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Bob Herbert | Opinión internacional
La zona de peligro
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Olvídense, por el momento, de las cifras oficiales de desempleo. Subestiman el problema de la falta de empleo en todos los grupos. Mucho más elocuente es el porcentaje real de personas en un segmento dado de la población en edad productiva que no tiene trabajo.

El índice nacional de desempleo fue de 4,5% la semana pasada, y en general se calificó como bastante bueno. Sin embargo, de cualquier universo del que provenga esa cifra, no es en el que viven los varones negros.

Los hombres negros estadounidenses habitan un universo en el que la falta de empleo es con frecuencia la norma, donde para muchos hombres la idea de levantarse cada mañana y salir rumbo al trabajo puede parecer más alejada que el sueño de sacarse la lotería, donde la dignidad que proviene de mantenerse a sí mismo y a la familia se ha sustituido con demasiada frecuencia, con un sentido abrumador de desesperanza.

De lo que estoy hablando es del desempleo extremo, un desempleo que corre por las comunidades y se pasa de una generación a otra, como un virus mortal.

Olvídense, por el momento, de las cifras oficiales de desempleo. Subestiman el problema de la falta de empleo en todos los grupos. Mucho más elocuente es el porcentaje real de personas en un segmento dado de la población en edad productiva que no tiene trabajo.

A los hombres negros que terminan cuatro años de universidad les va razonablemente bien en términos de empleo, en comparación con otros grupos minoritarios. Sin embargo, la mayoría de los varones negros no va a la universidad. En las grandes ciudades, más de la mitad ni siquiera termina el bachillerato.

Los historiales de empleo son truculentos. En los últimos años, el porcentaje de hombres negros que terminaron la preparatoria con veintitantos años y no tenían empleo (incluidos los que abandonaron todo esfuerzo por encontrar uno) ha oscilado entre bastante más de una tercera parte y aproximadamente 50%. Este es el tipo de estadísticas que se obtienen durante una depresión.

Para quienes abandonan la escuela, los índices de desempleo son pasmosos. Para los varones negros que salieron de la preparatoria sin obtener el diploma, el índice de desempleo real en diversos momentos de los últimos años ha oscilado entre 59% y un increíble 72%.

“Setenta y dos por ciento de desempleo!”, dijo el senador demócrata por Nueva York, Charles Schumer, presidente del Comité Conjunto Económico del Congreso, que la semana pasada llevó a cabo una audiencia sobre desempleo entre hombres negros. “Esto se compara con la deserción del 29% de blancos y 19% de hispanos”.

Schumer describió el problema del desempleo entre los varones negros como “profundo, persistente y desconcertante”.

Los índices de desempleo en semejantes niveles tan elevados no solo destruyen vidas, destruyen comunidades enteras. Generan todo tipo de conductas antisociales, incluidos los crímenes violentos. Una de las razones principales por las que hay tan pocos matrimonios entre los negros, es que son demasiados los varones negros que son incapaces financieramente de sostener una familia.

“Estas cifras deberían generar un sentido de alarma nacional”, dijo Schumer.

Eso no ha sucedido. Sin importar qué tanto pueda afectar esta epidemia de desempleo, se hace muy poco al respecto. De acuerdo con el Departamento del Trabajo, solo se crearon 97.000 nuevos empleos en febrero. Eso no es ni siquiera suficiente para acomodar a quienes apenas ingresan a la fuerza de trabajo.

Y también está la cuestión de quién está obteniendo los empleos nuevos. Según estadísticas recopiladas por el Centro para estudios del mercado laboral de la Universidad del Noreste en Boston, los únicos grupos en los que se ha experimentado un crecimiento en los empleos desde la última recesión son los trabajadores de mayor edad y los inmigrantes.

La gente puede gritar todo lo que quiera lo bien que está la economía. La verdad simple es que millones de trabajadores estadounidenses comunes están en una difícil situación de empleo. En especial, padecen los trabajadores jóvenes, lo que disminuye las posibilidades de la familia estadounidense. Y los negros, en particular los varones, se encuentran en una profunda zona de peligro.

En lugar de enfrentar esta situación en forma constructiva, funcionarios gubernamentales han respondido eviscerando programas que fueron diseñados para meter jóvenes con antecedentes desventajosos al mercado laboral.

Robert Carmona, presidente de Strive, una organización que ayuda a adquirir habilidades para el empleo, dijo al comité de Schumer: “Lo que hemos visto durante los últimos años es una falta deliberada de inversión en programas que sí funcionan”.

Lo que se necesita son programas generalizados de capacitación para el trabajo y de creación de empleos, así como un esfuerzo nacional sostenido para mejorar los antecedentes educativos de los jóvenes con desventajas.
Hasta ahora no ha habido voluntad política para hacer nada de eso.

Lo que se consigue es hipocresía. Incluso, cuando se camina por los vecindarios y se habla con los jóvenes, se encuentra que es poco, si es que algo, lo que se está haciendo. Razón por la cual el ambiente del empleo en el mundo real se ha vuelto tan terrible para tantos.

© The New York Times News Service

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