Sus padres los llaman la generación perdida de Palestina: la más radical, la que más acepta la violencia y la más desesperada.
Son los hijos de la segunda intifada, que comenzó en 2000, que crecen en un territorio desgarrado por la lucha interna, marcado por la violencia, ocupado por Israel, aislado en gran parte del mundo y dividido por barreras y puntos de inspección. Escuchar hablar a estos jóvenes es oír sobre un incipiente nihilismo y la pérdida de esperanza.
"Desde que éramos niños vemos armas y tanques, y niños pequeños que quieren pistolitas para pelear contra Israel", comentó Raed Debie, de 24 años, estudiante en la Universidad An Najah, en Nablus.
Issa Khalil, de 25 años, interrumpió, agitado. "Nunca vemos nada bueno en nuestra vidas". Fue arrestado por arrojar piedras en la primera intifada, desobediencia civil que comenzó a fines de los 80 y llevó a los acuerdos de Oslo, en 1993, con Israel. Fue arrestado de nuevo en el segundo levantamiento al tiempo que se tambaleaba el acuerdo.
"¿Y para qué?", cuestionó. "Desperdicié catorce años de mi vida. Todos lo hicimos. Tengo cinco años de no salir de Nablus. Aquí hay desempleo y no hay paz; vamos para atrás".
Aunque muchas generaciones de jóvenes palestinos han crecido sin país, furiosas con Israel como el agente visible de la opresión, esta generación está singularmente entre la espada y la pared.
Los puntos de inspección, barreras y cierres, instalados por los israelíes para protegerse de los bombarderos suicidas palestinos, han reducido los horizontes de estos jóvenes, achicado su noción de Palestina y arrebatado virtualmente toda interacción informal con los forasteros, ni qué decir con los israelíes comunes. Las medidas de seguridad se han vuelto aún más estrictas desde que el grupo islamista Hamas asumió el poder en las elecciones hace un año. Hamas predica la "resistencia" eterna a la ocupación israelí y rechaza el derecho de Israel a la existencia permanente en este territorio.
Los únicos israelíes que ven los palestinos están armados, tanto soldados como colonos. Pocos hablan de paz, sólo de una "resistencia" eterna.
Muchos israelíes coinciden en que la actual generación de jóvenes palestinos ha sido completamente radicalizada, pero dicen que es el producto de líderes palestinos políticos y religiosos que han aprobado y promovido la violencia y el terrorismo contra Israel.
"Nos presionan constantemente a ser más políticos, más militantes, más religiosos, más radicales", apuntó Shadi el-Haj, estudiante de 20 años en An Najah. "Queremos ser palestinos, como la generación de la primera intifada, pero la gente te presiona, '¿eres de Fatah o de Hamas?' Todos nuestros problemas comienzan con, 'soy de Fatah, soy de Hamas'. Así no era antes".
Durante la primera intifada, los jóvenes eran un símbolo de la lucha por el estatus de estado, líderes de un levantamiento popular. Sin embargo, en la brutal pugna de la segunda intifada, que ha sido asumida por las milicias, muchas de ellas controladas por líderes fuera de los territorios, "los jóvenes ahora son irrelevantes", expresó Nader Said, politólogo en la Universidad de Birzeit, en Ramallah.
Lo que es más crítico, esta generación ha perdido la fe en las soluciones políticas. "No han vivido un solo momento en un período de verdadera esperanza de un verdadero estado", añadió.
"Y con estas luchas internas, crece la sensación de que no merecemos un estado y que somos inadecuados, lo que mata la moral de los jóvenes".
Zakariya Zubeidi creció imbuido de lo que considera el heroísmo de la primera intifada, basado en la convicción de que el sacrificio iba a traer un estado y un mejor futuro. Ahora dirige Brigadas de Mártires de Al Aksa en el violento poblado de Jenin y es buscado por llevar a cabo ataques contra israelíes.
"Siempre fue nuestra elección ser combustible para la lucha", declaró. "Sin embargo, ahora nuestro problema es que el coche quema al joven como combustible, pero no se mueve. Hay un problema en el motor, en la cabeza. Estos muchachos están dispuestos a ser combustible, pero muchos han sido quemados como desperdicio".
Zubeidi fue héroe de la primera intifada. "Cuando era más joven pensaba, 'si muero, es natural, es por una causa'", recordó. "Y ahora pienso de manera diferente.
¿Morir? ¿Para qué? ¿Por estas personas que no pueden ponerse de acuerdo? Eso es lo que teme esta generación. Está perdida y sus sacrificios no tienen sentido. ¿Agoniza el sueño palestino? En estas circunstancias, sí".
De acuerdo con el Grupo Palestino de Monitoreo de Derechos Humanos, aproximadamente 19 por ciento de los muertos desde 2000, en combates contra los israelíes o entre las facciones palestinas, tenían 18 años o menos.
Mirvat Massoud tenía 18 años, la primera hija de su familia en asistir a la universidad, cuando decidió en noviembre pasado convertirse en bomba humana. El ejército israelí había ocupado Beit Hanun, al norte de Gaza, e interrogaba a sus habitantes en busca de armas, militantes y aquellos que disparan cohetes Qassam hacia Israel.
Inspirada por un ataque suicida de 2004, realizado en Israel por su primo Nabil a nombre de las Brigadas de Mártires de Al Aksa, Mirvat se ofreció como voluntaria para convertirse en bombardera suicida. Era muy amiga de Nabil, quien era sólo un año mayor. Las brigadas declinaron su oferta, no obstante, al decir que un joven "mártir" en una familia era suficiente. Le informaron a su padre, Amin Massoud, miembro durante mucho tiempo de Fatah, quien dijo haberse quedado consternado.
"Por supuesto que hablé con ella", dijo Massoud, agitado, al mover las manos en el aire. "Le dije: 'Tu educación será la jihad. Ir a la escuela es jihad. Si te conviertes en doctora, eso es jihad'. Pero no sé que la impulsó, ddemasiada fe en su interior, no sé".
Los jóvenes palestinos una vez soñaron con quedarse para construir un nuevo estado, pero ahora muchos se dan por vencidos y conspiran para salir.