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Edición del DOMINGO 21 de Enero del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Un viaje fuera de serie, cabalgando en Mongolia
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Los camellos de Mongolia transportando carga.
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Texto y Fotos: Richard Lewington especial para La Revista

Un gran viajero y amante de tierras lejanas, Richard Lewington, fue embajador de Gran Bretaña en Ecuador hasta hace pocas semanas. Este es su recuento de una travesía que  pocos privilegiados han podido relatar.

Para mí el viaje de Mongolia fue una peregrinación, un retorno a mi primera asignatura diplomática hace 34 años. Quería ver cómo había cambiado especialmente desde el colapso del apoyo económico vital otorgado por los soviéticos que sostuvo al país por 50 años. Desde el Ecuador tuve que dar media vuelta al mundo para llegar allá. Lo mismo tuvieron que hacer otros cuatro de nuestro grupo que llegaron de Nueva Zelanda. Esta vez me pareció más natural integrarme a los jinetes de Mongolia en vez de los caminantes.

Después de todo Mongolia tiene que ver con gente a caballo, porque así forjaron el imperio terrestre más grande que el mundo haya conocido. De tal manera que una semana antes de partir tomé un curso intensivo de equitación en una academia ubicada en la línea ecuatorial. Allí el caballo era muy distinto a los resistentes ponis mongoles y a los arreos improvisados con los que nos recibieron el primer día de excursión en las montañas Altai.

En tierras de Mongolia los jinetes estaban bien secundados por un equipo logístico. Esto incluía a Aruna, la cocinera, y su hijo, quienes viajaban en un camión que había pertenecido al ejercito soviético que trepaba toda montaña, cruzaba cualquier riachuelo y donde preparaban de forma inspirada una comida nutritiva.

De entrada le regalé una toalla con motivos de las islas Galápagos a la espera de recibir porciones más sustanciosas. Le expliqué la teoría de la evolución de Darwin y le dije que la toalla era para secar los platos. "Jamás", dijo ella mientras la introducía en su maletín. Batlaa, el encargado de los caballos, murmuraba sobre el mal clima que se avecinaba luego de oler sospechosamente el aire matinal. Philippa Arding era nuestra acompañante del tour Far Frontiers (Fronteras lejanas). 

Bazraa era el guía de la agencia de viajes local, un mongol joven, inteligente y moderno, que sin embargo conserva su amor por la campiña. Comía desaforadamente al estilo mongol mientras conversaba a torrentes sobre la historia de Mongolia, su estilo de vida, lenguaje y costumbres. Por último, nuestros vaqueros equinos tuvin eran liderados por Nemochir.

Con sus caras quemadas color caoba debido a los constantes ventarrones y el ardiente sol, nos ayudaban a montar al caballo, eran nuestros guías y después nos ayudaban a bajar sin hacernos sentir inútiles al final del camino.

Los vaqueros mongoles pasan muchas horas solos sobre el caballo con solo un perro de compañía. Consecuentemente siempre cantan solitarios. Si nos acercábamos lentamente a los tuvin durante la cabalgata podíamos escucharlos arrullándose en voz baja.

Si las cosas estaban saliendo bien era posible convencer a Nemochir para que cante el famoso "Kho-Mi" mongol, que es una especie de gruñido a dos tonos. Sale desde el diafragma en combinación con un silbido alto proveniente de la garganta.

Gran país, poca gente
A pesar de su tamaño Mongolia es uno de los países con menos densidad poblacional del mundo. Al término de la Unión Soviética, la inversión extranjera se ha concentrado en el sector minero. El crecimiento económico de los tigres asiáticos y el enorme incremento en la economía de la vecina China han estimulado la demanda de minerales y recursos en general.

El estilo de vida tradicional de pastoreo de ganado se está transformando y va asomando una sociedad urbana. El desarrollo económico está creando una política dirigida hacia un tercer vecino, desarrollando relaciones e intereses más allá de sus vecinos inmediatos, Rusia y China.

El embajador británico en Ulan Baatar dice que Mongolia actualmente es en realidad dos sitios. Ulan Baatar como estado-ciudad y luego todo el resto. A lo largo de "todo el resto" la gente continúa viviendo la vida nómada tradicional. Viven en tiendas de campaña de fieltro llamadas gers, son dependientes y responsables de sus rebaños de ovejas, chivos, yaks, camellos, vacas y caballos.

Conviven con la naturaleza y están más afines al ir y venir de las estaciones de lo que cualquier otra sociedad de Occidente.

Aimag, provincia de Bayan Ulgiy (cuna bella), es el hogar de pocos mongoles étnicos pero es predominantemente kazakh con unas pocas minorías como los tuvin o los uriankhai.

El modo de vida de un pastor es básicamente el mismo sea kazakh, mongol o tuvin.

Pero así como en Europa hay una clara diferencia entre la arquitectura de una casa francesa, de una casa británica o alemana, de la misma forma la tienda de un pastor y su familia difiere internamente de acuerdo con su raza. Es esto y el estilo de su ropa lo que define, en gran medida, las diferencias entre ellos.

Los kazakh mongoles también tienen diferentes características faciales. Son dueños de rostros anchos y ojos redondeados, a veces azules o verdes, mientras que los mongoles tienen piel cetrina y ojos orientales.

Descubrí de entrada que el ruso que me había sido útil en la embajada en los años setenta estaba ahora obsoleto. Los mongoles han descartado el ruso como "lingua franca" junto con muchas otras cosas del periodo soviético.

Los mongoles jóvenes tales como los Bazraa nunca lo han aprendido. Y a pesar de que Rusia queda al otro lado de las montañas Altai en esta remota esquina del país todo el mundo habla kazzakh, salpicado con ciertas palabras mongoles.

Conocer y escoger nuestros ponis el primer día de la cabalgata marcó un momento crucialmente decisivo. No sé que habrán estado pensando mis colegas pero yo buscaba desesperadamente un poni con cara amistosa (¿acaso las tienen los caballos?), una bestia que pareciera dócil pero que estuviese a la altura del desafío de nuestra aventura, una vez que sintiera la presión de mis talones.

No buscaba campeones de hipódromo pero tampoco quería el paseo en burro de mi niñez. Me fue bien. Fue una elección correcta, a pesar que Bajargar ("fuerte y feliz", como bauticé a mi poni) me dejó algo descalabrado, cabalgando con él a paso mediano los primeros días. Debo haberme creído John Wayne.

La otra decisión crucial fue la elección de la montura, después de todo viviríamos en ella en los próximos días. Ablandé la mía con una gruesa piel de oveja que le había prestado a un chagra ecuatoriano, la semana anterior, en el parque nacional del Cotopaxi.

Salvó mi trasero de las llagas durante el día y me protegió del frío en mi saco de dormir durante la noche. Junto con mis guantes acolchonados que he tenido por años, le regalé la piel de oveja a uno de nuestros acompañantes al final de la cabalgata.

Peregrinos en las llanuras
Nuestros días en ponis eran rutinarios, sin embargo, nunca fueron aburridos. Saliendo a rastras del saco de dormir al amanecer, todo cambiaba luego del primer arreo.

Mientras nos alejábamos del campamento, los dolores de espalda desaparecían conforme el cielo azul, los horizontes lejanos y el aire fresco de la mañana funcionaban con toda su magia. Privados de la dieta urbana de radio, tv, internet y periódicos, nos adaptamos a la antigua y simple costumbre de conversar y compartir.

Al igual que los peregrinos de los cuentos de Canterbury, los miembros del grupo pasábamos horas conociéndonos mutuamente. Con la presencia de un doctor, un juez, una viuda, un agricultor, un diplomático y un americano, el parecido con los cuentos de Chaucer iba más allá de lo superficial. Los diálogos se alternaban constantemente y siempre eran secundados en la retaguardia por nuestros vaqueros tuvin.

Cabalgamos a veces a paso lento, otras al trote o a un paso más suave para proteger la entrepierna, pero esto asustaba al jinete principiante. Parecía que siempre acelerábamos la marcha al divisar a distancia el camión de comida. Hasta nuestros ponis se apuraban, en una carrera para llegar primero a la taza de té, a un asiento cómodo, al colchón más grueso o al mejor lugar para armar la carpa.

Siempre había algo de competencia de nuestros kiwis, pues les gustaba colarse subrepticiamente en el último tramo.

Íbamos en grupos separados y en el nuestro tuvimos una suerte increíble con el clima. De las conversaciones nocturnas en teléfono satelital entre Philippa y Nick, su esposo, que estaba con la otra comitiva, nos daba la impresión de que estaban batallando en forma heroica con la lluvia y vientos huracanados. El clima en Mongolia es tan impredecible y cambiante.

El primer día, mientras nos deteníamos para almorzar en picnic, una tormenta de viento se alzó de la nada y cubrió nuestros sándwiches de salami con una capa de polvo.

Los primeros días fueron candentes y tanto la altitud como un aire libre de contaminación significaban que el sol estaba tremendamente fuerte.

En adelante estuvo más fresco, pero la lluvia cayó una mañana, cuando estábamos a punto de levantar el campamento. En vez de seguir nos quedamos jugando scrabble y naipes. Batlaa preparó una ducha caliente al lado del camión y varios de nosotros nos duchamos en la lluvia. Las noches eran otro cuento. Igual que en mis días infantiles como boy scout, todos nos vestíamos para acostarnos a dormir, colocándonos en forma ritualística la mayor cantidad de ropa posible.

Mis anotaciones en el diario confirman el tremendo frío cada noche del tour. Esto ocurría en julio/agosto cuando en Europa todo el mundo está echado sobre una playa mediterránea.

Sin embargo, aún eso tuvo su consuelo. A una edad en la que no es posible ignorar los llamados nocturnos de la naturaleza, para mí, el esfuerzo de salir del saco de dormir y quitarme la ropa siempre fue recompensado con el grandioso espectáculo de contemplar un cielo estrellado.

El ciclo de Mongolia
En el Ecuador podría reconocer unas cuantas estrellas y constelaciones. Pero contemplar el cielo nocturno en Mongolia fue como reunirme con amigos de infancia, al distinguir de inmediato las maravillas estrelladas del universo.

La Vía Láctea parecía estar lo suficientemente cerca como para tocarla. En la primera noche una estrella fugaz trazó una estela en el firmamento pero desapareció al instante. Me pareció intrigante estar acostado boca arriba con la cabeza por afuera de la tienda de campaña observando modernos satélites mientras cruzaban el cielo nocturno.

Si los satélites eran la única evidencia del hombre del siglo XX, las variadas escrituras en las rocas que vimos al comienzo, así como las tolas fúnebres de los turkiks al lado de los cuales pasamos, una vez que llegamos a los valles habitados cerca de los lagos Altai, nos recordaban que las tribus nómadas han estado presentes en las estepas y montañas del Asia central desde el comienzo del tiempo.

Ivice, alces, ovejas y algo que semejaba a un lanudo mamut se encontraban grabados en superficies lisas de rocas convertidas en glaciares. Al contrario de nosotros que estábamos aquí de pasada, el hombre antiguo debe haber vivido en estos lugares altos y remotos lo suficiente para haber impreso su marca en la eternidad.

Un juego relacionado con la petrográfica fue localizado cerca de un paso montañoso. Vimos el primero de muchos montones de piedras llamados ovoo construidos laboriosamente a través de los siglos roca por roca a medida que cada viajero de paso o algún nómada añadía su propia contribución.  Las piedras estaban entrecruzadas con ramas muertas de árboles. ¿De dónde vinieron a este panorama sin árboles?

Además había tiras de seda azul. El azul es un color sagrado para los mongoles quizás porque empata con el del cielo que los cubre la mayor parte del año.

Nuestro líder ecuestre Nemochir desmontó, rezó en voz muy baja al viento y salpicó gotas de kumiss (leche fermentada de una yegua) que alcanzó  de su del (un mameluco de lana o seda perfecto para un jinete con una faja de seda amarilla entrelazada).

Luego lo acompañamos a dar tres vueltas al montón de piedras siguiendo la dirección del reloj. El del es la vestimenta usual o común del nómada mongol. En una época se usaba comúnmente aun en Ulan Baatar.

Sin embargo, hoy en día los jeans y gorras de béisbol han tomado su lugar por lo menos entre los habitantes citadinos.

Vestigios
Las tumbas turkikas que pasamos eran igualmente intrigantes. Muchas tenían piedras de granito. La mayor parte estaban marcadas por cuadrados geométricos o círculos de piedras y a todos se les acercaba una línea recta de piedras esparcidas a través de las estepas, muchas de las que vimos estaban en parejas. ¿Eran estas de grandes Khan y sus esposas? No lo sé a ciencia cierta.

Sin embargo, en un panorama que es vasto y sobrecogedor, estas tumbas y grabados en roca constituyen unas de las pocas señales que atestiguan la presencia humana. Se puede especular que el contraste de la inmensidad del paisaje con el interminable cielo azul convierte al ger en íntimo y casero. El ger o yurt en ruso, es la carpa redonda de fieltro que, con ciertas variaciones étnicas, es universalmente utilizada por pastores y nómadas a través de toda el Asia Central. Tuvimos varias oportunidades para entrar en carpas kazakh y tuvin.

Su gente
Allí nos topamos cara a cara con la hospitalidad tradicional del Asia Central. Los más pequeños se escondían atrás de la falda de la madre. La mayor de las hijas recibía órdenes de avivar el fuego con estiércol reseco en una estufa de lata que ardía con asombrosa rapidez y nos calentaba, mientras la madre preparaba tsootei tsai, té de leche con té oscuro de Georgia y, a veces, con sal y mantequilla.

Era sorprendentemente agradable para tomar y muy refrescante luego de una extensa mañana a caballo. Esto se complementaba con varios tipos de queso entre los cuales están los maduros amarillos, duros como un ladrillo, subrepticiamente introducidos al bolsillo para consumo posterior o un requesón suave y aun una crema espesa y amarilla.

Calor hogareño
Todo esto era servido con pedazos de pan frito. Una o dos veces nos ofrecieron arkhi, vodka de Mongolia destilado de Kumiss, es extremadamente nutritivo y rico. En una ocasión fuimos invitados a entrar por un noble señor-pastor kazakh llamado Sanbold.

Era una figura descomunal, tipo Falstaff,  a todas luces era el gran jefe de su casta. 

Tenía cabeza grande de cara roja, con una gorrita musulmana y vestía enormes botas de cuero. Cantó para nosotros en un barítono profundo; tocó su dombra, un instrumento musical compuesto de dos cuerdas provenientes del pelo de la crin de un caballo; se puso su mejor mulgai (sombrero con forro de piel de zorro) y alineó a su prole para fotografiarse con nosotros.

Todo esto después de que su diminuta esposa se quitara el delantal y se arreglara el pelo. Les entregamos nuestros pequeños y modestos regalos: eran lápices, plumas, postales y dulces.

Esto era algo muy diferente a la enorme cortesía de esta familia. De acuerdo con lo convencional los regalos debían ser entregados al jefe de casa para su posterior distribución. Sin embargo, la curiosidad pudo más con muchos de los niños que, sin necesidad de que alguien los anime se acercaron por turnos para recibir un regalo.

Un niño tenía un buzo que decía "Yo trepé la Gran Muralla". James Williams, el neozelandés que nos acompañaba, le dio un anillo fosforescente a una niña muy bonita de trenzas anudadas con seda roja. Con orgullo, como quien le muestra un anillo de compromiso a sus amigas, nos mostró a todos el suyo. Notamos que muchas de las mujeres más jóvenes y hasta las niñas tenían esmalte de uñas y así me propuse recordarme de solicitar a Far Frontiers que añadan esto a la lista de regalos útiles para llevar a futuras expediciones.

Una yurt kazakh tiene una forma diferente a un ger mongol: es más pequeña pero más alta y está intensamente decorada con alfombras de pared, mientras que el ger está profusamente pintado de colores vivos. No había evidencias o señales del islam.

El lugar preferencial en el yurt estaba ocupado por fotos de familia, de hijos en uniforme del ejército o certificados de capacidad como pastor, la mayor parte de los yurt que vimos tenían un disco satelital grande por fuera de televisión pagada -44 canales nos dijeron- y un pequeño pero importante panel solar chino para su energía eléctrica.

Sin excepción todas las familias encendían el único foco que tenían cuando entrábamos a sus casas. Era imposible dejar de reflexionar que estábamos acampando por una noche mientras que esta gente tiene que acampar 365 días de año.

Encuentros inesperados
Aun en los lugares más remotos los kazakhs o los tuvin aparecían cuando menos se los esperaba. Una mañana nos topamos con dos señoras tuvin sentadas entre unas rocas cogiendo grosellas rojas. Habían viajado mil millas desde Darkhan, al norte de Mongolia, para pasar el verano corto con sus familias y transcurrían sus días recogiendo grosellas rojas. La señora mayor era amistosa, con ojos grises y manos nudosas. Nos permitió mirar su anillo de plata y aretes hechos de algún tipo de piedra verde.

El catálogo de Far Frontiers nos aseguró de un encuentro con los cazadores del águila kazakh, una costumbre no compartida con los mongoles, sin embargo, siendo verano cualquier kazakh sensato estaría recogiendo heno, abasteciéndose para los largos meses de invierno a las puertas.

Nunca se les ocurría cazar marmotas con las águilas. Teníamos sin embargo un premio consolación al regreso de Bayan Ulgiy al final de la excursión.

Cuando pasamos un grupo de yurts desaliñados vimos un par de águilas amarradas a unos postes. Pesan hasta 20 libras. Nos detuvimos y, por unos pocos dólares americanos, nos dieron una demostración en el manejo de águilas. Son unos pájaros magníficos -aun con sus cabezas cubiertas y sus patas amarradas-.

Nos despedimos de nuestros vaqueros tuvin en la orilla del lago Khorgon. Tenían por delante una cabalgata de dos días a sus pastizales de verano al pie del glaciar Potanin. Por fin libres de las monturas y sus ocupantes los ponis se revolcaban extasiados.

Cuando se alejaban cabalgando, los tuvin se volteaban sobre sus caballos para despedirse a lo lejos. Había sido un privilegio compartir su estilo de vida, aunque haya sido brevemente.


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