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| Seda o la maestría de la sugerencia |
Texto: Clara Medina
El lector acompaña a Hervé Joncour, el protagonista, en su extraño dolor. En su nostalgia por ese algo que no vivió. En la añoranza por una joven mujer de la que ni siquiera nunca oyó su voz.
Porque pese a solo intercambiar miradas, Hervé y esta muchacha hacen de Seda, la novela del italiano Alessandro Baricco, una gran historia de amor. Quizá porque los amores más perfectos son aquellos que pudieron haber sido y no fueron. Esos a los cuales se les otorga el beneficio de la duda.
Baricco nació en Turín en 1958 y es uno de los más famosos autores italianos de la actualidad. En el Ecuador se lo conoce, sobre todo, por su obra teatral Novecento, que hace dos años Pájaro Febres Cordero representó con éxito en varias ciudades del país. La novela Seda, que publicó originalmente en 1996 y de la que se han hecho innumerables reediciones, transcurre en Francia, a mediados de la centuria de 1800, cuando "la luz eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del océano, estaba combatiendo en una guerra cuyo final no vería", según se narra.
Hervé Joncour era hijo del alcalde de Lavilledieu, quien deseaba para el muchacho una brillante carrera militar. Un día, al pueblo llegó Baldabiou, hombre visionario que instaló hilanderías y pronto el lugar se convirtió en uno de los más prósperos de la región. Este descubrió en Hervé, entonces de 25 años, a un posible comerciante e hizo que cambiara el destino que tenía preparado para él su padre.
La novela comienza cuando Hervé tiene 32 años y está casado con Helene, con quien no tiene hijos. Ya es bastante adinerado, gracias al negocio de compra y venta de gusanos de seda. Vive apaciblemente. Podría decirse que feliz. Pero un día llegó a Lavilledieu la peste: los gusanos empezaron a infectarse, la producción de las hilanderías bajó; todo amenazaba con convertirse en un desastre.
Fue cuando a Baldabiou se le ocurrió una idea: que Hervé comprara los gusanos de seda de Japón. Para ese entonces Japón quedaba, literalmente, en el fin del mundo. Era una empresa arriesgada. Sin embargo, partió. Se fue en octubre: viajó en barco, en tren, a pie. Transcurrieron meses. Regresó en abril, justo a tiempo para la misa mayor. Después hizo varios viajes más. La vida de Lavilledieu volvió a la normalidad, no así la de Hervé. En el palacio de Hara Kei, con quien hacía negocios en Japón, conoció a una muchacha. Ella estaba junto a ese hombre. No tenía rasgos orientales, no le habló, solo lo miró profundamente y esa mirada sedujo a Hervé.
La joven permanecía junto a Hara Kei. Hervé la encontraba en cada viaje. Más que a los huevos de gusanos de seda, la buscaba a ella. Sus miradas se juntaban. Nada sucedía en la realidad. En el interior, en los sentimientos, todo. La maestría de la novela y del autor radica en ese hecho. En volver intensos esos momentos en los que en apariencia nada ocurre. Ahora, cuando abundan las novelas explícitas, cuando todo se describe de una manera literal, he aquí, en Seda, el poder de la sugerencia. La belleza del silencio. La maestría de la síntesis. Una novela suave y fina, como la seda.
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