En Níger, árboles y cultivos ayudan a repeler al desierto
En esta región asfixiada por el polvo, vista desde hace mucho tiempo como un yermo cada vez más estéril y en proceso de deteriorarse hasta convertirse en desierto, millones de árboles florecen gracias a agricultores pobres cuyos métodos simples cuestan poco o nada.
Los investigadores han encontrado que mayores esfuerzos de conservación y elevados niveles de precipitación han resultado en alrededor de 3 millones de hectáreas recién forestadas en Níger. Esto ha sido logrado, en parte, sin depender de la siembra de árboles a gran escala u otros métodos costosos frecuentemente promovidos por políticos africanos y grupos de asistencia para detener la desertificación, proceso mediante el cual el suelo pierde su fertilidad.
Estudios recientes de patrones de vegetación, basados en imágenes satelitales detalladas y en los inventarios de árboles, han encontrado que Níger, lugar de hambre y privación persistentes, recientemente ha agregado millones de plantas nuevas y hoy es mucho más verde que hace 30 años.
Estos logros, además, se han dado en un momento en que la población de Níger se ha disparado, lo que refuta la idea tradicional de que el crecimiento poblacional conduce a la pérdida de vegetación y acelera la degradación del suelo, señalan científicos que estudian este caso.
Los investigadores han encontrado que la vegetación más densa, de hecho está en algunas de las regiones más pobladas del país.
"El panorama general del Sahel es mucho menos desalentador de lo que tendemos a suponer", externó Chris P. Reij, conservacionista del suelo, quien tiene más de 30 años trabajando en la región del Sahel y ayudó a dirigir un estudio publicado, el verano pasado, sobre los patrones vegetales de Níger. "El país fue una enorme sorpresa para nosotros".
Hoy en día, el éxito en el cultivo de árboles nuevos sugiere que el daño a gran parte del Sahel quizás no haya sido permanente, sino una pérdida temporal de fertilidad. La evidencia, afirman los científicos, demuestra cómo cambios relativamente pequeños en la conducta humana pueden transformar la ecología regional y restaurar su biodiversidad y productividad.
Hace unos 20 años, campesinos como Ibrahim Danjimo se dieron cuenta de que algo terrible les pasaba a sus campos. "Miramos alrededor y todos los árboles quedaban lejos de la aldea", expresó Danjimo, quien ronda los cuarenta años de edad y ha labrado el suelo arenoso y lleno de piedras de esta minúscula aldea desde que era niño. "De repente, todos los árboles habían desaparecido".
Vientos violentos arrasaban con la capa superior del suelo de sus tierras, antes productivas; dunas de arena amenazaban con tragarse las chozas y los pozos de agua se secaron. En todo el Sahel, franja semiárida que cruza África justo debajo del Sahara y hogar de algunas de las personas más pobres del planeta, estaba por desarrollarse un cataclismo.
Severas sequías en los años 70 y 80, aunadas a una explosión poblacional y prácticas destructivas de agricultura y ganadería, desgastaban enormes áreas. El desierto parecía resuelto a tragarse todo.
Así que Danjimo y otros agricultores en Guidan Bakoye tomaron un paso pequeño, pero radical. Ya no limpiarían sus campos de árboles jóvenes antes de sembrar, como había sido la costumbre durante generaciones. En lugar de eso, los protegerían y cuidarían, al arar cuidadosamente alrededor de ellos a la hora de sembrar mijo, sorgo, cacahuate y frijol.
En el caso de Níger, los agricultores empezaron a proteger los árboles justo cuando los niveles de precipitación comenzaron a incrementarse de nuevo tras las sequías en las décadas de los 70 y 80.
Otro cambio fue la manera en que la vegetación era considerada en la ley. Desde las épocas coloniales, todos los árboles en Níger eran propiedad del Estado, lo que les daba a los agricultores poco incentivo para protegerlos. Los árboles se cortaban para obtener leña o para la construcción, sin reparo a los costos ambientales.
Aunque se suponía que los silvicultores gubernamentales asegurarían el manejo correcto de las plantas, no contaban con suficiente personal para vigilar un país que es dos veces más grande que Francia.
Sin embargo, con el paso del tiempo, los agricultores empezaron a considerar las especies vegetales de sus campos como su propiedad y, en años recientes, el Gobierno ha reconocido este tipo de propiedad individual. Los campesinos ganan dinero con los árboles al vender sus ramas, vainas, fruta y corteza. Por eso los conservan, ya que esas ventas son más lucrativas al paso del tiempo que, simplemente, cortar el árbol para obtener leña.
El reverdecimiento comenzó a mediados de los años 80, dijo Reij, "y siempre que volvíamos a Níger, iba en aumento".
Mahamane Larwanou, experto en Silvicultura en la Universidad de Niamey en la capital de Níger, señaló que el renacimiento de árboles ha transformado la vida rural en el país.
"Los beneficios son tantos, que es realmente asombroso", expresó. "Los campesinos pueden vender las ramas, alimentar a sus animales con las vainas como forraje, vender o consumir las hojas y vender y consumir la fruta. Los árboles son tan valiosos para los agricultores, que los protegen".
También tienen extraordinarios beneficios ecológicos. Sus raíces fijan el suelo en su lugar, lo que impide que sea arrancada por los ventarrones del Sahel y mantiene a la tierra cultivable. También ayudan a retener agua en el suelo, en lugar de dejar que corra por campos pedregosos y estériles hacia barrancos, o inunde las aldeas y destruya los cultivos.
"Esto demuestra que con un poco de esfuerzo y previsión, se puede reducir la pobreza en el Sahel. No es una empresa imposible ni carente de esperanza, y no tiene que costar mucho dinero. Se puede lograr", afirmó Larwanou.