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Pensar en el infierno

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Marzo 30, 2007

Columnista, BBC Mundo | Miguel Molina

Tiene razón el papa Benedicto XVI. Ya no se habla del infierno.

La reacción natural sería pensar que no es necesario porque la vida es suficientemente brutal como para agregar la idea de que el alma puede sufrir por los siglos de los siglos.

Pero también se puede pensar que el infierno ha dejado de preocupar porque es un concepto que se ha vuelto incomprensible e innecesario para nuestro tiempo.

El infierno de los griegos era un lugar subterráneo en el que los mortales pagaban sus ofensas a los dioses con castigos ejemplares.

Tántalo, por ejemplo, estaba condenado a padecer hambre y sed eternas porque se robó unas gotas de néctar de la mesa del Olimpo, pero la leyenda que ofrece otros casos no dice qué pasaba con otros mortales menos distinguidos.

Otros infiernos son más o menos terribles.

El infierno del Islam está lleno de fuego. Los muros del lugar son de fuego, y los pecadores reciben baños periódicos de agua tan caliente como cobre fundido, y llevan ropa de fuego, y son azotados con barras de hierro.

El infierno del hinduismo se llama samsara, y consiste en que uno nace y muere y vuelve a nacer hasta que logra una vida pura, sin preocupaciones ni deseos, y se integra al universo de donde todo vino y a donde todo va.

Aparece el diablo
 
El infierno cristiano tal y como lo conocemos fue creación de Dante, que en la Divina Comedia describe con palabras lo que Doré ilustró con buriles, avernos con rincones tétricos donde asoman figuras fantásticas que sufren castigos terribles.

Ante imágenes tan poderosas como misteriosas, uno terminaba por concluir que al infierno se van los niños que se portan mal, como todos sabemos, y ahí estarían o están casi todos los amigos.

Pero el papa Benedicto XVI no ofreció detalles del infierno tan temido de los cristianos, y uno no tiene por qué hacerlo.

La teología, ahora como entonces, es cosa de otros. Si acaso se preguntaba uno qué destino habían tenido y tendrán los millones y millones de personas que creen en otros dioses o en nada.

Y uno llegaba a la conclusión de que el infierno no es un lugar sino un estado de ánimo propiciado por el diablo.

El pontífice dice que el diablo es una poderosa presencia real que confunde y que preocupa, y que se puede ver como una libertad conflictiva que se opone a la libertad que viene de Dios.

Hay quienes señalan la naturaleza divina del diablo y sostienen que su caída se debió a que en vez de salvar a los hombres se convirtió en uno de ellos.

El Diablo de Giovanni Papini era en 1953 un ser que eventualmente se redime y vuelve a ser lo que era, primo inter pares, el ángel pródigo, Lucifer. Pero, en fin, los asuntos divinos son demasiado para una columna que aparece los jueves.

Uno o los otros
 
Dice bien Benedicto XVI. El diablo no es algo claro en ningún sentido de la palabra. Uno piensa en el diablo y piensa en Pito Pérez, el personaje de la novela de José Rubén Romero que se atrevió a decir "Pobrecito diablo, qué lástima le tengo".

Según Pito Pérez, los hombres buscan vergonzosamente al diablo para la disipación, y se anegan en todas las delicias del pecado sin que Satanás oiga alguna vez un "Gracias, diablo mío" por el placer recibido o procurado.

El diablo da miedo hasta cierta edad, y después se convierte en cita bibliográfica, tema de película, discurso de teólogos, materia de sermones, concepto de estudiosos de la naturaleza humana y sus alrededores.

Uno, menos docto, piensa en el diablo y termina por recordar noches oscuras pobladas por ruidos que la imaginación atribuía a demonios, vampiros o seres de las profundidades de Lovecraft, cuyos libros había que ocultar antes de que se pusiera el sol.

Hay días en que uno piensa que el infierno está en Medio Oriente, en las naciones de África devastadas por guerras y males sin cuento, en las regiones donde la tierra tiembla y escupe fuego y el mar arrasa, en los arrabales donde es difícil ser feliz.

Pero eso no sería justo porque significaría que quienes sufren esas calamidades son culpables de algo, antes o ahora, aquí o en otra parte.

Y hay días en que uno piensa, como Sartre, que el diablo son los demás. O como T.S. Eliot, que el diablo es uno mismo. Aunque esa es otra cosa que ha dejado de preocuparnos.


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