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Edición del DOMINGO 1 de Abril del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Buscando el alma de Rusia
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Texto: Hernán Pérez Loose

La poesía es respetada únicamente en este país. No hay otro lugar donde hayan matado a tanta gente por ella".
Osip Mandelstan*



En La Guerra y la Paz de Tolstoy hay una famosa escena en la que la Natacha Rostov y su hermano son invitados por su "Tío" (que es como Natacha lo llama) a su austera y sencilla cabaña luego de un día de cacería. El Tío es un noble excéntrico, retirado militar, de un gran corazón, que había elegido pasar sus últimos años rústicamente en compañía de Anysia, una campesina del lugar.

Luego de cenar, invitados y anfitriones comienzan a escuchar las notas de una balalaica que en la habitación contigua la entonan los campesinos que los habían ayudado en la cacería. Natacha queda electrizada por la música. A pesar que jamás la había bailado -su educación francesa, su origen aristocrático y su rango de Condesa lo hacen impensable- Natacha no se contiene los deseos y comienza a hacerlo espontáneamente. Y vaya que lo hace bien.

Lo hace con una precisión admirable. Es como si un espíritu escondido en ella se ha apoderado de su cuerpo que, al ritmo de la balalaica, se mueve como el de una auténtica campesina. Durante el baile su hermano la mira entre temor y vergüenza, mientras que Anysia llora de orgullo y alegría.

Es como si por un instante, así de golpe, Natacha logra comprender y encontrarse con el alma Anysia, y con el de sus ancestros, y con los de todos los rusos como ella.

¿Qué hizo que Natacha baile tan bien una danza propia de un medio tan ajeno al suyo? ¿Deberíamos creerle a Tolstoy cuando sugiere que una nación como Rusia puede mantenerse unida por el núcleo de una sensibilidad autóctona y escondida que atraviesa a todos sus habitantes y trasciende todas sus diferencias?

De esta escena nace el nombre del libro de Orlando Figes, El baile de Natacha, Una historia cultural rusa (EDHASA, 2006), y el planteamiento de Tolstoy, que explica el subtítulo de la obra, constituye su preocupación central.

La tensión que se respira en la escena de Natacha, y que también la vemos, por ejemplo, en Ana Karenina, en la resistencia de los campesinos a las innovaciones que trataba de introducir Levín, el progresista hacendado de ideas liberales con el que Tolstoy se identificaba, es la tensión que ha consumido a toda la intelligentsia de ese país desde que Pedro el Grande decidió abrir Rusia al Occidente.

Se trata de la constante fricción entre dos polos, entre Este y Oeste, Moscú y San Petersburgo, Asía y Europa, el campo o la ciudad, el campesino o el educado intelectual.

Así como Natacha parecería que no es consciente que vive en dos mundos, hablando culturalmente, el mundo de la Rusia campesina, y el de su formación europea cosmopolita, así se ha encontrado como atrapadas varias generaciones de rusos.

Como señala Figes, una consecuencia de este debate -que muchas veces ha adquirido un tono mesiánico: Rusia como la Tercera Roma o la nueva Jerusalén- ha sido el enorme papel moral que han jugado los intelectuales y artistas en este proceso histórico, y el temor que ellos despertaron en el poder político.

"En ninguna parte", dice Figes, "al artista se le asignó una carga más pesada de liderazgo moral y profecía nacional, ni ha sido tan temido y perseguido por el estado".

Buena parte del libro está dedicado a eso, a narrar cómo los intelectuales y artistas rusos batallaron entre estos dos polos y cómo lograron, acomodarse unos y luchar otros, con el aparato estatal, ya sea en manos del Zar o del Partido, que siempre los vio con sospecha.

Como le decía Osip Mandelstan, un poeta que falleció en el gulag por denunciar a Stalin en los años treinta, a un amigo: "La poesía es respetada únicamente en este país. No hay otro lugar donde hayan matado a tanta gente por ella".

En la búsqueda del alma rusa, el autor cubre el arco histórico que va desde inicios del siglo XVIII hasta la caída del imperio soviético. A través de él se reconstruye la vida y obra de artistas, desde Pushkin, Gogol y Dostoyevski hasta Tolstoy Gorki y Pasternak llegando hasta Chagall y Chéjov, y otros, y cómo ellos interactuaron con el folklore ruso, las tradiciones campesinas, los íconos religiosos, y las costumbres diarias, incluyendo comidas, bebidas y creencias sobre la muerte. Cómo enfrentaron  y cómo contribuyeron cada uno de ellos, al desafío de encontrar el corazón de Rusia. 

Leyendo este libro el lector no solamente tendrá una visión de la vida cultural de una gran nación sino que además podrá descubrir que las tensiones  que tanto la caracterizan no son tan ajenas a las que se experimentan en otras partes del planeta el día de hoy.

Orlando Figes es profesor de Historia en el Birbeck College, de la Universidad de Londres. En español pueden también encontrarse su libro La Revolución Rusa: Tragedia de un pueblo. 1891-1924". (EDHASA. 2006) e Interpretar la Revolución Rusa: El lenguaje y los símbolos de 1917 (Biblioteca Nueva. 2001).       

*Poeta fallecido en un gulag por denunciar a Stalin


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