Mientras uno se encuentra en la zona comprendida entre el morro del Corcovado y el lago Rodrigo de Freitas, se siente una frescura que contrasta con las altas temperaturas de Río de Janeiro. Más aún si uno se acerca a uno de los lugares más hermosos de esta ciudad: el Jardín Botánico.
Y es que Río no es solo samba, caipiriñas, exuberantes mujeres, extensas playas y gente muy divertida. Al caminar por la calle Jardim Botânico uno ni se imaginaría -dada la fama de esta ciudad por los atractivos antes mencionados- que existe este pulmón verde considerado Patrimonio Histórico y Artístico Nacional.
La primera impresión a la entrada principal es el camino bordeado por altísimas (38,5 m) y antiguas palmeras imperiales, las 'más mimadas'. Los cañas (bambúes) y lianas trepadoras dibujan un escenario amazónico, a lo lejos se puede divisar el Cristo Redentor (Corcovado). El murmullo de una cascada acompaña al conjunto dando la sensación de que nos encontramos a muchos miles de kilómetros de Río de Janeiro.
Nadie podría imaginarse que uno se encuentra en la antigua capital de Brasil; es tanto el cuidado que se ha puesto para preservar esta zona de naturaleza virgen en su primitivo aspecto. Hasta los ruidos de la ciudad han desaparecido allí.
Museo Vivo en el área de la Botánica y definido por la Unesco como una de las reservas de la biosfera, este jardín reúne palmeras imperiales de la época de la fundación (1808), viveros, sector de orquídeas, rosedal, un lago con vitórias-régias y un vivero de plantas insectívoras o carnívoras.
Uno se siente feliz en los callejones del jardín, es un enorme escenario de paz que sorprende con árboles majestuosos, troncos dibujados, hojas de diversas formas, colores y texturas, flores magníficas, ninfeas y loto; aves, monos pequeños que se cruzan en la trayectoria.
Son 1'370.000 metros cuadrados (137 hectáreas) de superficie en los que se albergan plantas de todas las regiones de Brasil, encierra muchas otras de todos los continentes hasta formar 187 familias diferentes y cerca de 5.000 especies.
Inicios
Fue por Decreto Real del 13 de junio de 1808 que João VI ordenó la creación del Huerto Real, hoy Jardín Botánico, en el lugar donde primero estuvo situado el Ingenio de Caña de Azúcar de Rodrigo Freitas y más tarde la Real Fábrica de pólvora. Dedicada a Huerto Real la hermosa finca, se fueron sembrando en ella numerosas plantas, las más llamativas del Brasil.
Cuenta la historia que en 1809 el rey de Portugal, João VI, no pudo evitar, a pesar de las severas precauciones de hacer quemar ante él las semillas de la palmera imperial, que los esclavos negros las sacasen del huerto real furtivamente durante la noche.
Estas semillas se extendieron por todo el Brasil rápidamente. Pero en el Jardín de Río se conservan las primitivas, y son las que están a la entrada, especialmente.
Protagonistas
Una de las maravillas del Jardín son las victorias regias que han sido traídas de los arroyos (igarapés) amazónicos y que se han desarrollado en el pequeño lago artificial. Sus gigantescas hojas alcanzan diámetros de uno a dos metros y son tan resistentes que pueden soportar el peso de una persona sentada sin hundirse.
Siguiendo este sendero se llega a una bonita fuente de agua. Al avanzar se puede divisar un Palo Brasil (Caesalpina echinata o Brasiliensis), la planta que dio nombre al país, con su madera color rojo.
Plantas carnívoras
También conocidas como carnívoras, estas plantas capturan y digieren insectos con los jugos producidos por las glándulas especiales. No dependen exclusivamente de la captura de insectos para sobrevivir, para, como otros vegetales, ellas pueden producir su propio alimento.
El árbol de las velas (Parmentiera cereifera), llama también la atención. Tiene la particularidad de que sus frutos tienen la forma de una vela.
El Jardín Botánico de Río de Janeiro tiene una interesante biblioteca con más de 5.000 volúmenes especializados.
Visitantes distinguidos
Muchos personajes ilustres del Botánico han sembrado en él un árbol dejando así un recuerdo para el porvenir. Entre ellos Einstein, Marconi, el mariscal Rondón y los reyes de Bélgica, Leopoldo y Fabiola.
Se cuenta que cuando Einstein visitó el Jardín y le hablaron de las variadísimas propiedades y usos de la planta llamada en Brasil jequitibá (Carinia na Brasiliensis), uno de los mayores árboles de la flora brasileña, maravillado ante la planta se agachó y besó sus raíces. Hoy en el Jardín es un árbol gigantesco, de gran tradición en la Historia del Descubrimiento de América.
En el Brasil se llama sumaúma y en Panamá ceiba o seiba (Ceiba pentandra). Era el árbol que los descubridores españoles tomaban como centro para la fundación de sus ciudades.
Definitivamente, el Jardín Botánico es un ejemplo de conservación faunística. Después del periplo y aspirar el perfume siempre variado de sus numerosas plantas, el visitante se queda con una sensación de paz y calma, que contrasta con el bullicio carioca en los alrededores de este santuario vegetal.