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| Entre el telescopio y el amor |
Texto: Hernán Pérez Loose
La Basílica franciscana de la Santa Croce es de obligada visita cuando se viaja a Florencia. Su monumental construcción es una viva expresión del tardío gótico italiano y por siglos, junto con la plaza que lleva su nombre, ocupó un lugar central en la vida de los florentinos.
La imponente austeridad de su interior es tan sobrecogedora como la riqueza histórica que allí se encuentra.
Inspirándose en un poema de Ugo Foscolo, los florentinos la han bautizado como "el templo de las glorias itálicas". Dos de sus capillas, por ejemplo, albergan probablemente la colección más extensa y rica de trabajos que realizara el Giotto.
Y en sus naves laterales se encuentran las tumbas de estelares figuras italianas como Miguel Ángel, Maquiavelo, el mencionado Foscolo, León Battista Alberdi, Giacomo Rossini y la del célebre científico Galileo. Las hay de personajes no tan conocidos fuera de los confines citadinos pero no menos importantes, como la de Francesco Nori, quien murió salvando a Lorenzo el Magnífico durante la conjura de los Pazzi.
Aunque desde su exterior no hay forma de saberlo, pues, no existe ninguna inscripción que lo anuncie, Galileo no descansa solo en su tumba. Junto a él, o mejor dicho, justo debajo de su féretro descansan los restos de alguien que hasta sus últimos días no cesó de amarlo aunque de lejos.
Se trata de los restos de su hija, sor María Celeste Galilei. Sabíamos de los ingeniosos experimentos de Galileo desde la torre inclinada de Pisa, conocíamos que había mejorado sustancialmente el telescopio, que tuvo que abjurar de su tesis de que la Tierra giraba alrededor del Sol ante la presión de la Inquisición.
Pero no que había tenido una hija. Una hija que gracias a su constante preocupación, amor y apoyo, Galileo pudo soportar las duras pruebas de su vida. En Galileo y su hija (Editorial Debate), Dava Sobel nos narra la historia del famoso científico y su ilegítima hija tomando como referencia 124 cartas que han sobrevivido y que ella le escribía desde el monasterio donde quedó recluida a temprana edad.
El abordar la vida de un personaje que ya es bastante conocida y documentada es un problema para quien escribe sobre él o ella. Deben haber decenas de libros biográficos de Galileo y obras sobre su enfrentamiento con la Iglesia.
El éxito de Sobel radica precisamente aquí. Tomando como punto de partida las cartas de su hija, la autora nos entrega no al científico, ni al hombre del Renacimiento, ni a la víctima de su rebeldía -aunque de esto y más lo encontramos en la obra- sino a un nuevo Galileo, al Galileo padre.
A través de estas cartas, todas llenas de un amor infinito y una ternura inagotable, Sobel nos introduce no solamente a esta faceta desconocida del genial florentino, sino que también reconstruye un mosaico de detalles cotidianos que nos sumerge en la sociedad de la época.
Conocemos de las durezas de la vida en los monasterios de clausura, de las medicinas que sor Celeste preparaba para su padre, de los engorrosos trámites burocráticos de la Inquisición, del estado deplorable de las carreteras, del impacto de la peste negra en Roma (que demoró el ingreso de Galileo a la ciudad y dio tiempo a sus enemigos a organizarse...) y de las peripecias de la vida universitaria.
Las cartas también nos ayudan a descubrir la profunda fe religiosa de Galileo y su piedad. La abjuración de sus tesis fue en Galileo una genuina decisión de alinearse con su Iglesia -aunque estaba convencido del error de sus acusadores y del daño que se le causaría a Italia en su liderazgo científico- y no un simple cálculo de supervivencia.
Hay en la obra una constante tensión. Por una parte, entre los embates que debe sufrir Galileo frente a los ataques de sus pares, la traición de su amigo el papa Urbano VII, y el interminable proceso inquisitorial, con la delicadeza e inocencia de su amorosa hija quien no cesa de aconsejarlo, mimarlo y amarlo, a través de sus epístolas que van y vienen por años.
Un amor simple, incondicional, como solamente puede ser el amor filial. Incluso su nombre de clausura Celeste no es sino otro homenaje que le hizo a su padre. Todo ello sin descuidar la historia de la impresionante contribución científica de quien Einstein calificara como el "padre de la ciencia moderna".
Dava Sobel, nacida en el Bronx, Nueva York, en 1947, también es la autora de Longitud (Anagrama), que cuenta la vida de un relojero escocés John Harrison, un genio solitario que fue rechazado por la comunidad científica de su época pero que logró descifrar uno de los problemas más difíciles de entonces y que transformó las comunicaciones: cómo podían los marineros determinar la posición exacta en el mar. Otra obra que también recomendamos mucho.
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