me sirve, no la aplico”). Por ejemplo, queremos una sociedad donde cada uno responde por sus actos buenos o malos, o una sociedad donde el Gobierno nos protege constantemente (también se aplica a los grandes negocios del Estado como en nuestras acciones diarias). Es decir, queremos una sociedad orientada a la protección y la dádiva, o un conjunto de ciudadanos a los que se les da los instrumentos (y la responsabilidad) para caminar.
El tema de los instrumentos y las oportunidades es esencial. En una sociedad tan dañada y distorsionada por años de corrupción, intervencionismo, grupos de interés manipuladores (privados y públicos) y acciones estatales que sustentan a esos grupos, es fundamental reencontrar el rol de la sociedad frente a los que más han sido perjudicados, lo que implica dos vertientes. Por un lado, ir liberando esas trabas y esos resquicios (boquetes) de aprovechamiento al margen de la ley, competencia y responsabilidad, lo cual implica cambios legales pero sobre todo en los diseños institucionales (hacia más apertura competitiva) y en las estructuras mentales (hay que identificar al enemigo para vencerlo). Por otro lado, requiere de una vigorosa intervención de la sociedad para ampliar los instrumentos y oportunidades de los más pobres, a través de acciones básicas sobre todo en educación y salud (una persona que las tiene en grado aceptable ya puede asumir responsabilidades y sacar adelante su extraordinaria esencia). Digo “intervención de la sociedad” y no solo “del Gobierno”, porque se pueden y se deben diseñar diversos mecanismos que permitan alcanzar este objetivo que debe ser una absoluta prioridad nacional (por ejemplo, en educación puede intervenir el Gobierno con nuestros impuestos, o mejor aún, el Gobierno puede dejar que con nuestros impuestos apoyemos directamente a la educación de los más pobres). Pero esto requiere de una posición mental de unos para entender que el Gobierno no es el único que puede ayudar a los más pobres, y de los más privilegiados que eso no es una dádiva, sino una obligación par construir una mejor sociedad.
No dividir al país en “buenos y malos”. “Aquí los míos y el pueblo, allá, los otros que son los ricos corruptos”. O al revés, “aquí los vivos con los que aprovechamos, allá el resto de tontos”. No hay nada peor que esas visiones divisionistas. Y desgraciadamente hay fermento de eso en el país. |