Dirigir una empresa preeminente como Microsoft requiere mucho más que energía y compromiso, indica Steven A. Ballmer, presidente ejecutivo de la compañía. Es casi un llamado, una cuestión de fe.
"Debes ser muy realista respecto a dónde estás, pero muy optimista sobre dónde podrías estar", declaró en entrevistas el mes pasado. "Y el día en que no puedas ser ambos, no deberías ser líder de una compañía como Microsoft. Tienes que creer".
En la perspectiva global de Ballmer, fracasar no es una opción. "Si no nos sale bien a la primera, simplemente lo vamos a intentar una y otra vez", asegura.
Los competidores alguna vez respetaron y temieron a Microsoft. Hoy en día, simplemente lo respetan. Microsoft develó nuevas versiones de su sistema operativo de escritorio y programas de oficina el mes pasado, se encontró enfrentando una competencia envalentonada, e incluso a la incertidumbre. Con la revolución de Internet, que pone de cabeza a los modelos de negocios en una amplia franja de industrias, Microsoft siente la presión.
La decisión de cómo responder a la creciente competencia de Microsoft ha recaído en Ballmer, hombre calvo, corpulento y acelerado, cuya amistad con Bill Gates, fundador y presidente del directorio de Microsoft, se remonta a sus épocas universitarias.
Gates declaró, en junio de 2006, que planea dejar las labores cotidianas en Microsoft para mediados del 2008, para convertirse en filántropo de tiempo completo. Está seguro de dejar a Microsoft en manos seguras, expresó. En un mensaje de correo electrónico, llama a Ballmer "un gran socio y amigo".
Al tiempo que Ballmer navega esta crucial coyuntura en la historia de 31 años de su compañía, conserva su optimismo visceral. Al preguntarle cuál es su mayor preocupación sobre el futuro de Microsoft descarta la noción de preocupación, al considerarla "un término chistoso". En lugar de ello, habla sobre software de Internet patrocinado por publicidad, servicios como Google y un software de fuente abierta como Linux como "los nuevos modelos de negocios con los que debemos competir o que debemos acoger".
Sacar a Microsoft de su zona de comodidad tradicional, admite Ballmer, no ha sido su primer impulso.
En 1998, cuando se convirtió en presidente de Microsoft, Ballmer pensó que la compañía estaba en demasiados negocios. Hoy, dice, trata de incitar a Microsoft a ampliar su horizonte.
"Si realmente quieres ser una compañía tecnológica relevante e importante y que impulsa el valor durante mucho tiempo, debes tener los ojos bien abiertos".
Las nuevas líneas de productos son la respuesta de Ballmer a las preguntas más fastidiosas sobre el futuro de Microsoft: ¿En dónde encontrará nuevo crecimiento? ¿Puede Microsoft abrirse paso hacia un futuro que sea tan brillante como su pasado?
La imagen prevaleciente de Ballmer, de 50 años, es principalmente la de un dínamo de marketing, un orador hiperactivo y enérgico quien puede inspirar al personal de ventas y a socios de la industria a trabajar incansablemente en beneficio de Microsoft.
Hijo de un ejecutivo de nivel medio en la Ford Motor Company, Ballmer asistió a Harvard, con la idea de tener una carrera en ciencias o matemáticas. "Para el final de mi primer año decidí que eso no iba conmigo", narra. "Sabía que necesitaba más interacción con personas". Así que se inclinó por los negocios.
Hoy en día, Ballmer es miembro del estrato más alto de los súper ricos del mundo. Su participación actual en Microsoft es de 12.700 millones de dólares. Sin embargo, su estilo de vida personal es más cómodamente opulento que ostentoso. Su esposa y sus tres hijos viven en la misma casa de ladrillo de dos plantas, en los suburbios de Seattle, que él compró antes de casarse.
En cuanto al futuro de Microsoft, "nos va a ir bien", le aseguró a un grupo de inversionistas y analistas en las oficinas generales de la compañía, el año pasado. "Así sea yo o el tipo que me reemplace porque no nos va bien. Lo seguiremos intentando, y nos va a ir bien".