Luis López es uno de los pocos que se dedican a este oficio en la ciudad.
El hombre tiznado de negro empuja una carretilla, se detiene en una esquina y anuncia su llegada con golpes de campana. Esa escena del pasado, todavía la viven las barriadas que son visitadas por el carbonero.
Actualmente todos los días a las 10:00, el cuencano Luis López Siguencia de 54 años, estaciona su carretilla en Sucre y Lizardo García.
Cuando no existían las cocinas a queroseno, a gas o eléctricas, peor el microondas, se cocinaba en fogón y utilizando carbón vegetal que en inmensos sacos llegaba de El Progreso, Caimito, Ciénega, Mamey, Sube y Baja y otros recintos de adentro donde su elaboración se transmitía de generación en generación entre los Ascencio, Preciado, Chatiles, etcétera.
Fue lo que contó Andrés Yagual del Pezo, oriundo de El Progreso, quien en 1998 quemaba carbón a la vieja usanza en las orillas del Estero Salado.
"Antes se hacía carbón con guayacán, algarrobo, cascol. ¡Esos palos dan un buen carbón!", recordaba el anciano radicado en San Pedro, cerca del estero.
Ese combustible sólido, frágil y poroso llegaba por las noches a las bodegas, ahí se aprovisionaban los carboneros que lo vendían en la mañana. Cuando escuchaban la campana, las amas de casa sabían que el carbonero había llegado al barrio. Algunos se movilizaban en carretillas haladas por un burro.
Todavía Luis López no se cansa de hacer sonar su campana (aro metálico de llanta). A las 07:30 inicia su recorrido desde el depósito de Humberto Montesdeoca, Tulcán y Maldonado. Por esas calles empuja su carretilla y atiende algunos pedidos. A las 10:00 se estaciona frente al Mercado del Oeste donde llena fundas plásticas con el carbón que a las 13:30 entrega a fogones callejeros que venden maduro, carne en palito, chuzo y tripa asada. También a restaurantes y asaderos de pollo. A las 17:00 vuelve a la bodega a cargar la carretilla para la mañana siguiente. Después de un baño que lo despoja del tizne negruzco, va a casa donde lo esperan su esposa y dos hijos.
Su padre, Leonidas y su hermano Targelio, también fueron carboneros ambulantes. A los 18 años empezó a recorrer la ciudad, "siempre fui pedestre", nunca tuvo burro o mula ya que era caro alimentarlos.
"Cuando apareció el gas, el carbón empezó a desaparecer", afirma como un herido de muerte. Añora la época cuando vendía hasta 7 sacos al día.
Una carretilla se llena con cinco pero ahora como las ventas son escasas, él compra dos de calidades diferentes que mezcla. El saco del mejor carbón cuesta $ 10, es hecho con madera resistente en El Progreso, Sube y Baja y demás recintos. El otro que llega de Naranjal, Simón Bolívar es un carbón de madera más floja y cuesta $ 8.
En la bodega de Tulcán y Maldonado, antes trabajaban unos 30 carboneros, ahora solo sobreviven dos carretilleros. López Siguencia es uno de ellos. Cuando comenzó la crisis, la mayoría cambió de trabajo. No olvida a familias de carboneros tradicionales: los Ávila, Campoverde, Montesdeoca, Cruz que empujaban sus carretillas por las calles porteñas.
Esa tarde, detiene la carretilla. Agarra una varilla y golpea varias veces el aro. Brota un sonido metálico, como un eco o una brasa que alborotaba a la barriada. "La clientela que vive en los interiores, me pide que toque la campana para saber que he llegado".
También es tradicional el plato metálico para despachar. "Siempre ha sido la medida eficaz para que la gente no se sienta perjudicada. Actualmente, un plato de carbón sale a diez centavos", dice Luis López, uno de los últimos carboneros antes de volver a empujar su carreta dejando un rastro de cisco.
Venta
La esencia de esta actividad se relacionó armoniosamente con la naturaleza. La carretilla, la campana y el plato metálico para despachar son las herramientas.