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Invento de Edison engendra cultura de la celebridad

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Thomas Edison, en su laboratorio en 1888, y el fonógrafo que lo impulsó a la fama. Le exasperaba la música popular y el sistema publicitario que beneficiaba a sólo unos cuantos intérpretes.
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Marzo 18, 2007

Por RANDALL STROSS

Este artículo fue adaptado de "The Wizard of Menlo Park: How Thomas Alva Edison Invented the Modern World", por Randall Stross, colaborador de The New York Times. El libro, publicado por Crown Publishers, está disponible en librerías en Internet y examina la realidad y los mitos en torno al legado de Edison.

Thomas Alva Edison es el santo patrono de la luz eléctrica, la energía eléctrica y la música bajo pedido, abuelo del mundo interconectado, bisabuelo del mundo iPod. Fue la persona que accionó el interruptor. Antes de Edison: oscuridad. Después de Edison: modernidad saturada de medios.

Bueno, no precisamente. La heroica biografía sí tiene sus limitaciones, empezando por la omisión de otros inventores que jugaron papeles críticos. Lo más interesante sobre la biografía estándar de Edison no es que es heroica, sino que es inflada, una imagen proyectada muy alejada del hombre real.

Edison es famosamente asociado con los inicios del cine, que es donde comienza el asunto moderno de la celebridad. Pero él merece el crédito de otro descubrimiento, no menos importante, aunque accidental, que realizó al comienzo de su propia vida pública, relacionado con la celebridad: la aplicación de ésta a los negocios.

En retrospectiva, la fama podría parecer ser una recompensa merecida para quien inventó, en 1879, el foco incandescente. Pero la fama de Edison llegó antes que la bombilla. Fue conferida dos años antes, por inventar el fonógrafo.

Edison había retenido los derechos de la patente y una participación en el negocio del fonógrafo, así que cuando el negocio ganó reconocimiento, aprobó la construcción de instalaciones de manufactura ampliadas, contiguas a su laboratorio, para manejar los pedidos que llegaban a raudales. Para 1907, Edison hacía alarde de "la fábrica de máquinas parlantes más grande del mundo".

Edison nunca había mostrado un talento para la estrategia y no estudió detenidamente el tema. No obstante, sí se tomó tiempo para tomar decisiones sobre la música, al aprobar en persona -y, con mayor frecuencia, desaprobar- las sugerencias de subalternos respecto a qué intérpretes debían ser grabados.

Tenía una fuerte aversión por diversos géneros musicales y artistas. La música popular -"estas despreciables selecciones de baile y ragtime"- no tenían posibilidad de recibir su aprobación. El jazz era para "los locos"; una interpretación le recordó "el gemido agonizante de animales muertos".

Pero no era un elitista. También descartó a los miembros del Metropolitan Opera House. Sergei Rachmaninoff (famoso pianista ruso), según él, era sólo "un aporreador de teclas".

El desprecio con el que Edison percibía a la música popular no lo ayudó a comprender a sus clientes. Éstos compraban los discos de intérpretes de quienes habían oído hablar, pero ignoraban a los artistas desconocidos.

Décadas después, los economistas que estudiaron el funcionamiento de la industria del entretenimiento identificarían el fenómeno que beneficiaba sólo a unos pocos intérpretes. Los famosos se vuelven más famosos, y entre más famosos, más ricos. Todos los demás enfrentan hambre.

Los dirigentes de la Victor Talking Machine Company entendieron estos principios básicos del mercado mucho antes de que Edison los comprendiera. Poco después de la fundación de la compañía, en 1901, Victor firmó a Enrico Caruso bajo un contrato exclusivo, al pagarle una regalía que, se rumoró, ascendía al 25 por ciento del precio de dos dólares por un disco de Caruso.

Con el tiempo, Edison sí añadió a Anna Case, Sergei ("el aporreador de teclas") Rachmaninoff y a unos cuantos otros. Pero permitió que los competidores se llevaran a otros intérpretes como Louis Armstrong, Bessie Smith y Al Jolson.

Tan resuelto estaba Edison a despojar a los artistas de su vanidad y exigencias poco razonables que se negó a imprimir el nombre del artista de la grabación en el sello discográfico. Cuando su distribuidor en Topeka, Kansas, le pidió que reconsiderara su posición, Edison dio rienda suelta a un torrente de opinión reprimida:

"No sólo he dedicado una inmensa cantidad de reflexión al lado técnico del negocio, sino también al lado comercial, y quiero decirle que tengo las razones más excelentes para no imprimir el nombre del artista en el disco. Su negocio probablemente no lo ha llevado a un contacto íntimo con los músicos, pero el mío sí. Hay una gran cantidad de 'impostura' y trabajo del agente de prensa en la profesión musical, y creo que, por lo menos en el presente, preferiría renunciar al negocio que ser parte de agregar presunción a reputaciones inmerecidas", dijo.

Al tomar esta postura revela una naturaleza que no podía ver la inconsistencia: por un lado, sus propias compañías utilizaron la fama de él para comercializar sus inventos, al exhibir su nombre de manera destacada y ahuyentar a cualquiera que amenazara con infringir la marca registrada.

Sin embargo, Edison no podía tolerar que otros -en este caso, sus propios artistas de grabación- utilizaran la fama, aunque mucho más modesta, para sus propios intereses comerciales.


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