El culto a los puntales del "éxito" (entendiendo por tal el ser más famoso, rico y poderoso que los demás) es posiblemente el responsable de que los padres hayamos pasado de alentar a nuestros hijos a dar lo mejor de sí a exigirles que sean excelentes en todo y se destaquen más que todos.
Lo grave es que por esta razón a menudo aspiramos a que nuestros hijos sean los mejores estudiantes, los protagonistas de las comedias y demás actos del colegio, los cabecillas de los equipos deportivos, los solistas del coro, los presidentes de su curso, es decir, que se lleven todos los honores.
Para tal efecto, procuramos darles "todas las oportunidades", entendiendo por esto el inscribirlos en miles de clases y entrenamientos desde que salen de la cuna.
El problema es que ya no aceptamos que sean simplemente personas promedio. Como creemos que el mundo es cada vez más difícil y exigente, queremos alistarlos para que superen a todos y nunca se queden atrás. Y no nos damos cuenta de que así estamos hipotecado su niñez para satisfacer nuestras propias inseguridades o para enaltecer nuestra reputación como padres (¿o quizás para exaltar nuestros egos?).
Aunque unos pocos niños pueden manejar tanta presión sin alterarse, la mayoría no. Los niños se dan cuenta de nuestras expectativas y les hace daño tanta presión, pues crecen pensando que para ser amados tienen que sobresalir en todos los campos, y como no siempre lo logran, sufren creyendo que decepcionarán a sus padres o que si no lo logran serán rechazados.
Parece que la cruzada por volverse el mejor ha dejado de ser una aspiración para convertirse en una obsesión. Cada vez hay más niños ansiosos, más adolescentes estresados, y también más chicos convertidos en atletas en miniatura o en pequeños genios.
Como afirma Harold Kushner, "los niños, como los ancianos, necesitan muy poco, pero lo poco que necesitan lo necesitan mucho". Y una de las cosas que más necesitan es el permiso para ser personas promedio sin ser considerados inadecuados por ello.
Son las expectativas inalcanzables de los padres las que siembran en cada nueva generación la inconformidad con lo que los hijos son y las que los llevan a estar anhelando lograr mucho más de lo que sanamente pueden.
Nuestra meta como padres no puede ser la de convertirlos en lo que no logramos ser, sino la de reconocer y apoyar sus verdaderas habilidades y talentos (las cuales por lo general coinciden con sus intereses). Y animarlos no a que se destaquen ni a que sean mejores que los demás, sino a que sean todo lo que como personas están llamados a ser.