Fútbol alucinante, velocidad de vértigo, amor a la camiseta, prodigios técnicos, derroche físico. Y pujanza, y coraje, y goles. Brasil regó el campo de clase, Uruguay lo inundó con su sangre. Al cabo fue Brasil 3-Uruguay 1. ¡Qué sublime expresión de fútbol!
Estamos en Asunción, acaso la más colonial de las capitales de América del Sur, convocados por el Sudamericano Sub 20. Solo por este partido valió la pena haber venido. Si la columna hubiese aparecido ayer, como estaba pautada, hubiésemos hablado de un Uruguay macizo, vencedor, casi campeón, y de un Brasil decepcionante y ordinario. Decidimos esperar la importante jornada que se disputaba en el tradicional Defensores del Chaco. En 90 minutos las sensaciones mutaron radicalmente. Sin cinco de sus titulares -suspendidos- la patria de Pelé y Garrincha dio crédito a aquella afirmación de Perogrullo que dice "Brasil es Brasil". Y fue.
Y Uruguay. ¿Cómo decir que se fue perdedor.? ¿Cómo afirmarlo cuando dejó la vida en cada jugada? "Siempre puse el alma entera. de cualquier manera. soportando afrentas. y al final de cuentas. me quedé sin fe". La celeste podría interpretar el tango Tarde, calza justo.
Calor de horno; los muchachos de Brasil afrontaban su séptimo partido en 17 días, los orientales en uno menos. Mas, no pararon un instante de correr, de saltar, de empujar, de patear, de jugar. Todo ante marcaciones estrictas. Este es el fútbol de hoy. Porque todo cambia, también el juego. Quien no sepa desenvolverse en este torbellino queda a un lado. La fase final ha revertido la abulia de la primera ronda. Compiten los seis mejores a nivel de juveniles.
Escribimos casi emocionados del fútbol que vimos. En este deporte, el nivel de técnica lo marca el grado de oposición. Cuando se juega a tanta velocidad, cuando el juego es tan dinámico y el rival aprieta hasta asfixiar es muy difícil pensar, parece imposible el lucimiento, se dificulta la precisión. No obstante, brasileños y uruguayos lo lograron. Y no fueron los únicos. Hay que ver lo que juegan los chilenos. Y el fervor de los paraguayos.
Están, claro, los eternos cultores del negativismo. "No se ven grandes talentos", dicen. "Es posible -responde Ramón Martínez, observador español- pero de aquí salen mínimo veinte para Europa, eh." Y ya se fue el primero: el colombiano Juan Pablo Pino. Udinese pagó 2 millones de dólares por el 50 por ciento de su ficha. El cartagenero juega para el Pino Fútbol Club (es excesivamente individualista), pero posee una gambeta endemoniada y un misilazo.
Y hay cuatro o cinco uruguayos que cruzarán el Atlántico en pocos días (el goleador Cavani, el medio Román, el zaguero Cáceres, el lateral Suárez), y el brasileño Lucas, una versión renovada de Falcao, o sea un centromedio de categoría y con afán ofensivo.
Uno tiene destino de grande: Alexandre Pato, el chico del Inter de Porto Alegre. Llegó aquí con 17 años, dando casi tres de ventaja a los demás, pero la clase no tiene edad. Se le advierte futuro de luminaria. Hay en él un coctel de aptitudes: remate, cabezazo, velocidad, fantasía, gol. Solo debe desarrollarse físicamente. Pero eso se consigue.
Párrafo final para un desconcepto reglamentario. Ocurrió en el partido Colombia 2-Ecuador 1. En el minuto final, Yimmy Bermúdez le entra fuerte al gigantesco Felipe Caicedo. El juez permite que atienda a este en el campo y cuando ya está bien, lo obliga a salir. Caicedo queda fuera de la última posibilidad de empatar, del último centro. El victimario es autorizado a jugar, la víctima no. Se premia al bando infractor: que juegue con uno más.
Juan Daniel Cardellino, miembro de la Comisión de Árbitros de la Conmebol, amplía el tema. "Podría llegar a ser peor: supongamos que la falta fue dentro del área; es penal. Y que el encargado de los penales fuera Caicedo. No podría ejecutarlo".
Tema para el Internacional Board.