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Indígenas siembran en el páramo

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En los viveros trabajan los habitantes de las comunas aledañas para tener la plantación en óptimas condiciones y lograr el desarrollo de las especies nativas en peligro de extinción.
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Enero 28, 2007

Texto y Fotos: Wilson Pinto

Los comuneros de Tungurahua aúnan esfuerzos para devolverle  al deforestado páramo la vegetación que usaban  sus antepasados para cocinar a leña y alimentar a sus animales. El proyecto cuenta con la ayuda del Consejo Provincial y contempla además  la recuperación  de las vertientes cercanas.

El uso de la madera como medio de combustión para la preparación de alimentos, el sobrepastoreo de animales, la quema intencional y  el avance de la frontera agrícola arriba de los 3.400 metros sobre el nivel del mar, son algunas de las actividades que  por décadas desarrollaron los comuneros de los páramos de la provincia de Tungurahua, y que  poco a poco   provocaron  la desaparición de plantas nativas como el piquil, yagual y el quishuar.

Según Luis Lasluisa, responsable de medio ambiente del Consejo Provincial de Tungurahua, otro de los factores que incide en la pérdida de esas  especies endémicas que crecían en las 84.030 hectáreas de páramos de esa provincia es la falta de planificación o zonificación para la siembra de plantas exóticas o introducidas,  como el pino, que a medida que crece acaba con la vegetación más pequeña.

Por esa razón, el Consejo Provincial inició hace cinco años un proyecto de mantenimiento y conservación para la zona. El programa, que durará alrededor de diez años más, empieza a arrojar resultados.

El año pasado se sembraron 250.000 plantas endémicas, con las que se lograron  proteger 420 hectáreas. El piquil, yagual y quishuar son especies propias de los páramos que  han vuelto a a crecer en la zona gracias al programa de reforestación.   Además, ayudan a la regeneración de otras plantas, como la paja de páramo y el mortiño,  un  producto en peligro de desaparecer.

Asimismo, a los comuneros que viven en las llamadas áreas de amortiguamiento (de 3.000 a 3.400 metros sobre el nivel  del  mar)   se les brinda alternativas para su sustento,  con la implementación de sistemas agroforestales, como cortinas rompevientos y pequeños bosques, en lugares en los que  la tierra ya no  es  apta   para la agricultura.

En estas zonas, durante el año anterior se plantaron alrededor de 70.000 unidades de las especies nativas, lo que representa 67 hectáreas  tratadas. También en los lugares en donde se tiene la combinación de cultivos, pastos y animales se sembraron cerca de 196.000 plantas, que equivale a  hablar de  491 hectáreas.

Los 23.000 dólares que el Consejo Provincial destina anualmente para el desarrollo del programa se incrementan con el trabajo voluntario  de sembrado que realizan  las comunidades indígenas que habitan en el sector.  El beneficio económico que perciben los comuneros es la venta de las pequeñas plantas que reproducen en los viveros.

El proyecto incluye la  reforestación natural del sitio y la recuperación de los caudales de las vertientes cercanas, para ello se  plantan  especies nativas  y más adelante se   introducirán llamas para aprovechar el hábitat natural  que ofrece el  espacio.

Según Lasluisa, la deforestación de los páramos es preocupante, porque considera que para recuperar su estado natural y pese a la  continuidad de este proyecto, tendrán que transcurrir de 10 a 15 años. "El proceso es  lento, por eso  la institución brinda asesoramiento técnico al desarrollo de viveros comunales, cuya producción  es adquirida a 13 centavos por cada planta". La meta es concluir la labor, señala, y afirma que hasta entonces será la entidad provincial la que  siga financiando el trabajo comunal.

Otro de los avances que se observa es  la recuperación de alrededor de cinco o  seis litros de agua por segundo, en  los caudales de  las  vertientes que se iban perdiendo en los páramos de Pilahuín, Quero y Quisapincha.

Juan Toala, dirigente de la Corporación de Organizaciones de Comunidades Indígenas de Quisapincha (Cociq), da cuenta de esta situación, pues explica que en los páramos de esta parroquia comenzó la reforestación con plantas nativas porque vieron  que con otras especies las vertientes de agua en Illahua y Calhuasig se comenzaron a secar, incluso en la  época  de lluvia.

Igual criterio tienen Ángel Moposita, José Sisa, Hortensia Toalombo, Segundo Quilligana, Carmelo Toalombo y Manuel Eugenio, miembros de la comunidad de Tamboloma en  la parroquia Pilahuín. Ellos afirman que en la zona hay dos vertientes, la de Sigsiyacu,  en cuyo entorno hay plantas nativas, que aseguran, hacen que ni siquiera en verano baje  el caudal de agua; mientras que en la de Yanutco, que estaba  rodeada por árboles exóticos, disminuía la cantidad de líquido, entonces decidieron cambiar de especie.

Los habitantes de las comunidades cercanas a estos páramos, cuentan que la mayoría de los bosques se acabaron, por eso, dicen   que ahora están empeñados en ayudar a la recuperación de su hábitat. "Estábamos perdiendo las plantas que fueron parte de la vida de nuestros antepasados y que servían como envase para almacenar agua durante el tiempo de sequía", concluyen algunos comuneros.

En la zona alta del cantón Quisapincha se intentará reforestar más de 20.000 hectáreas, según Toala. En Calhuasig e Illahua Chaupiloma están los viveros comunales de los pueblos indígenas,  desde donde se distribuyen las plantas nativas para reforestar los páramos. En ellos tienen cerca  de 10.000 plantas listas para la venta, también en los viveros de Tamboloma hay alrededor de dos millones de plantas.

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