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| Un domingo en las sietes canchas |
Ganándole al estrés en un club de deporte popular |
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| Dos de las siete canchas se dedican a la práctica de ecuavoley, que se realiza con mayor frecuencia los domingos. Algunos jugadores esperan su turno dentro del campeonato. | | |
| Enero 21, 2007
Texto y Fotos: Jorge Martillo Monserrate
Los fines de semana, cientos de deportistas se concentran en el complejo deportivo conocido como las Siete Canchas para practicar fútbol o ecuavoley y liberarse del estrés diario. A diario organizan campeonatos, y, en diciembre, se citan ahí para repartir las canastas navideñas y quemar el año viejo.
Todos los días -especialmente los fines de semana y feriados- a partir de las ocho de la mañana, las Siete Canchas, en el kilómetro seis y medio de la vía a la costa, se convierte en el más popular y concurrido club social y deportivo de Guayaquil. Ahí no es necesario ser socio, tener membresía o pagar entrada, solo las ganas de jugar indorfútbol o ecuavoley.
Los más antiguos usuarios afirman que las canchas funcionan desde hace unos 25 años, pero estaban invadidas por el monte, la calle de acceso no estaba asfaltada y en invierno se enlodaba. El sector estaba rodeado por fábricas viejas y canteras.
Desde hace unos dos años, según los visitantes, ha alcanzado auge después de ser regeneradas por el Municipio y formar parte del llamado Parque Lineal de la Avenida del Bombero. Sin embargo, aún no se han construido los tan necesarios servicios higiénicos para los deportistas.
Los domingos asisten diversos grupos en varios horarios, desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche. Llegan desde Bastión Popular, Mapasingue, Las Orquídeas, Martha de Roldós, los Guasmos, suburbio oeste y barriadas céntricas, a bordo de buses urbanos, camionetas fletadas o vehículos propios.
Traen sus vestimentas deportivas o juegan descamisados. Son de todas las edades, en su mayoría hombres, los domingos por la tarde acuden grupos familiares integrados por padres, madres, hijos y hasta nietos.
Entre semana, por las noches, llegan empleados de oficinas que juegan hasta cerca de la una de la mañana. Allí organizan campeonatos internos de indorfútbol y voleibol. Las Siete Canchas sirven de sede social de empleados que en diciembre reciben ahí, bajo el amplio cielo, sus canastas navideñas y el 31 de diciembre queman monigotes.
"Esto es como un club social y deportivo de todos, algunos vienen a hacer deporte acompañados de sus familiares. El único vicio aquí es con la pelota", manifiesta el manabita Jorge Zevallos, quien hace 23 años llegó a pelotear a estas canchas y terminó instalando un pequeño negocio.
A la sombra de un árbol vende agua, colas, jugos, quaker y naranjas heladas, a más de cervezas. A pocos metros, María, a quien llaman "la madrina", inquieta a los peloteros con el olor del pescado frito o la guatita. Ellos recobran sus fuerzas con sus deliciosos potajes criollos.
Genaro Contreras, policía metropolitano del sitio, cuenta que ahí también juegan indor alumnas de colegios, "porque se sienten seguras por el resguardo policial, además aquí nunca hay problemas porque a todos lo que les interesa es el deporte".
En dos de las siete canchas se practica ecuavoley. En una de ellas, el riobambeño Luis Castro, de 57 años, ayuda a colocar la red. Él y su grupo, en su mayoría comerciantes, van los domingos de tres a seis de la tarde. "Venir aquí me sirve para quitarme el estrés y todos los males de la semana, ¿para qué más?", dice mientras se une al resto de su misma edad y algunos más jóvenes que son los hijos de sus compañeros de deporte. Pero el deporte más practicado es el indorfútbol. A la caza de las diversas canchas están grupos barriales y compañeros de trabajo.
Los empleados de Expalsa, compañía exportadora de alimentos, cada mes organizan campeonatos relámpagos -de un solo día- participan un mínimo de ocho equipos de diez jugadores y entregan trofeos de recuerdo al campeón, vicecampeón y goleador. Participan entre 100 a 150 personas, todos compañeros de trabajo. "Nos gustan estas canchas porque es un complejo deportivo sin fines de lucro, no cobran entrada ni nada, entonces venimos a hacer deporte y a pasar un domingo con los compañeros", manifiesta Roberto Martínez, organizador del campeonato desde el 2005.
Más informal es el grupo de empleados de las bodegas de almacenes Tía que los domingos a las diez de la mañana juegan pelota. "Al que se nos para, le armamos nuestro cinco -equipo- y le jugamos", comenta Juan Carlos Palma mientras bebe cerveza helada después de jugar ocho partidos, ganar seis y perder dos.
"Con el dinero de la ganancia es que refrescamos", dicen Carlos Palma, Carlos Solórzano, Carlos Tomalá, José Anastacio, Milton Cruz, José Chamba y Luis Duarte, que están allí hasta las dos de la tarde, más o menos porque acostumbran a almorzar allí con sus familias y descansar para trabajar al día siguiente.
Los domingos los peloteros se reúnen en torno a una bola de indor que salta y late como el corazón mismo de Guayaquil. En las Siete Canchas se quedan hasta cuando el sol del final de la tarde tiña sus cuerpos sudorosos con colores dorados y rojos.
Niños, muchachos y adultos corren tras la pelota de índor o en las canchas de ecuavoley, en ese club deportivo exclusivo de los socios de la alegría porteña.
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