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Un viaje nostálgico |
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Nada más que eso. Un viaje para satisfacer la nostalgia de unas relaciones perdidas. Quizá no fue más que eso el viaje de George W. Bush a cinco países de una América Latina que no es ni la de las épocas del garrote ni tampoco de aquellas de la zanahoria.
Un viaje sin mayor contenido ni orientación, que no responde a política hemisférica alguna y que les ha dejado indiferentes a los países visitados y a los excluidos, quizá con excepción de Colombia.
Euforia de piel en los anuncios del futuro del etanol, diplomacia de un día de campo en la visita a Uruguay, fervor guerrerista en el paso por Colombia y evasiones y ambigüedades sobre el tratamiento de la migración en Guatemala y México. Nada en común ni nada relevante.
Cada país de América Latina es hoy una realidad particular, imposible de ser homogeneizada por la presencia norteamericana.
Quizá ya es tarde para hablar de un patio trasero; y no precisamente por la influencia de Hugo Chávez con sus vecinos, sino por las diferencias que van profundizándose, primero en las subregiones –al punto que hemos vuelto a hablar de América del Sur, para subrayar las diferencias con la región central– y después entre países.
Por lo demás, quien vino fue un presidente en su momento más débil, sin capacidad de ofrecer mayor cosa, por la presión de un Congreso de oposición que no le permite ofrecer nada en firme. ¿Alguien quisiera apoyarse en un gobernante norteamericano cuya política exterior marcada por la intervención en Iraq es rechazada por más del 70% de sus compatriotas?
La visita tampoco fue suficiente para persuadir a nuestros países de que América Latina sigue siendo importante para la política del gobierno de Bush, volcada hacia el Medio Oriente, Iraq y Afganistán.
¿Puede hablarse de un hemisferio unido y solidario si las políticas migratorias se sustentan en represión y cierre de fronteras?
El resto lo estará haciendo la globalización, que multiplica y diversifica los relacionamientos, rompiendo cualquier homogeneidad entre los países. Los propios acuerdos de libre comercio con Estados Unidos marcan las diferencias estratégicas de cada país. Por tanto, para el propio Estados Unidos, cada país latinoamericano pesa de manera distinta, como para que una visita selectiva pueda ser emblemática de una relación de conjunto.
Y hasta las retóricas cumbres hemisféricas que servían también para actos nostálgicos de hermandad sufrieron para George W. Bush un revés en la última reunida en Argentina.
¿Temores a un fortalecimiento del frente que ha puesto en marcha Hugo Chávez? Me parece que sí. Particularmente en la visita a Brasil y en el intento por demostrar que no todos los socialismos son los que ofrece el venezolano, con la visita casi de cortesía a un líder que quiere tener su propio espacio dentro del Mercosur: Uruguay. Pero tampoco un frente de oposición que le quite el sueño al régimen norteamericano.
En virtud del ejercicio nostálgico, George W. Bush habló casi nada de terrorismo, tal vez porque en ese terreno no percibe el peso de un respaldo latinoamericano, pero volvió sobre el discurso de la compasión. Una solidaridad en el discurso. Una compasión con muros humillantes en la frontera. |
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| Thomas L. Friedman |
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