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SÁBADO | 24 de marzo del 2007 | Guayaquil, Ecuador
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Carlos Villar Borda | Opinión internacional
La soberanía de Ecuador no es ningún cuento chino
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El Ecuador tiene muchos mayores títulos de soberanía que otras naciones de la ONU, pero eso no lo entiende un autócrata antioqueño de tinte fascistoide, cuyo único norte es el Tío Bush.

Ecuador se vino a constituir de milagro sobre un territorio que había sufrido muchos contratiempos y, lo peor de todo, con vecinos poco amigos, cuando no hostiles. Sería demasiado prolijo ir hasta la Colonia y basta con arrancar de finales del siglo XVIII y analizar el desarrollo de la revolución que al fin le dio la independencia. Durante todo el siglo XVIII, el país estuvo en una especie de limbo territorial que a lo máximo que se podría parecer sería una de las tantas audiencias, pero con dependencia confusa y cambiante entre los virreinatos de Bogotá y de Lima, lo cual no dejaba de producir confusiones a las que nadie daba solución.

Ecuador tuvo el lujo de congregar una élite ilustrada que siempre estuvo luchando por adquirir una jerarquía más elevada. De esta élite formó parte nada menos que Eugenio Espejo, el fundador del periodismo ecuatoriano, cuyo único defecto fue el de no haber tenido sangre enteramente blanca, por lo cual a su muerte fue sepultado en el cementerio de los mulatos, mestizos y negros. Muy superior en todo a Manuel del Socorro Rodríguez, quien además no era colombiano sino cubano.

A mediado del siglo, la élite criolla inició una campaña para obtener la Capitanía General, jerarquía que ya ostentaban Guatemala y Venezuela, por ejemplo. Pero todas las interpretaciones cayeron en oídos sordos. En 1795 fue designado presidente de la Audiencia el Barón de Carondelet, quien se hizo simpático a la élite y aparentemente trató de impulsar el proyecto de Capitanía, pero lo cierto es que no tuvo éxito y, como golpes finales vinieron las actas reales de Maynas en 1802 y la de Guayaquil en 1803. Esto significó la pérdida del acceso a las dos márgenes del Amazonas y el traslado de Guayaquil al virreinato de Lima.

Puede afirmarse que el Ecuador quedó integrado por cuatro grandes regiones que giraban en torno a las ciudades de Quito, Cuenca, Guayaquil y Popayán. Las competencias administrativa, religiosa, de hacienda y civil estaban distribuidas conflictivamente entre esas cuatro ciudades, que dependían de Bogotá y de Lima, según el capricho del Consejo de Indias. De manera que se producía el absurdo de que todo conflicto religioso debía ir a Popayán pero como Popayán dependía de Lima, el legajo iba a parar a la capital peruana. Inútil decir que esta situación produjo el malestar de la élite criolla, dirigida por Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre. Este malestar fue creciendo desde mediados del siglo XVIII y al cabo estalló a fines de 1808 en una revolución que fue frustrada por las autoridades españolas. Resulta diciente transcribir el primer párrafo del manifiesto revolucionario: “El Conde Ruiz de Castilla (sucesor de Carondelet) es un hombre absolutamente inepto para el gobierno; vive enfermo de por vida, su edad es de setenta y cinco años y tiene la decrepitud de cien. No ha gobernado a nadie y se deja gobernar despóticamente de cuantos lo han querido, como lo podría ser un niño de cuatro años. Ya se deja comprender aquí el abandono en que ha estado este reino”.

Aconteció que este Conde Ruiz de Castilla había venido a reemplazar en 1808 a Carondelet y a él le cupo la responsabilidad de lo sucedido en los años 1809 y 1810. El grupo de la élite que dirigía el movimiento fijó el mes de diciembre para el levantamiento, pero las autoridades lo frustraron. Sin embargo, menos de un año después, el 10 de agosto de 1809 se repitió el movimiento y tuvo el mismo destino del anterior. Solo que esta vez los españoles lograron capturar a unos 200 de los participantes en el movimiento y encerrarlos en una prisión en las laderas del Pichincha. Casi un año después, el 2 de agosto de 1810, los españoles decidieron masacrar a los prisioneros y dar muerte a quienes venían en su socorro. Ese día fatídico hubo entre 200 y 300 muertos, incluyendo los que estaban presos.

Lo importante de los datos anteriores son las fechas, que demuestran a Quito (junto con La Paz) como precursora de los alzamientos republicanos en todo el continente. También es importante señalar que en esas dos fechas Quito se estaba rebelando contra Santa Fe y Lima, pues la lentitud de los correos de la época y la confusión de los relatos solo permitieron conocer tardíamente los acontecimientos europeos: los actos de Napoleón, el desorden institucional creado por la constante interferencia del amante de la reina (Godoy), la intervención de la Gran Bretaña y el sainete de la Corona española, reflejo de la debilidad mental de Carlos y Fernando.

Lo triste de esta historia es que entre los múltiples errores políticos cometidos por don Simón Bolívar estuvo el de nunca reconocer a Ecuador como país soberano.

Estos son los antecedentes para que cierta clase de colombianos y peruanos miraran con menosprecio a los ecuatorianos durante el siglo XX y lo consideren como un país de segunda. Pero la historia demuestra que el Ecuador tiene muchos mayores títulos de soberanía que otras naciones que tienen asiento en las Naciones Unidas. Pero esta situación no la puede entender un autócrata antioqueño de tinte fascistoide, cuyo único norte y único ejemplo es el del Tío Bush que se inventó la guerra contra el terrorismo. Olvidándose de que Bush papá (el que desencadenó la Guerra del Golfo) era socio comercial de la familia Ben Laden (sí, los hermanos parientes del famoso Usama). cuyos intereses comparten en los extensos campos pertrolíferos de Iraq, cuyo abogado era nada menos que Dick Chenney y su asesor más cercano, Donald Rumsfeld. Todos heredados por el hijo para completar lo que el padre no pudo lograr: ahorcar a Hussein (en un juicio de dudosa legalidad bajo cualquier estatuto que no sea de las tribus africanas) y conseguir más y más petróleo.

Por eso es que ahora no tenemos conflicto interno sino terrorismo y el país se encuentra cada vez más aislado en un continente que desea entrar al socialismo del siglo XXI y acabar con el ominoso garrote y todas las secuelas y corolarios que nos fue dejando el nunca bien olvidado James Monroe.

*Periodista colombiano Reproducido del periódico Un Pasquín

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