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Edición del DOMINGO 25 de Febrero del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Ricardo Tay-Lee maestro de kung fu
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Texto: Alexis Gómez

Tiene 95 años. Duerme poco, cocina a diario, come de todo, y tiene mejor estado físico que muchos jóvenes de 20 años. ¿Su secreto? Entregarse por entero a la meditación del arte marcial.

Saluda muy afectuoso con un apretón de manos. Lleva consigo sus lentes, una camisa blanca y una amplia sonrisa. Acomoda las sillas frente a frente para la entrevista. Dos, tres, cuatro sillas, para él y sus traductores. Aunque habla español perfectamente, no puede conversar. La Segunda Guerra Mundial le dejó una afección en la garganta, que años más tarde lo dejaría sin voz.

Ricardo Tay-Lee no se hace problema para comunicarse y tiene una paciencia que asombra. Prefiere no utilizar un lenguaje de mudos, sino el suyo propio, a través de su voz como un tenue susurro casi imperceptible. Sus intérpretes Alberto y Félix,  permanecen atentos ante las palabras del maestro Tay-Lee, mientras él nos cuenta el secreto de su juventud.

Herencia de vida
“Medito seis horas al día. En las mañanas trabajo en mi consultorio, llego a casa a cocinar, luego una corta siesta. Después doy clases. Me acuesto a dormir a las 2:00 y me levanto a las 5:00 y entre cada actividad medito”, cuenta Tay-lee, primer maestro de kung fu en Guayaquil. Con 95 años de edad, mantiene claros los recuerdos de su Guayaquil natal, de su China de juventud. 

Nació el 8 de diciembre de 1912, pero fue enviado a Cantón, China,  de pequeño, donde vivió 25 años al cuidado de su abuelo y tío. Ellos, médicos en acupuntura, tiempo después enseñarían sus conocimientos a Ricardo, al igual que el arte milenario del kung fu. Recuerda muy bien a Man Kao y Lau Lung, sus primeros maestros en técnicas marciales. Un arte que antiguamente se transmitía de padres a hijos.

Dieciocho años de entrenamiento continuo, miles de horas dedicadas a meditar, a dejar “fluir” las cosas y “dejarse llevar por la corriente” solo fueron interrumpidos por su participación en la Segunda Guerra Mundial.

Aún recuerda con nitidez el buque de guerra inglés, con el que visitó Hiroshima y Nagasaki luego de la bomba atómica. Una nube en forma de hongo destruyó territorios que él nunca más volvió a ver, pero tampoco olvidaría.

En esa época la acupuntura no se estudiaba en la universidad. Los conocimientos venían de la gente ‘mayor’, por tal razón Tay-Lee no se ‘despegaba’ de sus amigos mayores. Deseaba absorber cuanta experiencia pudiera. “No necesito estar con gente de mi edad. Solo de los mayores puedo aprender”, pensaba en su adolescencia.

Sin ambiciones
Enseñar con el ejemplo, es el fiel mandamiento del todo maestro, dice este acupunturista. El kung fu y él mezclaron sus fuerzas en una sola técnica. Según Tay-Lee, practicar kung fu es no ambicionar, es meditar, es tener paciencia. No se trata de un conjunto de posiciones marciales para pelear. Es un arte que va más allá del entendimiento de cerebros rutinarios, muy objetivos o paradigmáticos. El secreto es dejar fluir las cosas y que cada situación en nuestra vida suceda como tenga que suceder. Como recompensa, los regalos vendrán de inmediato a la vida de cada uno.  Paciencia, perseverancia, alegría, vitalidad, gozo, sabiduría son algunos.

Ricardo es un hombre con pocas ambiciones. Prefiere mantener “un perfil bajo”. Hacerlo sonreír es fácil, caerle bien también. Lo difícil es adentrarse en su yo interno, custodiado por tantos años de meditación. “Las preocupaciones siempre existirán, entonces,  ¿por qué preocuparse demasiado por el dinero que nos falta?”, se pregunta. Muchos quieren aprender kung fu, pero no son capaces de entregarse al riesgo por completo. Si desean practicarlo de verdad, necesitan:

- Tener un maestro guía
- Recursos económicos para tener tiempo de entregarse a este arte varias horas al día. 
- Paciencia
- Inteligencia
- Voluntad
- Sacrificio.

Para el maestro su sapiencia fue adquirida a través del tiempo. El kung fu le permitió comprender más y captar mejor, cosas que un razonamiento común no podría. “Cuando  desarrollamos la meditación, en el vientre hay un punto que se llena de energía. Con la respiración y mi gimnasia cargo ese punto de energía”, explica.

Cincuenta años de oficio
A su regreso a Guayaquil en 1950, nunca imaginó enseñar arte marcial, mas, como él “sigue siempre la corriente”, terminó por educar en kung fu a miles de hombres y mujeres. Primero fueron sus paisanos de China quienes le pidieron clases, luego su gente de Ecuador. Apenas pisó suelo guayaquileño, las peleas le llovieron. Empezó trabajando en el restaurante de su padre y ¡ay del que no quisiera pagar la cuenta! Se las vería con los puños de Ricardo Tay-Lee. “Acababa con ellos rapidito”, recuerda entre risas. 

Pronto su nombre sería conocido. La escuela de artes marciales Siu Lam en honor a los monasterios de China, empezó en Chile y Pedro Carbo. Después se asentó en la cdla.  Alborada hasta la fecha.

Cincuenta años lleva de maestro. Más de cincuenta preparando su comida, más de cincuenta coleccionando bonsáis, más de treinta escribiendo poemas en idioma cantonés, menos de treinta elaborando montañitas de cemento. Una esposa, ocho hijos, catorce nietos y tres bisnietos son su vida. Lo mantienen joven y con rebuena salud. ¡Qué envidia!


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