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Abundan los filmes extranjeros y escasea el público

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Enero 28, 2007

La Sociedad Nacional de Críticos de Cine de Estados Unidos eligió este mes a sus ganadores para 2006, uno de los últimos grupos en hacerlo. El anuncio de los premios de la sociedad siguió a un mes de votaciones frenéticas de diversos Círculos y Asociaciones, un festival anual de autoafirmación crítica —y, quizás, una protesta contra la irrelevancia— antes del gran espectáculo de los Óscares el 25 de febrero.

El voto de la sociedad destaca un poco en medio de todo este relajo debido a que sus tres elecciones principales para mejor película del año fueron cintas en idiomas que no eran inglés. El tercer lugar fue acordado a “Cartas de Iwo Jima” de Clint Eastwood, que es en japonés; el segundo lugar fue para “La muerte del señor Lazarescu”, cinta rumana dirigida por Cristi Puiu; y el ganador, por un estrecho margen, fue “El laberinto del fauno”, cuento de magia y maldad en la España de los años 40, de Guillermo del Toro.

Los honores otorgados a estas tres películas, no sólo por la Sociedad Nacional de Críticos de Cine, podrían tomarse como evidencia de que el cine extranjero está en florecimiento. Y los sitios de Internet y blogs proliferantes que se dedican a charlas animadas, y a menudo contenciosas, sobre películas de todo el mundo no harán más que confirmar la impresión, a medida que toda forma imaginable de cine, desde el cine noir danés hasta el terror sudcoreano, encuentra defensores y analistas que buscan hacerse escuchar.

En estos mismos sitios de Internet encontrará también expresiones frecuentes y justificadas de frustración, incluso desesperación, por la condición en que se encuentra la apreciación al cine extranjero en Estados Unidos. Las películas están ahí, más numerosas y variadas que antes, pero el público —y por lo tanto, los ingresos de taquilla, así como la disposición de los distribuidores de arriesgar incluso sumas relativamente pequeñas en derechos de distribución en Norteamérica— parece menguar y dispersarse.

Por toda película que logra provocar un breve destello de atención, hay docenas que serán vistas sólo en festivales de cine o reproductores de DVD.

Desde luego, “película extranjera” (o, como prefiere la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, “película en idioma extranjero”) es una categoría tan amplia que casi parece carecer de significado.

Las fronteras que separan los cines nacionales son más porosas que nunca. Cualquiera que sea suficientemente afortunado como para asistir a un festival internacional importante de cine en los próximos meses verá amplia evidencia de este “cosmopolitanismo”. Especialmente para los estadounidenses, entrar al circuito de festivales es adentrarse en una especie de universo paralelo, donde directores cuyos nombres apenas si se conocen en Estados Unidos son reconocidos como artistas importantes, y donde cada día trae noticias de fermento creativo de un rincón diferente del planeta.

Incluso el cinéfilo más sofisticado sucumbirá a uno o dos momentos de maravilla ingenua. Un mundo tan grande. Tantas películas. ¿Quién iba a pensarlo? Sin embargo, en casa, nadie parece haberlo hecho o, de forma más desalentadora, a nadie parece importarle. Lo cosmopolita de la realización cinematográfica internacional contrasta con lo pueblerina que es la cultura cinematográfica de Estados Unidos.

La brecha entre aprobación de la crítica y moneda cultural se ha ampliado, incluso conforme se ha expandido el número y la variedad de críticos. Las discusiones, en salas virtuales en Internet y salas reales donde los críticos de cine realizan sus reuniones a fin de año, son quizá más intensas y contenciosas que nunca, pero también parecen realizarse en una serie de cámaras de resonancia, herméticamente alejadas de conversaciones más amplias y menos especializadas.

Es, en parte, un problema de números. Todos los años se hacen muchas más películas de las que se pueden estrenar, y las que logran llegar a los cines tienen que competir entre sí por el público. Salvo por anomalías como “Apocalypto”, de Mel Gibson, y “Cartas de Iwo Jima”, de Eastwood, —dos en un año; ¿quien diría?— los estudios importantes evitan los subtítulos, salvo cuando comercializan sus éxitos de taquilla en el extranjero.

Quizás el viejo estilo de ser experto, la idea de que los pocos que buscaban películas de lugares remotos, que convertían a salas de cine clásico en santuarios de arte, eran parte de una vanguardia, ha sido reemplazado por algo más modesto y democrático.

La antigua cultura del cine se basaba en suposiciones sobre gusto y calidad que casi han desaparecido, reemplazadas por nichos y redes de fans. A usted le gusta la película sobre un hospital rumano, a mí me gusta mi terror asiático y tenemos nuestros websites y lugares dónde rentar DVD para mantenernos felices; todo es perfecto. Y tal vez ninguna película es realmente extranjera. O todas lo son.


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