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El fútbol transforma vidas en un pueblo

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Enero 28, 2007

Por WARREN ST. JOHN | CLARKSTON, Georgia

Refugiados hallan esperanza y problemas en una cancha

A principios del verano pasado, el alcalde de Clarkston, pequeño pueblo al este de Atlanta, emitió un decreto: no más fútbol en el Parque Milam.

"Ahí no habrá nada más que béisbol y fútbol americano mientras yo sea alcalde", dijo Lee Swaney, respecto al parque del pueblo. "Esos campos no fueron hechos para el fútbol".

El fútbol significa algo diferente en Clark-ston que en la mayoría de los pueblos de Estados Unidos. Hasta el 50 por ciento de los residentes es refugiado de algún país del mundo azotado por la guerra.

Instalados por agencias de relocalización en un pueblo que alguna vez fue en su mayoría de raza blanca, reciben 90 días de asistencia del gobierno y luego se les deja para que se las arreglen solos. El fútbol es su juego.

Para muchos que llevan años viviendo allí, el fútbol es señal de un cambio indeseado, tan desconocido y amenazador como los hijabs que visten las musulmanas del pueblo. No es fútbol americano y no es béisbol. El alcalde Swaney hasta tiene un nombre para las personas que lo juegan: la "gente del fútbol".

En medio de todo ello está un programa de fútbol para niños llamado Fugees, abreviación de "refugees", refugiados en inglés. Todos los Fugees son refugiados, de los rincones con más problemas: Afganistán, Bosnia, Burundi, Congo, Gambia, Iraq, Kosovo, Liberia, Somalia y Sudán.

Algunos han pasado penurias inimaginables para llegar a Estados Unidos: condiciones inmundas en campos de refugiados o que los separaran de sus hermanos y padres. Uno vio mientras mataban a su padre en su hogar.

Los Fugees, de entre nueve y 17 años, juegan en tres equipos divididos por edades. Son niños con pasados terribles que intentan congraciarse con extraños en un lugar muy diferente y, en ocasiones, hostil.

Pero como lo reveló una temporada con el más joven de los tres equipos, también es una historia acerca de los desafíos a los que se enfrentan los refugiados que buscan establecerse en Estados Unidos.

Más de 900 mil han ingresado a Estados Unidos desde 1993 y su presencia parece sacar a relucir lo mejor de algunas personas y lo peor de otras.

Luma Mufleh, entrenadora de los Fugees, ejemplifica lo mejor. Es una mujer que ofreció sus servicios como voluntaria y dedica tanto tiempo a ayudar a que las familias de sus jugadores construyan vidas nuevas como el que dedica a entrenar fútbol.

En el otro extremo están algunos residentes del pueblo, que se oponen a los jugadores y hasta a los padres de los jugadores.

Nueva diversidad

Al alcalde le gusta decir que Clarkson era, hasta que los refugiados comenzaron a llegar, "simplemente un pueblito aletargado junto a las vías del tren".

Desde entonces, el poblado de 7.100 habitantes se ha convertido en una de las comunidades más diversas de Estados Unidos.

La Escuela Clarkston ahora tiene estudiantes de más de 50 países. La mezquita local atrae a más de 800 personas a las oraciones del viernes. Hay un templo hindú y congregaciones de cristianos vietnamitas, sudaneses y liberianos.

La transformación comenzó a fines de los años 80, cuando agencias de relocalización decidieron que Clarkston era el sitio perfecto para que los refugiados iniciaran una nueva vida. Tenía una abundancia de departamentos baratos, desocupados por gente blanca de clase media que se fue a suburbios más acomodados. Tenía transporte público y estaba a poca distancia de la próspera economía de Atlanta.

Al principio, los refugiados llegaron tan lentamente que los residentes apenas lo notaron. Pero a medida que se dio a conocer el estatus idóneo de Clarkston, más agencias comenzaron a colocar ahí a refugiados.

De 1996 a 2001, más de 19 mil refugiados de todo el mundo se establecieron en Georgia, para consternación de muchos residentes.

Muchos de éstos simplemente se mudaron. Otros se quedaron, pero con resentimiento.

Hubo acontecimientos que reforzaron los temores de que Clarkston se volvía inseguro: un niño sudanés mentalmente enfermo decapitó a su primo, de cinco años, en su departamento en Clarkston; un incendio en un departamento hacinado cobró las vidas de cuatro niños liberianos refugiados.

En una asamblea ciudadana, en 2003, convocada para fomentar el entendimiento entre refugiados y residentes, la primera pregunta fue: "¿Qué podemos hacer para evitar que lleguen refugiados a Clarkston?".

Entrenadora e inmigrante

Luma Mufleh, de 31 años, dice haber nacido para entrenar. Creció en Amán, Jordania, en una familia occidentalizada, y asistió a una escuela para estadounidenses, europeos y unos cuantos jordanos adinerados. Ahí, las niñas musulmanas podían jugar deportes como los niños, y se permitía que hubiera mujeres entrenadoras.

Su mentora fue una entrenadora estadounidense de vóleibol, quien exigía lealtad y compromiso extremos.

Mufleh asistió a la universidad en Estados Unidos y, tras graduarse, se mudó a Atlanta. Pronto obtuvo su primer empleo como entrenadora, en el que dirigía a un equipo local de fútbol para niñas.

En la cancha, Mufleh emulaba a su entrenadora de vóleibol en Jordania, un enfoque que los padres estadounidenses no siempre aprobaban. Cuando le ordenó a sus jugadoras que entrenaran descalzas, para obtener una mejor sensación del balón de fútbol, la madre de una jugadora se opuso, al decir que su hija podría lastimarse los dedos de los pies. "Así es como dirijo mi práctica", le dijo Mufleh. "Si no va a hacerlo, no va a jugar".

Cuando Mufleh se enteró de la creciente comunidad de refugiados en Clarkston, sugirió fundar un programa de fútbol. La Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA) ofreció donar uniformes y equipo.

Así que en el verano de 2004, Mufleh hizo volantes en árabe, inglés, francés y vietnamita que anunciaban pruebas y las distribuyó alrededor de los complejos de departamentos donde vivían los refugiados.

Para una entrenadora con la esperanza de crear un programa de fútbol en Clarkston, el mayor desafío era encontrar jugadores. Una tarde de junio, se presentaron 23 niños para las pruebas.

Desde el principio, los jugadores se mostraron recelosos. Una iglesia local ofreció un programa gratuito de básquetbol para niños refugiados, en gran parte para disfrazar su labor misionera.

Otros dudaban que una mujer pudiera entrenar fútbol. "Es una mujer, no sabe de qué habla", alcanzó a oír Mufleh que decía un niño sudanés en una de las primeras prácticas.

Le ordenó que se parara en la portería. Mientras el equipo observaba, le lanzó un tiro directamente al niño, quien se tiró para apartarse del camino. "¿Alguien más?", preguntó.

Su vínculo: un pasado brutal

Jeremiah Ziaty, uno de esos primeros jugadores, es un miembro típico de los Fugees.

En 1997, en medio de los catorce años de guerra civil de Liberia, los rebeldes dirigidos por Charles Taylor se aparecieron una noche en la casa de los Ziaty, en Monrovia, Liberia. El padre de Jeremiah era empleado en una oficina de nóminas del gobierno. Los rebeldes pensaban que tenía dinero. Cuando se enteraron que no lo tenía, lo mataron.

Beatrice Ziaty, madre de Jeremiah, tomó a sus hijos y huyó por la puerta trasera. Los Ziaty se abrieron paso por el campo durante una semana hasta que llegaron a un campamento de refugiados, en Costa de Marfil. Ahí vivieron en una choza de barro y hurgaban entre los desechos en busca de comida. Después de cinco años en el campamento, Beatrice Ziaty se enteró de que su familia había sido aceptada para ser relocalizada a Clarkston, poblado del que nunca había oído hablar.

El traslado de los Ziaty siguió un guión conocido. La familia recibió un préstamo de 3.016 dólares para comprar boletos de avión a Estados Unidos, que pagaron en tres años. Después de un viaje de dos días desde Abidjan, Costa de Marfil, fueron recibidos en Atlanta por una trabajadora social del Comité de Rescate Internacional, organización de relocalización asignada a su caso. Ella los llevó a un apartamento en Clarkston donde la despensa había sido surtida productos enlatados.

La trabajadora asignada al caso ayudó a Beatrice Ziaty a encontrar empleo como camarera en el Hotel Ritz-Carlton en la opulenta sección Buckhead de Atlanta, que requería un recorrido de una hora en bus. Mientras caminaba a casa de la parada del bus después de su primer día de trabajo, Ziaty fue asaltada y le robaron su cartera.

Aterrada por su nuevo entorno, Ziaty le dijo a su hijo, Jeremiah, que nunca saliera de la casa. Como cualquier niño de ocho años, Jeremiah se resistió. Quería, en especial, jugar fútbol. Se había enterado por amigos en el barrio de las pruebas de selección para los Fugees.

"Cuando me dijo: 'Mamá, voy a jugar', le dije que era demasiado pequeño, que no saliera de la casa", recordó Ziaty, "y él se ponía a llorar".

Ziaty cedió cuando conoció a Mufleh, quien le prometió cuidar a su hijo.

Eso fue hace tres años. A los once años, Jeremiah es un líder de los Fugees menores de trece años.

Otros miembros de los Fugees también tienen historias desgarradoras. La familia musulmana de Qendrim Bushi huyó de Kosovo cuando los soldados serbios incendiaron la tienda de abarrotes de su padre y amenazaron con matarlos. El tío de Eldin Subasic fue baleado en Bosnia. Etcétera.

Los Fugees, en opinión de Mufleh, compartían algo intenso, pues conocían el trauma, el miedo y la soledad del recién llegado. Éste era su vínculo.

"Para poder lograr que un grupo trabaje junto y que sea eficaz en conjunto, tienes que encontrar el denominador común", dijo Mufleh. "La experiencia del refugiado es muy poderosa".

Como mujer jordana en el sur de Estados Unidos, Mufleh se identificaba, en cierta manera, con los refugiados. Residente legal en espera de una tarjeta de residencia, con frecuencia se sentía como una forastera. También descubrió que había gente que la necesitaba. Su árabe fluido y su francés conversacional eran útiles para las madres de los jugadores que necesitaban un traductor.

Mufleh dijo que cuando inició el programa de fútbol, había sido terriblemente ingenua respecto a cómo cambiaría su vida.

"Creía que entrenaría dos veces por semana y los fines de semana, como entrenar a otros niños", dijo. "Son 40 ó 60 horas por semana dedicadas a entrenar, buscar empleos, llevar a gente al hospital. Empiezas tú sola, y de repente tienes una familia de 120 integrantes".

Armando un equipo

Un viernes de agosto, los muchachos acuden uno por uno a buscar sus nombres en el listado en la biblioteca pública, para ver quién ha logrado entrar al equipo. Muchos se fueron decepcionados; seis no. Los nuevos jugadores son: Mohammed Mohammed, de doce años, iraquí kurdo cuya familia huyó de Saddam Hussein y se refugió en Turquía hace cinco años.

Idwar y Robin Dikori, dos hermanos sudaneses, de doce y diez años, que perdieron a su madre, hermana y dos hermanos menores en un choque automovilístico después de llegar a Clarkston.

Shahir Anwar, de trece años, afgano cuyos padres huyeron del talibán; su padre sufrió un derrame cerebral poco después de llegar a Estados Unidos. Santino Jerke, sudanés de once años que acaba de llegar después de tres años de ser refugiado en El Cairo.

Mafoday Jawneh, de doce años; su familia perdió su buen estatus luego de un golpe militar en Gambia.

En los esporádicos momentos en que la duda la invade, Mufleh se pregunta: ¿Realmente puedo lograr que estos muchachos jueguen juntos? ¿Realmente puedo hacer que ganen?

El equipo practica en un campo en malas condiciones detrás de una primaria.

A principios de septiembre, los Fugees se preparaban para jugar contra el Triumph, equipo de Tucker, un poblado cercano.

Aún antes del partido existía una evidente diferencia entre los Fugees y su competencia. El Triumph había traído a alrededor de 40 seguidores, que llevaban sillas plegables y mantas de picnic.

Aunque éste era un partido en casa, no había nadie en las gradas de los Fugees. En toda la temporada, sólo un familiar de un jugador de los Fugees presenció un partido.

Al medio tiempo, los Fugees iban ganando 2-0. La segunda mitad fue todo un espectáculo. Hasta los seguidores del Triumph les aplaudieron. El marcador final fue 5-1 a favor de los Fugees.

Fútbol, no béisbol

Mufleh tiene una lista de quejas sobre el campo de prácticas de los Fugees: poco pasto y nada de porterías. Los niños del vecindario habitualmente se meten al campo en las prácticas, con lo que interrumpen el juego.

Tras un tiroteo entre pandillas en un complejo de departamentos detrás del campo a fines de septiembre, llega a la conclusión de que el campo no es seguro.

Cancela la práctica dos días y luego irrumpe en la oficina del alcalde Swaney, y exige usar el campo vacío de Milam Park.

Cuando Lee Swaney contendió por primera vez para el ayuntamiento en Clarkston hace más de quince años, lo hizo como un representante sin reparos del "Viejo Clarkston": del Clarkston antes de los refugiados. Sin duda, era la postura más políticamente viable. Debido a que pocos de los refugiados han vivido en Estados Unidos el tiempo suficiente para convertirse en ciudadanos y ejercer su voto, los residentes de mucho tiempo son los que tienen el poder político. Las elecciones de 2005, que le dieron a Swaney un segundo periodo de cuatro años como alcalde de este pueblo de 7.100 habitantes, fueron decididas por sólo 390 electores.

Como alcalde, Swaney se ha visto a menudo atrapado entre esos electores y los miles de recién llegados. También ha tomado medidas potencialmente nada populares a favor de los refugiados.

El fútbol es otro asunto. A Swaney no le gusta su reputación como el alcalde que prohibió el fútbol, pero debe complacer a quienes se quejan de que los refugiados invaden los parques y el centro comunitario, personas como Emanuel Ransom, hombre de raza negra que se mudó a Clarkston a fines de los 60.

"Muchos de nuestros residentes de Clarkston quedan totalmente excluidos", dice Ransom. "Nadie quiere ayudar", comenta sobre los refugiados. "Es puro: 'Denme, denme, denme'".

A principios de octubre, Mufleh hizo su petición en una sala atestada del ayuntamiento, explicó los orígenes y propósito del equipo y prometió que recogerán la basura en el parque después de la práctica.

Swaney tomó la palabra. Admitió sus preocupaciones, pero son niños, dijo, y "los niños son nuestro futuro".

Anunció que apoyará que los Fugees usen el campo de Milam Park durante un período de prueba de seis meses. La propuesta fue aprobada por unanimidad.

Insultos y errores

Mientras los Fugees salen del campo tras un partido en octubre, un hombre en la línea de banda les grita: "¡Habría pagado dinero por ver ese partido!".

Los Fugees tienen facilidad para inspirar reacciones tan fuertes, tanto positivas como negativas. Después de un partido, Mufleh piensa por un momento que un padre rival la persigue.

"Hemos oído hablar de su equipo", dice el hombre cuando la alcanza. "Queremos saber qué podemos hacer para ayudarlos". El equipo rival dona zapatos para fútbol, balones y camisetas.

Luego hubo un partido, en Clarkesville, la temporada pasada en que jugadores rivales e incluso algunos padres de familia gritaron un epíteto racial a algunos de los jugadores africanos de los Fugees.

Y sus oponentes a veces se burlan de los Fugees cuando hablan swahili entre sí.

Mufleh aconseja a sus jugadores que traten lo más posible de ignorar estos desaires. Cuando el otro equipo se molesta, les dice, es señal de debilidad. Las malas decisiones del árbitro son parte del juego. Uno tiene que aceptarlas y seguir adelante.

El 21 de octubre, los Fugees se dirigen a Athens, a una hora por carretera, para su juego más importante, contra los invictos United Gold Valiants. Justo afuera de Monroe, Mufleh ve a un auto de la Patrulla Estatal de Georgia que se acerca.

Debido a un error administrativo, una multa que Mufleh pagó un año antes aparece como pendiente. Su licencia es suspendida.

El patrullero le ordena que salga de su auto y, a plena vista de su equipo, la arresta.

En el camión, los Fugees están presos de la angustia. Santino Jerke, que lleva sólo unos cuantos meses en el país, comienza a llorar. Varios de los Fugees han visto a familiares desaparecer a manos de uniformados.

Mufleh le dice a Tracy Ediger, administradora del equipo y conductora del autobús, que lleve al equipo a Athens. Saben qué hacer. Pueden jugar sin ella. Sin entrenadora, no obstante, los Fugees pierden.

Después del partido, Ediger conduce al equipo de vuelta a Monroe. Recolecta la fianza de 800 dólares para Mufleh y firma algunos papeles, Aparece la entrenadora.

Más tarde, Mufleh comenta que en ese momento pensó en todas las veces que les había dicho a los Fugees que le resten importancia a las malas decisiones, vuelvan al juego, y rindan cuentas por sus actos. Camina directo al autobús.

"Esto fue mi culpa y no hay excusa por no haber estado allí", les dice. "Debí estar allí y no estuve, y la manera en que ocurrió esto probablemente les perjudicó".

De vuelta en Clarkston esa noche, Mufleh lleva unos dulces a la familia de Grace Balegamire, jugador congoleño. El hermano de nueve años de Grace ha oído del arresto, aunque no lo cree.

"Si usted estuviera en la cárcel", dice el niño, "no estaría con nosotros".

Mufleh explica que le dio dinero a la gente en la cárcel, así que la dejaron salir.

"¿Cuánto dinero?" pregunta el niño.

"Suficiente para 500 helados".

"¿Si uno paga 500 helados puede salir de la cárcel?" pregunta.

Mufleh comprende la confusión del niño. Su padre está bajo arresto político, en una prisión en Kinshasa, bajo circunstancias que han producido la condena de Amnistía Internacional y la Cruz Roja. El gobierno allí no ha informado sobre cuándo será puesto en libertad.

Pelean hasta el fin

Los Fugees concluyen la temporada regular un sábado brumoso con una victoria de 2-1, para terminar en tercer lugar de su división con una marca de 5-2-3.

El final de la temporada será un torneo llamado la Copa Tornado. Todos y cada uno de los Fugees creen poder ganar.

La Copa Tornado se reduce a un juego entre los Fugees y el Concorde Fire, quizá la academia de fútbol más elitista, y más costosa, de Atlanta. Los Fugees necesitan ganar para avanzar a la final.

Mufleh reúne a los Fugees antes del calentamiento. "Obedezcan al árbitro", les dice. "Aunque él se equivoque, ustedes continúen con el juego, ¿de acuerdo? Concéntrense en el juego y en cómo van a ganarlo. Porque si no, van a perder su último partido de la temporada, yregresarán a casa muy pronto".

El partido concluye en un empate. La temporada para los Fugees ha terminado. El 26 de diciembre, Mufleh recibe un fax del Municipio de Clarkston.

Efectivo a partir de hoy, le informa el fax, el equipo de fútbol de los Fugees ya no puede jugar en el Milam Park. El municipio le ha cedido el campo a un coordinador de deportes juveniles que planea dirigir un programa de béisbol y fútbol americano.

Cuestionado por el reportero de The New York Times, Swaney dijo haber olvidado que, en octubre, el ayuntamiento le concedió seis meses a los Fugees. Unos días después, le dice a Mufleh que el equipo puede quedarse hasta marzo.

A principios de enero, Mufleh se conecta a Google Earth, y escanea imágenes de satélite de Clarkston. Hay zonas verdes en los campus del Georgia Perimeter College y del Área Escolar de Atlanta para Sordomudos. Ella confía en encontrar una sede permanente para los Fugees.


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