Las últimas tazas de té negro turco habían sido vaciadas y los platos de aceitunas y queso de cabra habían sido retirados, pero los turcos de cabello canoso seguían en la mesa.
"Por supuesto que siempre pienso en regresar", dijo Yusuf Mermer, de 69 años, quien dejó Ankara en 1969 para irse a la región del Ruhr, donde operaba un montacargas. Ahora vive en un asilo de ancianos en Duisburgo.
"Tengo sobrinos en Turquía, pero sólo sería una carga para ellos".
Su voz se quebró y rodaron lágrimas por su arrugado rostro. "Cuando reflexiono, ni siquiera sé por qué vine a Alemania", expresó. "Las cosas iban bien para mí en Turquía".
Cuatro décadas después de la llegada de los primeros turcos como trabajadores invitados, éstos alcanzan la jubilación en una tierra que aún sienten extranjera. Para Mermer y muchos otros es un momento desolador, al reconocer que acabarán sus días en un lugar donde habían planeado quedarse sólo unos años.
Alemania tampoco planeó que se quedaran, y ahora enfrenta una preocupante carga social y financiera.
De sus 2,7 millones de habitantes de origen turco, 320 mil están en edad de jubilación. Se espera que esa cifra se duplique para 2020.
Muchos de estos inmigrantes, en particular las mujeres mayores, no cuentan con los ahorros o beneficios de jubilación y salud como para pagar un asilo de ancianos con cuidado las 24 horas.
El gobierno tiene que pagar el resto, una retribución inesperada por los largos años de servicio de estos trabajadores invitados.
Socialmente aislados tras décadas de vivir en enclaves turcos, estos alemanes por accidente con frecuencia hablan poco o nada de alemán. Al haberse esforzado en empleos con poca remuneración y físicamente exigentes, sufren de mala salud en comparación con alemanes nativos de la misma edad.
En Berlín, el primer asilo de ancianos privado del país exclusivamente para turcos abrió sus puertas el año pasado.
Llamado Casa Turca del Bienestar, ofrecerá, con el tiempo, camas para 155 personas.
En Duisburgo, el asilo, conocido como Haus am Sandberg y dirigido por la Cruz Roja alemana, tiene quince residentes turcos -ocho mujeres y siete hombres- y casi 80 alemanes. Comparten habitaciones alrededor de un atrio de dos pisos.
Dilber Cevik, de 67 años, se mudó a Alemania hace tres décadas procedente de Amasya, en la región central de Anatolia. Trabajó en una pescadería en Hamburgo antes de mudarse a Duisburgo, un bosque de chimeneas y acereras sobre el Río Rin con una de las concentraciones de inmigrantes turcos más altas de Alemania.
"Cuando eres joven, por supuesto, nunca piensas en jubilarte", dijo Cevik, sentada en una silla de ruedas.
"Nunca imaginé que terminaría en un casa de retiro en Alemania. Pero es la voluntad de Dios".